En las manos de jóvenes médicos

Autor:

Glenda Boza Ibarra

El último recuerdo que tenía del hospital de Las Tunas era el de mi hermana Kenia mientras declamaba en un acto por uno de los aniversarios de la institución, y la visita a un amigo en terapia intensiva una tarde triste de noviembre.

Años pasaron para que volviera yo a este centro asistencial, pero cuando uno de los nuestros irremediablemente se enferma entonces quienes dejamos desde antaño la provincia volvemos a acompañar a amigos y familiares por los pasillos del «Guevara».

Buscar una cara conocida fue mi primera acción, pero mis amigos más cercanos, esos graduados de Medicina un año después que yo terminara Periodismo, ahora andan por Venezuela y Brasil, socorriendo a otros; o trabajan en algún policlínico o consultorio.

Yo no quería que mi mamá fuera atendida por ningún joven recién graduado, residente en alguna especialidad, o estudiante de Medicina.

Ese prejuicio de no confiar en los noveles por miedo a los errores se hizo agua apenas entré al Cuerpo de Guardia y descubrí caras que no por los años dejan de apreciarse.

Vi a quienes serán buenos especialistas porque fueron buenos estudiantes, o porque los tiempos de desorden en la Secundaria y el Pre se esfumaron el día que de ellos dependió una vida o les entregaron un cuño con su nombre.

Si bien como en todos los lugares descubrí algún que otro alumno no demasiado interesado, pacientes que creen saber más que los profesionales y algún disgusto burocrático, este casi mes en el hospital, no faltaron enfermeros y enfermeras atentos, camilleros alegres, estudiantes ávidos de aprender, profesores certeros, pacientes solidarios y amigos como los míos, prestos a apoyarme.

En las manos en entrenamiento para cirujano de uno de ellos puse a mi madre, en sus conocimientos evacué mis dudas, en su amistad íntegra, a pesar de los años transcurridos, encontré tranquilidad.

Y no tengo otra forma de agradecerles luego de estas semanas de incertidumbre y ahogo, cuando uno de los seres más importantes de mi vida estuvo ingresado en una cama de hospital.

Podría perfectamente dedicar mis palabras a los pacientes, familiares y profesionales de las salas E-3 y C-4, pero este agradecimiento va mucho más allá, a toda esa gente preocupada por la salud de mi madre, por su bienestar en más de 20 días que siguen contando.

El pasado 14 de junio, el «Guevara» de Las Tunas celebró el aniversario 35 de haber sido fundado por el líder de la Revolución Fidel Castro. Casualmente ese día uno de mis amigos médicos cumple también años.

«Hubieras podido ser doctora», me dijo recientemente. «A horas como estas me hubiera gustado», respondí yo.

Mas, por suerte, no hizo falta. Además de los «profes» que cumplen aquí la misión más importante de sus vidas para salvar y curar a sus coterráneos, tengo a mis amigos, aunque al principio, como quizá otros, dudara yo de su habilidad por su lozanía.

Les tengo a ellos, aún sin cumplir 30, residentes en alguna especialidad, admirándolos por ese empeño de continuar estudios después de seis largos años; por la responsabilidad asumida diariamente con el prójimo.

Les tengo a ellos, aunque llegara allí con el miedo de confiarle a un joven la vida de mi madre.

Yo dudaba de su capacidad, entrega y conocimientos. Pero después de estas 19 noches de desvelo, y estos días de aferrarse a la vida, a la ciencia, a los profesionales y a todo lo demás en horas desesperadas, sé que puedo perfectamente poner mi vida en las manos del colectivo del «Guevara», y especialmente en las manos de esos jóvenes médicos.

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