Autoerotismo de ida y vuelta

La masturbación nace del ansia por conocer el propio cuerpo. Se puede comenzar esta práctica a cualquier edad; pero no hacerlo también es normal Pregunte sin pena

Autor:

Juventud Rebelde

Desde la primera infancia todos exploramos nuestros genitales para tratar de entender cómo son, para qué están ahí y por qué son distintos en tamaño y forma a los de los demás, ya sean adultos cercanos u otros niños y niñas.

Igual registramos el resto de nuestros cuerpos, pero a nadie le parece raro que el bebé toque su cara o muerda los brazos de otra criatura, mientras que una manita bajando con insistencia hacia la vulva o el pene —propios o ajenos— siempre genera cierta preocupación.

Como la mayoría de los animales, los seres humanos presentamos un evidente dimorfismo sexual, nombre que recibe la apariencia desigual (externa e interna) entre individuos de la misma especie según su sexo biológico.

Entre humanos esa diferencia es apenas de un 15 por ciento, y durante la infancia es mayormente perceptible en la zona de los genitales. Como son «casualmente» esas partes las que más insiste la familia en cubrir, es natural que los menores asocien esa mínima diferencia a todo el cúmulo de roles y exclusiones que significa ser criado como niño o como niña en todas las sociedades pasadas y presentes.

La curiosidad típica de esas edades los lleva a fijar su atención en tales atributos y a no desaprovechar cualquier oportunidad para captar diferencias entre hembras y varones, y de paso averiguar si responden igual a la palpación, que en sí misma les resulta placentera.

Con los años entienden que a los adultos no les hacen gracia tales prácticas exploratorias, y como hay tanto por aprender y dominar en este mundo esas dudas van quedando para después, hasta que se despiertan en un aluvión de hormonas y se les hace impostergable comprender qué pasa, por qué son tan agradables esas «cosquillitas» y si tienen alguna relación con los secretos íntimos de mamá y papá.

Ese es uno de los retos para los que muchas familias jamás creen estar bien preparadas. Claro que todos pasamos por esa etapa, pero en el afrontamiento a las prácticas masturbatorias de la adolescencia a veces pesa más la cultura —entiéndase prejuicios, mitos y temores heredados— que el recuerdo de la propia experiencia.

Increíblemente, las reacciones parentales van desde el hombre que trata de enseñar a su hijo varón a «lanzar» bien lejos, hasta la madre que toca en la puerta del baño insistentemente si el chico demora mucho, además de esas humillantes sonrisas de picardía ante cualquier intento de privacidad del púber, así deje bien claro que solo quiere descansar, leer o escuchar música.

Cuando se trata de las muchachas el asunto resulta mucho más escabroso. Pocas son aún las familias que asimilan la masturbación femenina como una vía de autorreconocimiento, una actividad útil para alejar el inicio de las relaciones coitales —y por ende los riesgos de alguna infección de

trasmisión sexual (ITS) o un embarazo a destiempo—, además de valioso ejercicio para conjurar la anorgasmia y aprender a dar más valor al placer individual.

El autoerotismo nace del ansia por conocer el propio cuerpo y sus reacciones, explica el neurólogo español Nolasc Acarín en su libro El Cerebro del Rey..., editado por el sello Científico-Técnica para la Feria del Libro en curso.

Aunque en ambos sexos la masturbación explícita llega con la adolescencia, en ellos resulta más precoz y toma a veces un sentido algo «deportivo», mientras que en ellas se precisa de un mayor grado de fantasía y suele aparecer tras varios conatos de intercambio sexual con otras personas.

En ambos casos este hábito puede persistir aun después de iniciada la actividad coital como vía para descargar tensiones, satisfacer anhelos y aumentar la autoconfianza, o como sustituto de una pareja sexual complaciente.

Inhibición eminentemente cultural

Años atrás se consideraba cuando menos de mal gusto que un hombre confesara a su pareja estable esos hábitos masturbatorios, y por supuesto era casi impensable al revés. Ni siquiera entre amigas se hablaba mucho del tema, como si fuera un pecado decirlo y mucho más hacerlo.

Esta inhibición es un fenómeno más cultural que biológico, estima el doctor Acarín. De algún modo se ha pretendido entender el autoerotismo femenino como exponente de la libertad de la mujer, que no precisa de un hombre para conseguir placer.

En la obsesión por impedir esta ¿peligrosa? capacidad de ejercitar el derecho al propio cuerpo, en varios países se acude a una milenaria violencia de género consistente en la mutilación del clítoris a millones de niñas cada año, por ser este órgano una especie de símbolo palpable de esa independencia en el placer, un atributo exclusivamente femenino que muchos aún consideran innecesario o aberrante puesto que no le encuentran una razonable participación en el proceso reproductivo de la especie humana.

En contraste, la masturbación masculina solitaria o en grupo, con el propósito de «fecundar» la tierra, resultaba común en varias culturas antiguas. En estos tiempos son pocas las razones que se oponen a ella —casi siempre argumentos de orden religioso, más que médico o moral— a menos que el sujeto la practique en lugares públicos o tenga un comportamiento compulsivo que afecte otras áreas de su vida, como las relaciones de pareja, las filiales o su desempeño en la sociedad.

En este asunto, como en tantos otros, la equidad de género tiene aún mucho terreno por conquistar. Tanto las muchachas como los varones pueden comenzar a masturbarse a cualquier edad y es normal. Pero pueden no hacerlo, porque no les interesa o porque prefieren otras formas de canalizar su energía, y eso también es normal.

Lo anormal es creer que hay una vía única para llegar a la madurez, que esa vía tiene sus restricciones cuando se trata de mujeres u hombres y que el camino es solo de ida, como si comenzar a entregarnos a otros implicara dejar de pertenecernos a nosotros mismos.

Pregunte sin pena

D.A.: Estoy casada hace cuatro años. Creo que mi relación se está apagando y quisiera poder actuar, pero no encuentro el modo correcto. A veces no siento nada por él. Sin embargo, cuando decido terminar, algo muy fuerte me detiene. Siempre hubo bastante confianza y comunicación de ambas partes. Eso no impide que ahora yo lo vea todo como una rutina, sin nada nuevo, sin pasión. Nuestras relaciones sexuales son de vez en mes. ¿Será normal eso? Por otro lado, deseo estar con un ex a quien no veo hace mucho tiempo. Tengo 21 años.

Por lo que cuentas, la relación parece estar en un momento de crisis. Esto no tiene que llevar a su extinción. De hecho, podría ser una oportunidad para revitalizarla. Todo dependerá de lo que sean capaces de emprender.

Dices no saber cómo actuar, pero solo destacas los intentos de separación afortunadamente infructíferos. Es decir, aún tu relación te importa. Los lazos se mantienen bien anudados a pesar del tedio y el distanciamiento.

Por otra parte, tienen a su favor una historia de buena comunicación. Va siendo tiempo de activarla en pos de dilucidar qué está pasando, así como sus posibles causas y alternativas de solución. Solo ustedes podrán encontrar paulatinamente las suyas.

Solemos añorar lo positivo de amores pasados cuando el actual está en crisis. Es esta una señal de la situación presente. Un llamado más a recuperar la vitalidad del matrimonio, muy joven aún.

Son muchos los retos que la pareja estable encuentra a su paso. Múltiples los puntos altos y bajos de cualquier trayectoria amorosa. No se es feliz por la ausencia de conflictos, sino por saber superarlos. Es preciso definirlos, comprenderlos, encontrar alternativas de solución o alivio y en caso de ser necesario aceptar determinadas realidades no gratas.

En ese «algo fuerte» que detiene tu impulso a la ruptura está la leña para avivar el fuego, aún encendido. No dejes de intentarlo.

Mariela Rodríguez Méndez, máster en Psicología Clínica, consejera en ITS y VIH/sida y psicoanalista.

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