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Gente de costa

El mar se nos viene encima, pero algunos prefieren «mojarse». Cuitas y pasiones en Playa Cajío

Autor:

René Tamayo León

Agosto, 2004. El ojo del huracán Charley penetró por Punta Cayamas, entre Playa Guanímar y Playa Cajío, en la costa sur de la entonces provincia de La Habana. Categoría 3, era el primero de tal intensidad en pasar por la región habanera en más de medio siglo.

En Playa Cajío se observó una marea de tormenta de cuatro metros por encima del nivel del mar y fueron barridas 360 casas; las aguas llegaron hasta 2,6 kilómetros (km) tierra adentro.

Octubre, 2005. Aunque no tocó tierra cubana, el huracán Wilma provocó vientos fuertes, lluvias intensas e inundaciones costeras en zonas de la geografía nacional. Pasó de categoría 1 a categoría 5 en apenas 12 horas.

En Playa Guanímar el agua avanzó 2,5 km tierra adentro y alcanzó hasta un metro de altura; en Playa Cajío, se extendió más de 1 km con la misma altura; en Playa Majana, llegó hasta 1,5 metros.

Agosto y septiembre, 2008. Los severos oleajes provocados por Gustav e Ike provocaron fuertes inundaciones costeras en las playas de Guanímar, Majana, Cajío, Mayabeque, Caimito, La Pepilla, Tasajera y Rosario, en Artemisa y Mayabeque.

La sucesión de eventos climáticos extremos, la intensa actividad antrópica y el mal manejo de esos ecosistemas durante siglos condujeron finalmente a que muchas de las seculares playas del Golfo de Batabanó quedaran prácticamente desprovistas de arena y con sus perfiles originales muy transformados.

Según comentábamos en su primera parte, publicada el miércoles anterior, en este reportaje utilizamos las vivencias recogidas en un viaje de días atrás, cuando acompañamos a expertas de Planificación Física de la nación, de la provincia de Artemisa y de los municipios de Güira de Melena y Artemisa en una inspección que realizaron por el asentamiento costero permanente de Cajío y el temporal (de veraneo) de Playa Majana.

El fotorreportero de JR se dedicó a captar la mayor cantidad de imágenes de esos lugares al día de hoy. Este año se cumplirá una década del más reciente ciclón que afectó de forma directa el litoral sur de occidente. Las probabilidades de que otro pase por allí son ahora más altas. Dentro de cuatro meses comienza la temporada ciclónica de este año.

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El 18 de octubre de 1944, al este de Cabo Gracias a Dios, Nicaragua, nacía el ciclón conocido como el del «44». Luego de destruir alrededor del 90 por ciento de las edificaciones de Nueva Gerona, en la entonces Isla de Pinos, penetró a la isla de Cuba por un punto al oeste de la ensenada de Majana.

El mar invadió la costa del Golfo de Batabanó. En las playas de Guanímar y Cajío, avanzó hasta diez kilómetros tierra adentro, con una altura de entre cuatro y seis metros. Barrió los dos poblados, según reseñas de la época que retoman  asiduamente meteorólogos, periodistas y escritores.

Con 90 años de edad, Baldomera Cánovas Romero vivió la tragedia, la más dramática causada por un ciclón en Playa Cajío desde que ella tiene memoria. Ha sufrido el resto de los huracanes que han pasado por allí. Ha llorado las pérdidas —las del corazón y la de las «cosas»—, pero ese es su hogar.

No es un lugar extenso, pero sí larga la peregrinación de Baldomera por el pueblo. Nació y se crió en el lado oeste del estero, pero el ciclón del 44 y otros episodios naturales y humanos (incluidos incendios) que le siguieron, obligaron mover a Cajío hacia el este de la ensenada.

La casa en la que luego vivió, a inicios del presente siglo fue asolada por el huracán Charley. Ahora habita una de las confortables y bien provistas biplantas del sistema constructivo Sandino que se edificaron por el país tras el paso del ciclón de 2004, que cercenó 360 viviendas del lugar.

Solo soportaron el embate de Charley las edificaciones uniplantas de paredes medianeras que se levantaron cerca de la playita local en los primeros años de la Revolución, cuando se ejecutaron en el país los reivindicadores programas a favor de los pobladores de esos sitios y el desarrollo pesquero.

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Cajío tiene hoy 172 viviendas y 480 habitantes, nos informaba Miguel Márquez Viera, quien fue presidente del Consejo Popular en la zona desde 2007 hasta 2017 y hoy es delegado de la circunscripción No. 39, situada algo lejos de la playa.

«Tras Charley se construyeron nuevas casas en el lugar. Es un pueblo nuevo. Más del 90 por ciento de sus edificaciones están en un excelente estado, pero ya no viven allí muchas de las familias más viejas, las que se relocalizaron en un asentamiento en Güira de Melena, aunque todavía quedan algunos habitantes pendientes de solución de vivienda. Debemos señalar, sin embargo, que alrededor del 50 por ciento de la población de Cajío no es “playera” (así se autodenominan los nacidos en el área)».

Sobresale la higiene del lugar. «Como parte de la política para las zonas costeras —comentaba Márquez Viera— hay una brigada de Comunales que limpia sistemáticamente el litoral. El asentamiento dispone además de consultorio médico, farmacia y un local que sirve de cafetería y de restaurante para personas beneficiarias del sistema de atención a la familia (SAF)».

Cajío es un pueblo «bonito». Su paisaje arquitectónico no es ya el de los típicos pueblitos de playa o de pescadores de la costa sur, ahora imperan edificios bajos, pero sigue siendo atractivo. Solo opaca su esplendor el estado de las calles y de las áreas verdes. Son apenas dos o tres vías, no muy largas, por cierto, pero están bastante maltrechas.

Si sus calles estuvieran bien aplanadas —lo que sin dudas requiere de la acción institucional— y si sus jardines estuvieran bien cuidados —cosa que pudiera lograrse a machete y con sistemáticos trabajos voluntarios de los lugareños—, me atrevería a decir que sería un «pueblecito de postal».

Eso es «a vista de visitante». Al interior, sin embargo, hay otras insatisfacciones. Mercedes Domínguez se lamentaba del deterioro en que quedó el vial de acceso a la localidad —de unos 14 kilómetros— tras la reparación del Dique Sur. «El trasiego de camiones destruyó la carretera, y no la repararon; terminaron y se fueron», denuncia.

En casa de Baldomera, las hijas se afligían por la escasez de transporte. «El servicio más sistemático es el de los “riquimbilis”; están resolviendo un gran problema, pero cuestan, además de lo que después hay que pagar para llegar hasta Güira, y ni hablar si debemos ir a La Habana... Tampoco hay un transporte para sacar de urgencia a un enfermo por la noche; el motor del agua se la pasa roto...», nos decían las damas.

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El ascenso del nivel medio del mar debido al cambio climático transformará paulatinamente la forma actual de Cajío. A la altura de 2050 —antes tal vez—, ya no será posible habitarlo de forma permanente. Muchos se resisten a la idea, sobre todo los nativos. Es, empero, una perspectiva insoluble.

El deterioro de las zonas costeras en Cuba y el mundo, situación acelerada por el uso excesivo y el mal manejo de estos ecosistemas a lo largo de los siglos, se está enfrentado aquí con responsabilidad y sapiencia, a través de la Tarea Vida, el Plan de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático. Este no será, sin embargo, una varita mágica. Lo más que podemos hacer es adaptarnos a la situación y amortiguar sus efectos.

Las cartas están echadas. Hace falta percepción de riesgo entre los habitantes de estos lugares, pero mientras el tiempo y los elementos se imponen con su fuerza inexorable, quienes viven en ellos han de hacerlo con orgullo y dignidad.

Opinión de experto

EL profesor Carlos Manuel Rodríguez Otero, jefe del Departamento de Investigación y Desarrollo del Instituto de Planificación Física. Foto: Roberto Suárez.

EL profesor Carlos Manuel Rodríguez Otero, jefe del Departamento de Investigación y Desarrollo del Instituto de Planificación Física (IPF), lleva casi 50 años de trabajo en la entidad. Es uno de sus empleados más antiguos.

«Una de las responsabilidades del IPF —señala— es atender el sistema de asentamientos humanos en todas sus dimensiones; es por ello que lustros atrás, en conjunto con el Instituto de Meteorología, comenzamos las investigaciones sobre el cambio climático desde esta perspectiva.

«Las diferentes líneas de investigación desarrolladas en estos años por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, que ahora confluyen en la Tarea Vida, nos han ido dotando de varios instrumentos, los cuales se trabajan a través de escenarios, de áreas de impacto, gracias a lo cual conocemos los asentamientos humanos que serán afectados por el cambio climático a mediano, largo y muy largo plazo».

—¿Qué es un asentamiento humano?

—Donde hay más de 15 casas con espacios mínimos que las separan y tienen un topónimo que lo identifica. En el caso cubano, ante el cambio climático, se designan como costeros los que están de cero a un metro de altura sobre el nivel del mar y en los primeros mil metros de profundidad tierra adentro.

«Son más de 260, pero no todos tienen las mismas particularidades. Algunos pueden ser perjudicados de forma total o parcial, por lo que cada asentamiento requiere un análisis de sus características físico-naturales, de la costa, del relieve, de la frecuencia de los eventos que allí acontecen y su intensidad..., es eso lo que permite tomar las medidas adecuadas.

«Bastante de estos asentamientos son rurales y pequeños, y La Habana, Cienfuegos y Santiago de Cuba constituyen las ciudades costeras más importantes del país. En resumen, alrededor del diez por ciento de la población cubana vive en la costa».

—¿Cuándo resolver el problema de los asentamientos costeros?

—Primero está la cuestión de los costos; el país no dispone de recursos suficientes para dar respuesta inmediata y total a las necesidades de reacomodo in situ, relocalización, protección o para realizar los proyectos ingenieros concebidos como parte de las estrategias de adaptación en las zonas costeras.

«Segundo, la gente no es “un mueble” que se pueda mover de aquí para allá. Por cuestiones históricas, culturales, las personas tienen gran apego a sus costumbres y a las actividades económicas que pueden realizar en los lugares que habitan.

«Por otra parte, aunque se instruye y educa para incrementar la percepción del peligro debido al cambio climático y eventos hidrometeorológicos extremos, no es tan fácil instalar esta actitud entre las personas».

—¿Por qué es tan difícil crear esta percepción de riesgo?

—Las poblaciones que viven en zonas expuestas al riesgo saben que este existe, pero tienen la esperanza de que «lo malo que se anuncia», a ellos no les va a ocurrir.

«Quienes viven en asentamientos costeros están sistemáticamente afectados por huracanes, por vientos del sur, por grandes lluvias, y están sometidos a procesos de evacuación recurrentes, sin embargo, siguen con la idea de que “no les toca”.

«Frente a sucesos extremos, todo puede estar listo para evacuar, pero no lo hacen hasta el último momento, se resisten hasta el minuto final, porque están conscientes de que el Sistema de Defensa Civil hará lo humanamente posible por salvar vidas.

«Desgraciadamente, la percepción total, la real, solo se alcanza cuando una persona es objeto de una circunstancia concreta y ve la magnitud de las pérdidas y lo que ha sucedido por no haber hecho caso a un proceso de evacuación».

—¿Qué más hacer?

—Hay que llegar a la gente por convencimiento y no por imposición. Es verdad que hay resistencia, pero lo que estamos haciendo es para salvar al ser humano.

 

Principal amenaza del cambio climático en las zonas costeras

La sobreelevación del nivel del mar debido a los huracanes y otros eventos meteorológicos extremos continuará representando para Cuba el principal peligro del cambio climático por las inundaciones costeras y la destrucción del patrimonio natural y construido cercano a la costa. Se estima que el nivel medio del mar para el año 2050 suba 27 centímetros, y 87 centímetros para 2100.

Las proyecciones futuras del nivel medio del mar implicarían, además, la disminución lenta de la superficie emergida del país y la salinización paulatina de los acuíferos subterráneos por el avance de la llamada cuña salina.

 

Los manglares y la vida

 

El vertimiento de arena, la rehabilitación de dunas, la eliminación de edificaciones sobre dunas y la rehabilitación de manglares están entre las medidas para proteger las zonas costeras ante los efectos del cambio climático, y detener así el deterioro de la protección natural de las costas.

Dos buenos ejemplos del trabajo que se está realizando, se encuentran en el sur de las provincias de Artemisa y Mayabeque en la rehabilitación de manglares, ecosistemas que están presentes en más del 50 por ciento de las costas del archipiélago y el 20,1 por ciento de los bosques.

Las áreas de manglares más afectadas en el país se localizan en la franja costera sur de las provincias de Artemisa y Mayabeque y desde Gibara hasta la Bahía de Moa, en Holguín.

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