Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

¿Nos ahoga el disparate?

Autor:

Osviel Castro Medel

Siempre que el humorista Marcos García suelta el chiste provoca una sinfonía de carcajadas en el público. Miró en cierto establecimiento un letrero que decía «Pan de Haller por la libre» y, pensando que era un preparado especial, venido de otra geografía, fue voraz a comprarlo. Pero la decepción se apoderó de él al comprobar que Haller no era algún sitio extranjero, sino la palabra «ayer» escrita con una garrafal falta ortográfica.

La posible sonrisa nacida por la anécdota pudiera trastocarse en seriedad absoluta cuando dejamos reposar el relato. Nos lleva a preguntarnos, luego de tantos esfuerzos educativos, cuánto faltará para concretar los sueños de una nación enteramente culta e instruida.

Porque tal yerro lingüístico resulta solo una ola dentro del enorme mar de disparates que nos baña a diario, a la vista pública. He leído «quegas y sujerensias», «bendemos poyo», «ejersisios de fuerza», «harreglamos televizores» y otros letreros increíbles.

Esas pifias parecen arraigarse y crecer en las redes sociales, en las que se justifican los dislates con los apremios de tiempo y el supuesto ahorro de caracteres. Sin embargo, dichos argumentos se desmoronan por sí solos cuando encontramos frases cargadas de añadidos incorrectos y asombrosos, al estilo de «Alludamos ha toda la familia», «Hojo por hojo» o «Hera un gram batiador».

Cualquiera pensaría que son exageraciones, pero no, ahí están esas y otras construcciones gramaticales, como si fuesen verdaderas obras de arte del estilo barroco-erróneo. En estos tiempos de coronavirus me he topado con «hepidemia», «bacuna» y «kaso positibo»; además de otras oraciones impensadas: «Soy de Ballamo», «Mtansaz campión», «Hacepten nuestra biktoria», «nunca an ecistidos» y «experiensia profecional».

Puede ser que en el futuro, a fuerza de tanta repetición, termine por aceptarse esa libertad. Hace ya 24 años, en el 1er. Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Zacatecas (México), el premio nobel de Literatura Gabriel García Márquez, abogó por «jubilar la ortografía», un verdadero «terror desde la cuna» en los países de habla hispana. Entonces propuso eliminar «las haches rupestres», emplear «una sola be», firmar «un tratado de límites entre la ge y la jota» y, en fin, simplificar la gramática de una lengua tan compleja como es el español.

Pero mientras la propuesta del eminente escritor colombiano aterrice, tendremos que seguir luchando contra los errores ortográficos y otros vicios de redacción, como el abuso de gerundios, «queísmos» y palabras usadas con un significado diferente al que poseen. Vale afirmar, aunque duela decirlo, que de estas sombras tampoco se salvan profesionales de distintas ramas.

No se puede pensar en una fórmula repentina y mágica. Probablemente las exigencias en las revisiones de la ortografía deban crecer en nuestras aulas, por encima del criterio extendido de que un ingeniero o un médico no necesitan escribir correctamente.

Tendremos que seguir promoviendo la lectura, principal fuente para el conocimiento, la ortografía y la cultura general e integral, un término que no podemos convertir en cliché. Hace apenas unos días el mismísimo Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, hablaba de la importancia de leer y cómo ese acto puede ayudar a convertirnos en mejores seres humanos.

En las aulas comienzan los encantos y enamoramientos por las obras literarias, mas siempre hará falta el empuje desde el hogar. Ese impulso deberemos hacerlo con mayúsculas y sin h para que el disparatado pan del principio no se siga multiplicando en nuestro día a día.

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