Cuentos de abuelos

Autor:

Lázaro Fariñas

No creo que sea elegante o atractivo hacer cuentos personales. Pienso que la vida de cada cual es propia y privada, y si es contada en algún momento, debería ser contada por terceros. No sé, entonces, la razón por la cual estoy escribiendo este comentario. ¿Será que me estoy poniendo viejo? ¿Será la nostalgia por otros tiempos? ¿O será que me siento muy satisfecho por lo que hice durante una etapa de mi vida y quiero contarlo?

A finales de los 80 del siglo pasado, escribía artículos para varias publicaciones de América Latina. La Prensa Libre de Costa Rica y el Nuevo Diario de República Dominicana eran mis preferidos, y a esos medios enviaba mis comentarios semanales. Nunca sufrí ninguna censura. Tal y como enviaba mis trabajos, así eran publicados, ni una coma me cambiaban. No era fácil escribir desde el extranjero para ser leído en otros países, teniendo en cuenta que era a diferentes idiosincrasias, modos de pensar y puntos de vista a los que les enviaba mis opiniones. Tengo que confesar, sin temor a ser pedante, que fui muy bien acogido por aquellos lectores que tenían pocos intereses en común conmigo.

Ya en 1989 y debido al comienzo del derrumbe del campo socialista en Europa, los medios de Miami se me empezaron a abrir. Comencé a escribir artículos con cierta frecuencia en El Nuevo Herald de Miami, y era asiduo invitado a los programas de debate en los medios televisivos y radiales locales.

Como los trogloditas de la derecha anticubana de esta ciudad estaban seguros de que la caída del Gobierno revolucionario de Cuba era inminente, se atrevieron a dar voz a personas que pensaban diferente a ellos. Llegué, por aquellos tiempos, a ser parte integral de un programa diario de televisión llamado Debate, en donde compartía espacio con dos periodistas que pensaban diferente a mí y siempre, además, con la participación de invitados de la extrema derecha, quienes querían medir fuerza conmigo. De nuevo, sin ánimo de volver a ser pedante, venían por lana y salían trasquilados.

En ese programa, debatí con la crema y nata de la derecha miamera: jefes de organizaciones contrarrevolucionarias, «combatientes verticales» y líderes de café con leche eran mis diferentes oponentes. Por supuesto, los dos periodistas que me acompañaban en el programa eran también mis contrarios.

Cuando se derrumbó la URSS, dejé de participar en el programa. La verdadera razón fue porque me cansé de tener que ponerme cuello y corbata diariamente para ir a discutir con idiotas.

Aunque durante toda esa década y la mitad de la siguiente seguí siendo invitado regularmente a diferentes espacios de ese tipo, ya no era nada agradable el ambiente. Cada vez era más tenso y hostil, más las amenazas, más violentos los ataques, no solamente de los directores de aquellos programas sino también del público al cual le abrían las líneas telefónicas para que me ofendieran. Realmente, tenía la suficiente inteligencia, astucia y paciencia para capear los insultos, los cuales, como dice el dicho, me entraban por un oído y me salían por el otro; es decir, me resbalaban, ya que, como comúnmente se dice, a palabras necias, oídos sordos.

Pero seguir participando en aquellos medios traía consigo un enorme sacrificio, porque para poder defenderme correctamente de aquellas agresiones verbales, tenía que poner atención a lo que ellos decían en los otros programas. Tenía que oírlos diariamente. Las ofensas personales me tenían sin cuidado, pero el tener que sintonizarlos ya era harina de otro costal. Llegó el momento en que era como autoflagelarme o digerir un vomitivo solo por el gusto de vomitar.

Recuerdo que cuando el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, renunció por problemas de salud a su cargo de Presidente del Consejo de Estado, envié una nota a Cubadebate en la que le deseaba al Comandante una pronta recuperación. Unos días después me invitaron a un programa de televisión y leyeron la nota que había enviado como si me cogieran con la mano en la masa. Recuerdo que les dije a la directora de aquel programa y al periodista que la acompañaba que, no solamente deseaba que Fidel se recuperara de su enfermedad, sino que deseaba que volviera pronto a ocupar su cargo.

Siempre he dicho, escrito y hecho lo que he creído, siempre he sido consecuente con lo que he pensado.

Yo era un adolescente en la época de Batista, no tenía diez años cuando Fulgencio entró en Columbia con sus gorilas. Hice todo lo poco que pude hacer en su contra. Cuando después de 1959 no estuve de acuerdo con algunas medidas revolucionarias, me opuse a ellas y salí de Cuba.

Cuando mi Patria se quedó sola, ante la desaparición de la Unión Soviética, comencé a viajar a la Isla regularmente y tuve la oportunidad de compartir en tres o cuatros ocasiones con Fidel, hombre que siempre respeté, y del que siempre afirmé públicamente en Miami que fue el mejor y más fiel defensor de la soberanía de Cuba.

Parece que a veces los abuelos tenemos la necesidad de contar cuentos, y es por eso que les cuento algunos de los míos.

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