El barrio en la trama de Cuba

Autor:

Alina Perera Robbio

Los cubanos, los primeros en ser corrosivos con la suerte propia, solemos hablar de los Comités como de un ser enorme cuyas palpitaciones a veces no sentimos. En honor a la honestidad, sin embargo, algo nos dice que sería lamentable renunciar a ese andamiaje social de cuya réplica no tenemos referencia en ningún otro lugar del planeta.

Intuitivos como somos —sin olvidar las mejores cosas que los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) han acometido a lo largo de sus 54 años—, nos resulta sospechosa la obsesión enemiga de querer desmontar una organización nacida para cuidarnos, desde las casas, a nosotros mismos, que ha servido y sirve lo mismo para vacunar, que para donar sangre, que para repartir algo material tras el paso devastador de algún fenómeno de la naturaleza.

Algo nos resulta clarísimo: las potencialidades de un espacio como el de los Comités —palabra que un cubano jaranero pronunciaba en los días de mi infancia mientras sacaba la lengua, en alusión al poder de vigilancia y fuerza informativa que la organización puede desatar en varias direcciones—, allí donde, en cuestión de horas, puede movilizarse la voluntad de miles, detenerse el avance de una epidemia, o discutirse un asunto urgente de la nación.

Aunque algunas «cuadras» parezcan estar dormidas, y otras sean más entusiastas, lo indudable es que solo desde ellas ganaremos mil batallas. Y así es, por la razón siguiente: la vida, casi todo el tiempo, está hecha de pequeños episodios. Lo verdadero de ella, como sucede con nuestro cuerpo, es el latir profundo, invisible, del corazón que como surtidor humilde obra el prodigio de la existencia.

Lo que vale y brilla en el día a día es lo menos ruidoso, lo que se repite como guión conocido y que sin embargo nos hace felices, o todo lo contrario. Lo sólido es el anhelo afincado en un balcón, el polvo de café que se persigue y ansía como tesoro y se degusta colado en conversación con la vecina que ya casi es familia.

La noticia salvadora es la que se vocea de esquina a esquina —ya están dando los «mandados»…; o: no habrá «luz» porque más allá están poniendo un poste nuevo para la electricidad.

El paisaje definitorio está urdido con personajes fijos: el   bodeguero —a veces callado; a veces provocador, con anunciaciones apocalípticas, con chanzas que desmenuzan la realidad y sumergen en estado de histeria al ciudadano que en ese momento está sangrando por la herida—; se suman el chofer del carro antiguo, el amante del bar, el barbero, el que todo lo ve, el que no ve nada (o al menos eso dice), el ama de casa, la trabajadora doméstica (que parte para ser ama de casa allí donde otras no quieren o no pueden serlo), el que mucho vende y el que mucho compra (y el que apenas puede comprar), el que tiene linda su casa, y el que sueña con adecentarla, o con tan siquiera tenerla.

Con todos se arma la verdadera trama de Cuba. La composición puede variar en algo. Pero estoy segura de que en cada barrio de la Isla hay un dibujo humano más o menos similar, y que es allí donde se mide el sentido de las ideas que le nacen al país para salir adelante.

Es ese universo natural, destino y punto de partida de toda decisión, la sal de la sociedad: por eso, si ha de gobernarse bien, a lo profundo, tendrá que empezarse por él; si ha de ejercitarse la democracia, tendrá que ser primero allí; si hay que dar y pedir cuentas, tendrá que comenzarse por ese espacio: es en él donde se lee la prensa y se parlamenta al duro, donde las mejores «economistas» (las amas de casa) advierten que la cuenta no da, donde todo el mundo sabe quién es el más necesitado, el    enfermo, el que más rápido se adaptó a los cambios y ya está emergiendo en medio de mil tempestades, y el que todavía, a pesar de su virtud, no avista por hendija alguna la luz de las recientes transformaciones.

Aunque por motivos obvios Cuba no es la que era cuando los Comités nacieron, muchos fundamentos han sobrevivido a lo largo de décadas —entre ellos la condición de Isla que en serio peligra—, los cuales nos hacen mirar como valiosa toda cuerda que intente aunarnos, organizarnos, comunicarnos en medio de las urgencias, las carencias, la fragmentación. Yo apuesto por insuflarle vida a esa red humana que ya tenemos para hacerla funcionar mejor. A fin de cuentas, me levanto y me acuesto en esa dimensión discreta que obligadamente habrá que auscultar si quiere saberse cuánto pierde o gana Cuba en su lucha por seguir siendo.

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