Lenin y la gravedad

Autor:

Enrique Milanés León

Al eco de tres disparos y en medio de gran revuelo, una voz se impuso al desconcierto: «¡Calma, camaradas! ¡Esto no tiene importancia! ¡Manténganse tranquilos!». El que mandaba era Lenin, que acababa de sufrir un serio atentado, pero que, incluso con el pulmón y el hombro izquierdos mordidos por balas envenenadas, disponía serenamente su propio rescate.

La contrarrevolución apretó el gatillo con dedo de Fani Kaplan, pero el líder, que ese día 30 de agosto de 1918 había concluido un discurso ante obreros con la certeza de que «¡tenemos una sola salida: la victoria o la muerte!», fue llevado al Kremlin y así, herido de gravedad, subió él solo los 52 escalones hasta el tercer piso.

Como la gente, los libros de Historia están divididos sobre el fin de este hombre: unos recogen que murió en Gorki, sin cumplir los 54, el 21 de enero de 1924; otros afirman que jamás ha caído.

Caer o no caer sigue siendo el dilema del guía. Ahora mismo, en Ucrania, la derecha lo reta: luego del derrocamiento de Víctor Yanukovich los desestabilizadores políticos la han tomado con los monumentos a Lenin, como si el conductor proletario fuera responsable del regreso del odio. Solo en octubre fueron derribadas en Jarkov casi una decena de esculturas suyas.

En las redes sociales e Internet se vio a grupos de encapuchados que echaron al suelo varias estatuas halándolas con cuerdas de acero. Y al final, un coro: «¡Viva Ucrania!». ¿Cuál Ucrania querrán separándose del mejor defensor que han tenido los pueblos? La primera y más simbólica escultura echada abajo estaba en el mismo Kiev, muy cerca de la Plaza Independencia. ¿Se darán cuenta de que con el bronce leninista puede caer ese prefijo que sugiere libertad en el nombre de la Plaza? ¿Qué tal se vería la «Plaza Dependencia»?

Militantes de Svoboda y del grupo ultranacionalista Sector de la derecha han liderado el asedio. Tras las zancadillas vienen, en el suelo, los mazazos a Lenin, pero ellos no son los únicos responsables: el gobernador de Jarkov ordenó tumbar una estatua en Izium, y en Zhitomir la policía se hizo a un lado mientras se ofendía a mandarriazo sucio a un héroe de este planeta.

El ministro del Interior de Ucrania, Arsén Avakov, no ha tenido reparos en apoyar la agresión: «Que ese ídolo sanguinario no se lleve más víctimas en su marcha», escribió en su cuenta de Facebook como si infinidad de internautas inteligentes no supieran que las manos de Lenin siguen limpias.

¿Cuál es su «culpa»? Será darnos herramientas para armar el futuro y decirnos cómo usarlas. Será erigirse en GPS de la revolución mundial —más necesaria cada día—, de modo que los pueblos hallen rápidamente el camino. Será rescatar a Marx y a Engels para salvarnos a todos. O será, simplemente, ser genio y corazón.

Quizá por todo ello, el día que no murió —para nosotros— los obreros de todo el mundo pararon su trabajo durante cinco minutos. Ante el duelo solo se escucharía, se me ocurre suponer, el suave renqueo del planeta al girar.

Es grande el ofendido, así que no le faltan enemigos. En 1934 un granjero quiso «rematarlo», allí en su lecho del Kremlin, con una pistola; en 1959 un hombre dañó con un martillo el ataúd de cristal, y más tarde otro adversario golpeó la bóveda a patadas.

No faltaron días muy grises en que la suerte de su cuerpo llevaba mal presagio, y la contrarrevolución mundial, tan ocupada ella, no lo saca jamás de su diana. Los muertos muertos no concitan tamaños enemigos.

Lo que pasa en Ucrania no es arrebato adolescente ni la rabia lacónica de los vándalos; es mucho más. La derecha, torcida, quiere que el mundo olvide a Lenin y, como no puede derrumbar sus ideas, derrumba sus estatuas.

Tal vez alguno de los agresores que hoy lo atacan con el mismo veneno de Fani Kaplan haya leído estos versos de Brecht: «Al morir Lenin, un soldado de la guardia, según se cuenta, dijo a sus camaradas: Yo no quería creerlo. Fui donde él estaba y le grité al oído: “Ilich, ahí vienen los explotadores”. No se movió. Ahora estoy seguro que ha muerto».

Quizá uno leyó y quiso aprovecharse. Pero quién sabe si, en medio de la euforia destructiva, algún otro vio, aterrado, moverse en el suelo los inquietos dedos de ese líder que es más fuerte que la gravedad y cualquier día de estos se yergue y nos repite: «¡Calma, camaradas! ¡Esto no tiene importancia! ¡Manténganse tranquilos!».

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