Un llamado a la sensibilidad

Autor:

Juan Morales Agüero

Las calles son como lienzos multiformes donde toman lugar —con trazos de brocha gorda o de tierno pincel— los principales matices de la acuarela ciudadana. Todos los perfiles de su gente se fusionan allí con cada amanecer. Uno lo aprecia en el paso presuroso del que marcha al trabajo; en el tozudo pregón del vendedor de viandas; en el rítmico contoneo de las mujeres y… en la ubicua presencia de los deambulantes callejeros.

¡Ah, los deambulantes callejeros! En esta categoría de la compasión procuran hacerse de un lugar algunos pillos que, por su apariencia y su conducta, no deberían ser tenidos como tales. El problema es, a todas luces, de difícil solución. Porque, a pesar de los programas aplicados por las autoridades locales para remediarlo, el saldo no pasa de ser discreto.

Hace unos días atrás, mientras me tomaba un café en un quiosco exterior del hospital tunero Doctor Ernesto Guevara, me puse a observar a una mujer saludable y decorosamente vestida que, con semblante lastimero, pedía limosnas entre la concurrencia. Aparentaba poco más de 60 años de edad y, a juzgar por su manera de conducirse, no parecía tener trastornos mentales.

En unos pocos minutos —los que yo permanecí allí— perdí la cuenta de las personas que se condolieron de ella y le depositaron en la palma de su mano derecha una moneda de a peso (ya pocas cosas valen menos). Cuando no pudo retenerlas todas, la muy astuta se separó del tumulto, contabilizó el saldo, lo echó dentro de un sobre de nailon y retornó a las andadas.

«Todos los días recoge 40 o 50 pesos —me aseguró la vendedora al entregarle la tacita—. Y se pone brava cuando le dan 20 centavos. No, qué va, ¡exige monedas de a peso! Hace poco una mujer le espetó que se pusiera a trabajar. Ella le torció los ojos y le respondió bajito y de manera amenazante: “No se meta en lo que no le importa”».

Les puse el caso de una pícara. Pero quienes más abundan son los desequilibrados mentales. Se trata de un espectáculo triste. A uno le da por pensar: «Bueno, ¿y esa gente no tiene familia?» Hay que tener el alma blindada para no sensibilizarse con estos seres humanos, inhabilitados para autocontrolarse.

Por «fortuna», casi todos son pacíficos e inofensivos. Merodean de un sitio a otro, indiferentes por completo a lo que ocurre en torno suyo, absortos únicamente en sus alucinaciones. Pero otros —los menos— son agresivos, y eso es preocupante. Un discapacitado mental no está en condiciones de medir el alcance de sus actos. Como dijo alguien: «Te mata y no te paga».

Voy con un ejemplo. Hace un par de años, el ómnibus en el que regresaba a casa desde La Habana se detuvo en un pueblo intermedio para que los viajeros almorzáramos. Hubo uno que optó por comprarle una pizza y un refresco a un vendedor callejero. Iba a guardar el dinero del vuelto cuando un deambulante de mediana edad se le acercó con un cuchillo en la mano. Le dijo, amenazador: «Dame acá un peso, porque si no mira lo que tengo pa’ ti». Y le pasó ante los ojos el arma. ¿Qué hacer? El hombre haló por el bolsillo y se lo dio. A lo mejor era vana fanfarronería del infeliz. Pero, ¿y si no?

Otra situación desagradable escogió por víctima a un amigo. Según me contó, estaba él sentado en un banco en el parque de su ciudad, absorto en la lectura de un libro, cuando sintió que unas manos lo tomaban por detrás, le hacían girar la cabeza y la propietaria le sonaba un beso en plena boca. Se volvió y, horrorizado, vio que la autora del ósculo era nada menos que una deambulante harapienta y maloliente, quien, una vez consumada su «travesura», echó a correr muerta de la risa.

Desde el 2014 existe en Cuba una política de atención a los deambulantes. La aplica un grupo multisectorial, integrado por la Fiscalía, la Policía y el sectorial de Salud, supervisado por la Comisión Provincial de Prevención y Atención Social.

En varias provincias funcionan centros de clasificación y atención a deambulantes. Sus instalaciones los acogen por un período mínimo de 72 horas, durante el cual los higienizan, los someten a exámenes médicos y los evalúan para su posible ingreso en el hospital siquiátrico o el hogar de ancianos.

Lo indignante de estos casos es que, en efecto, casi todas esas personas cuentan con familias. ¿Por qué sus miembros no asumen sus responsabilidades afectivas? ¿Por qué pretenden que el Estado las suplante? Son preguntas que solamente una apelación a las profundidades de la sensibilidad puede responder.

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