Y después de la «guía mágica»...

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

¿Cuáles son los países latinoamericanos carentes de fronteras marítimas? ¿Quién es el autor de la novela Cien años de soledad? Mencione títulos de algunas de las películas dirigidas por el cineasta cubano Humberto Solás… ¿Cuál es el río más caudaloso de Cuba y en qué provincia se localiza? Caracterice la situación sociopolítica actual de Venezuela. ¿Quién fue José Raúl Capablanca?

Ella presiona ambos lados de su frente con las manos porque «creo que mi cabeza va a estallar». Me muestra varios papeles presillados. «¿Cómo podré aprenderme todas estas preguntas de la guía con sus respuestas correctas? Son muchas…». Y empieza a explicarme el motivo de su angustia.

Se acerca la fecha en la que debe presentarse, junto con otros aspirantes, a la prueba de aptitud que convoca la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. «Para ser periodista hay que saber todo esto, y un poco más, y estar enterado de lo que pasa en el país y en el mundo. Pueden preguntarme cualquier cosa…».

Me cuenta que durante toda una jornada estarán allí los estudiantes de 12mo. grado interesados en incluir esta carrera en su boleta de elección para la continuidad de estudios en el nivel superior, ya sea en la primera opción o en cualquier otra. «Si no pasas la prueba de aptitud no puedes solicitarla y tus notas en las pruebas de ingreso no son tomadas en cuenta en el escalafón para esta carrera ¡Pero son tres fases, las dos primeras con carácter eliminatorio!», me dice, abriendo los ojos hasta su máximo diámetro.

Me habla como si no supiera yo, que pasé por lo mismo años atrás, de qué se trata. Insiste en que será muy difícil superarla, «porque además tengo que ver los noticieros y las mesas redondas, y leer periódicos, para saber de qué hablar»… Y me interroga acerca de cómo me fue a mí, si recuerdo lo que me preguntaron, si la entrevista en la última fase me fue difícil.

Entonces trato de recordar todos los detalles de mi experiencia —tengo buena memoria— y la animo, pero me preocupo. A esas alturas de su vida, a las puertas de la Universidad, sigue pensando que una guía de preguntas es su salvación, y que si de memoria se aprende todo lo que en ella está escrito, podrá vencer el reto. Ver unas cuantas emisiones de programas informativos, cree, la pondrá al tanto de cómo está el mundo, «y luego ya veré si me piden analizar alguno de los sucesos ocurridos en Europa recientemente».

¿Acaso no sabe, antes de someterse a la prueba de aptitud, cuál fue la primera obra literaria escrita en el país, o el nombre de algunos de los presidentes de las naciones latinoamericanas o cuáles son los indicadores de salud que enorgullecen a Cuba en escenarios internacionales? No puede mencionar el título de un poema de Mario Benedetti, ni sabe cuáles deportistas cubanos han sido ganadores de medallas olímpicas.

Cuando se tienen 17 o 18 años no puede pensarse que para afrontar cada prueba de la vida se tendrá a mano una guía con las preguntas más importantes y sus respuestas correctas. No puede asumirse que lo que no se ha aprendido a lo largo del tiempo, se fijará —con alfileres, seguramente— en la mente prodigiosa. No se puede querer ser periodista, arquitecto, diseñador, o cosmonauta así, de correcorre.

Y aunque sé que a los 17 o 18 años, al término de los estudios preuniversitarios, muchos adolescentes pueden aún tener dudas en cuanto al camino profesional que quieren seguir, sí es preciso que entiendan que a última hora, aunque se tenga cierto talento e interés, no se puede cultivar lo que no se ha sembrado.

La orientación vocacional es primordial para que ese muchacho o muchacha enrumbe sus inquietudes, y no basta con que un profesor les comente lo que sabe de cada carrera universitaria. Mejor es que se coordinen encuentros con profesionales de las diferentes disciplinas para que cuenten sus experiencias, y que puedan programarse visitas a determinados centros laborales para que los estudiantes vean con sus propios ojos su posible futuro. La idea no se me ha ocurrido a mí y de hecho se realizan este tipo de iniciativas, pero no con la frecuencia y la calidad necesarias.

En el caso de aquellos estudios que exigen una prueba de aptitud, como los de Periodismo, se privilegia a ese que demuestra tener parte del terreno andado, que no solo puede tener talento e interés, sino que también posee rasgos en su personalidad y conocimientos de su lado que le permitirán crecerse con más facilidad en determinado campo.

Zapatero a tus zapatos… como dice el refrán. Cada cual tiene habilidades y potencialidades para determinados menesteres, y es justo partir de ese precepto.

Lo que me preocupa, reitero, es que se arribe a esta edad y se concluya este nivel de enseñanza, sin poseer conocimientos elementales de literatura, música, cine, política, economía, danza, teatro, arquitectura, historia… de nuestro país en primer lugar.

No se trata de ser genios o niños prodigios, porque yo tampoco fui lo uno ni lo otro, pero si se tienen maestros preocupados por impartir las clases correspondientes a su plan de estudio y proponer además otros contenidos, se tendrá una garantía mayor de que ese estudiante pueda responder, si no todas, muchas de las preguntas que se incluyen en esa «guía mágica».

Y no le otorgo a la escuela la única responsabilidad porque ciertamente es en el hogar, desde que somos niños, donde adquirimos el hábito de la lectura, si vemos que en nuestro entorno un libro es parte de la cotidianidad, por ejemplo. Es en la familia donde se inculca el interés por aprender, por preguntar, por investigar, si se quiere que en el futuro seamos mejores personas y profesionales.

Después señalamos con el dedo a aquel que, siendo universitario incluso, no sabe expresarse correctamente, escribe con una caligrafía y una ortografía pésima, y no sabe un poco más allá de lo que le toca por el título adquirido, «y de ahí no lo saques». Tal vez en su momento se aprendió las respuestas correctas de una guía que le resultó eficaz, y después está ahí, delante de nosotros.

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