No hay perfeccionamiento en la complacencia

Para esta escritora los lectores merecen ver la literatura como algo verdaderamente respetable, como un medio de comunicación insustituible, como regocijo del espirítu y del intelecto

Autor:

Juventud Rebelde

Sostener un diálogo con Enid Vian es toda una proeza para cualquier persona. No me refiero, desde luego, a un diálogo periodístico, sino al diálogo más simple e intrascendente, que con ella se convierte en verdadero ejercicio literario, una especie de combate, donde todo el tiempo uno está a punto de salir vencido por la chispa de su verbo e ingenio. Su proverbial —y a veces desconocido por muchos— sentido del humor, su agudeza e ironía, hacen de ella la más difícil contrincante en cualquier conversación.

—¿Cuándo descubriste que te interesaba escribir para los niños?

—Si te refieres a interés como fiebre y parte esencial de mi vida, fue después de publicar tres o cuatro títulos y ver el efecto que tenían entre los niños, jóvenes, maestros y colegas.

«Mi entrada en ese inmenso universo poblado de seres “como tú quieras”, sin tope, fue coyuntural. Mi hermana Ivette trabajaba en Pionero, junto a Onelio Jorge, Froilán Escobar y otros escritores que hacían un semanario para niños con textos formidables e ilustraciones que eran una versión plástica de altura acerca de los cuentos. Yo decidí escribir algunas narraciones y presentarlas en Pionero, con el propósito de intentar trabajar al lado de mi hermana mayor —que conste que Ivette es mayoooooor que yo— y el resto del clan. Hubo una serie de problemas que no viene a caso contar aquí e Ivette dejó de escribir para Pionero; y yo, ni intenté presentarme allí. No obstante, ya estaba el virus del mundo fascinante de la niñez insertado en mi conciencia. Seguí escribiendo cuentos y poesías y se los daba a leer a mi gaveta, la cual siempre me aprobaba. Reuní los cuentos y los poemas en dos libros: Cuentos de sol y luna y Che, miembro del río. Los envié al concurso 13 de Marzo y el primero obtuvo el premio y el segundo algo así como una Recomendación. Al año siguiente preparé otro libro de cuentos, que obtuvo el premio 26 de Julio, y al siguiente gané el Casa de las Américas con Las historias de Juan Yendo. Al siguiente escribí otro, y otro…

—¿Qué piensas del tono que deben tener las historias para niños?

—No sabía que las historias para niños debían de ser tonales como el idioma chino. No creo que a alguien se le ocurra pensar que las historias para adultos deban tener un tono específico, digamos tono adulto; ¿por qué entonces habría de tenerlo para los niños? El tono es precisamente el que EXIJA la historia.

—¿Te pareces a tus personajes? ¿Cuál es para ti el más entrañable?

—Sí, hasta en la selección de la parte de la realidad que resalta el que escribe, está el autor. Y el estilo que adopta es también el autor. Yo soy un ser crítico, hacia mí misma y hacia todo lo demás, y eso me ha permitido mejorar como persona y como escritora. Para mí no hay perfeccionamiento en la complacencia. Tampoco lo hay en la «permisibilidad» pasiva y silenciosa. Siento el humor como necesidad y medio para tomar conciencia de nuestras insensateces a todas las edades, y también como sano ejercicio de la risa, de la alegría. Creo que me parezco a la intención de mi obra; y que, si perfilé medianamente bien mis personajes, se verá que todos somos el conjunto de las cualidades y deficiencias de estos personajes creados con una base real. ¿Qué con cuál me identifico? Me identifico con una mezcla de Miñocorra, Lerdorrinco, Azul y Avizora, todos personajes de De las rastrirrañas y las miñocorras.

—Doy por sentado que Fangoso, Premio UNEAC de Literatura 1999, significó un hito en tu carrera. ¿Sientes tú esa novela conectada con el resto de tu obra o crees que sea un punto y aparte? ¿Qué harías si, por esos misterios de la vida, andando por una calle, te encontraras con Fangoso?

—Si yo estoy «conectada» conmigo misma, entonces mi obra toda también lo está. No obstante, en Fangoso hay un acento mayor en lo humorístico, y en la intención de hacer reflexionar a partir de la sátira. Fangoso es un personaje autoritario y opresor, resumen del mando ciego y sin alternativas. He querido resaltar lo anacrónico y absurdo de esta deformación a todos los niveles. De hecho, uno se encuentra por la calle a algunos Fangosos menores. Lo que yo hice fue usar el arma que mejor manejo contra los Fangosos mayores, y los satiricé en un libro. Si me los vuelvo a encontrar, hago Fangoso II.

—He escuchado que ciertos libros tuyos para niños —tanto en argumento como en estilo— te hacen distinta a la media de quienes escriben para estas edades. ¿Te sientes una escritora especial? ¿Te preocupa más la popularidad o depurar, libro a libro, un estilo ciertamente particular?

—En cuanto a la primera parte de tu pregunta dúplex, me parece que escribo como soy. Y soy hija de una formación y de un ideario y partícipe y observadora, al mismo tiempo, de una época. Nunca me he sentido especialmente especial. Respondiendo a la segunda parte, te diré que no creo que una cosa excluya a la otra. Al contrario. Las personas en formación a las que me dirijo, que por supuesto son parte del pueblo, lo más preciado, merecen que yo trate de depurar un estilo ciertamente particular, que no solo sea honesta, sino también conocedora de la técnica, capaz de mirar la realidad con agudeza y sintetizarla en la poesía y el verbo. Merecen ver la literatura como algo verdaderamente respetable, como un medio de comunicación insustituible, como regocijo del espíritu y el intelecto. Y cuanto más cuidado y respetuoso sea mi trabajo, más hago por ellos.

—Hablando de lo inusual, estimo que De las miñocorras y las rastrirrañas, lo es como el que más; sin embargo, fue una obra publicada en un momento de nuestra literatura en que apenas se veían libros que marcaran la diferencia: ¿Qué te deparó como autora?

—Mucho. Me deparó cariño de los demás. Algunas personas se acercaron y me comunicaron su simpatía hacia el libro y hacia mí. Curiosamente, la mayoría eran niños y ancianos. Como si para simpatizar con una miñocorra de solana y rechazar a una rastrirraña, no existiera edad.

—¿Cómo concibes idealmente a un autor para niños?

—Cuando pienso en los buenos escritores no distingo entre las cualidades de los que escriben para niños y los que escriben para adultos. Para mí lo ideal en un escritor es que sea una persona inteligente, y que su inteligencia sea un instrumento para mejorar la realidad o al menos para revelar partes esenciales de la realidad, incluida la realidad de la conducta humana; una persona de una especial sensibilidad hacia los problemas humanos, no en abstracto, sino en la concreción de los que tiene más cerca. Si se sensibiliza con los seres que lo rodean creo que puede traspolar universalmente sus sentimientos y caracterizar sus personajes con características reales, para que las personas vean su verdadero rostro, aunque sea desde un determinado ángulo. Debe ser un observador de la realidad, solidario con las mejores causas humanas, incisivo penetrante, veraz y crítico.

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