Atada… a una voz

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Me acompañó en cada momento: ya fuera con tono de urgencia, alertando y brindando noticias de lo que sobrevendría. Otras veces me susurró al oído, con ese tono íntimo y coloquial que me hacía sentir animada y segura.

Después de algún tiempo de relativa lejanía, la voz estaba otra vez ahí. Llegó un momento en que no pude prescindir de ella. Adonde quiera la llevaba a cuestas.

Si en las primeras horas de convertirse en resurrección llegaba solo con el mensaje de tantos que a lo largo de Cuba describían el paisaje y los sentimientos y las acciones en cada terruño, después lo hizo también en forma de acordes. Notas que traían lo mejor de nuestra música y me hacían cantar en medio de la soledad; o transmutada en piezas de hace unos cuantos años que evocaban tiempos mejores… y también peores.

Sí, porque en los mediodías, aquellos compases pegajosos y rítmicos de la llamada década prodigiosa hacían igualmente el prodigio de elevarme el espíritu como lo lograban durante el período especial, en medio de la recurrente aunque solo externa oscuridad, porque por dentro resplandecíamos. Mejor, si los adolescentes de entonces escuchábamos Nocturno.

Con la voz tuve a muchos en casa en medio de la penumbra, el calor, y el recuerdo de esos niños que después de ayudar a recoger las ramas en su cuadra, me habían preguntado el domingo:«Señora, usted que tiene más experiencia: ¿saben cuándo ponen la luz?».

Les repetí lo que me había dicho ella. Sí, la voz de la radio ha sido nuestra principal informadora, guardiana consejera y entusiasta durante el paso y después de la ida de Irma, azotados todavía en muchos lugares de la Isla por la falta de electricidad.

Sin acceso a los buenos reportes de la Televisión —el medio más recurrido, creo, por los cubanos de hoy—; teniendo que aguardar la llegada del periódico, y casi sin las bondades de internet en computadoras o celulares, la radio recobraba su lugar número uno en inmediatez, facilidad de llegar a  todas partes y posibilidades, por tanto, de que el destinatario recibiera su mensaje: solo hacía falta, del lado de allá, un reportero con un teléfono, que la señal pasara por la cabina de guardia y, del lado de acá, esperando, el viejo radio portátil o el celular con carga.

Sin desconocer la ya reconocida labor del resto de los vehículos informativos —incluyendo a mi querido Juventud Rebelde crecido, como todos, en la adversidad provocada por Irma—, hay que conferir a la radio el reconocimiento que merece por el acompañamiento a miles de oyentes, enamorados de ella otra vez, fulminantemente, como yo.

Una madrugada me trasladé en pensamiento a la cabina que lideraba la red mediante la cual se enlazaban Taíno, Habana Radio, CMBF y Radio Rebelde, y me senté frente a Luis Izquierdo, comentarista y narrador deportivo que actuaba como sobrio y animado conductor. ¡Cuánto consideré a quienes pasaban la noche en vela de esa forma! ¡Cuánto los envidié por ser parte del sortilegio —en muchos lugares exclusivo— de la comunicación!

Igual me ocurriría después cuando la batuta la tomaba José Luis Basulto, probado también en el oficio de la conducción radial, y llegaban los reportes de tantos colegas que se movían bajo el agua y sin electricidad. No digo esos nombres, la lista no cabría.

Ellos siguen siendo el sustento informativo y espiritual básico para quienes, en muchos lugares, todavía dependen de la radio.

Las gracias a su voz, que de nuevo demostró tantas virtudes y otra vez me enamoró. ¿Podré ahora desprenderme de ella?

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