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¿Dónde si no?

El sustento de Ay, mi amor es una «descarga» del emblemático Adolfo Llauradó grabada un día del ya lejano 1990

Autor:

Osvaldo Cano

Con el estreno de Ay, mi amor, Carlos Díaz y la tropa de El Público se han desplazado hasta la sala Adolfo Llauradó. El momentáneo abandono de su habitual sede de El Trianón no obedece a las conocidas dificultades de climatización del concurrido recinto. Lo que ocurre es que el prominente director ha encarado, junto a Léster Martínez en calidad de intérprete, y Norge Espinosa como asesor dramático, el montaje de un singular monólogo basado en las confesiones del sobresaliente actor, con cuyo nombre ha sido bautizado el acogedor coliseo capitalino.

Como advierte el programa de mano, el sustento de este espectáculo es una «descarga» de Llauradó grabada por su compañera (Jacqueline Meppiel) un día del ya lejano 1990. Tal contingencia condiciona la estructura y la esencia misma del relato.

Más que a un texto organizado según las normas más ortodoxas de la dramaturgia, a lo que se enfrenta el espectador es al discurrir de los recuerdos del eminente actor. Esa es la causa de que abunden los saltos en el tiempo, los temas varíen de modo abrupto, así como también el matiz de las historias, como corresponde al fluir del pensamiento.

El espectador no encontrará aquí ni el clásico conflicto polar ni la definición de bandos que contienden por alcanzar objetivos opuestos. A lo que nos enfrentamos es a un sincero y raigal monólogo interior donde conviven el desgarramiento o la reafirmación, lo cual se combina con textos shakesperianos, organizados de forma tal que aluden a los obstáculos y contrariedades que debió sobrepasar el verdadero protagonista de esta fragmentada pero vital historia.

Carlos Díaz es de esos directores a los cuales resulta difícil encasillar. Sus propuestas van de la parquedad a la opulencia, del retozo a la seriedad, de los moldes tradicionales al reto y la provocación. Si un denominador común se hace visible en su manera de concebir el teatro, es precisamente la mirada escrutadora, la necesidad de cuestionar, de poner en evidencia males endémicos, torpezas ancestrales, conductas atávicas que se prolongan hasta el presente, cual noria que regresa invariablemente al punto de partida.

En el montaje de Ay, mi amor, Díaz apuesta por la sobriedad visual, apela apenas a escasos elementos capaces de apoyar el discurso integral de la puesta en escena. No es ahora una escenografía fastuosa, una trama intrincada o un complejo trazado de movimientos, niveles o lenguajes interpretativos lo que predomina, sino que el acento está puesto en el interés por evidenciar el histrionismo de Léster Martínez.

El camino escogido no apunta a reproducir miméticamente poses, acentos, chispazos de un actor fabuloso como Llauradó. Ese es un verdadero acierto del montaje. Lo que Díaz se propuso y consiguió con creces no fue caracterizar sino evocar tanto la figura como las encontradas pasiones que acosaron al eminente y carismático artista.

Para alcanzar tales objetivos se apoyó en la labor de un joven y prometedor comediante. La capacidad para transparentar inquietudes, sentimientos, anhelos, recurriendo a un intenso trabajo corporal o a un atinado y consciente uso de las manos, amén de afortunadas incursiones en el canto o el baile, son algunos de los argumentos de Léster Martínez. A ello hay que sumar la coherente y orgánica denotación de tensiones o estados de ánimo, a partir del trabajo con la voz; recurso este que le permite tanto subrayar la violencia de un pasaje, como revelar un matiz mucho más sutil que el resto.

Guiado con acierto por su director, Martínez rehúye el calco de un original ilustre para presentarnos una temperamental versión personal de una descarga memorable. Roberto Ramos y Luis A. Rodríguez crean una escenografía que consigue solucionar los diferentes retos que plantea el espectáculo y, al mismo tiempo, nos ubica en contextos diferentes, aporta alguna que otra pincelada matizada por la ironía, a la par que se inclina por la sencillez.

Manolo Garriga asume las luces con su habitual pericia. Ahora el diseño de iluminación tiende a transparentar, hacer evidente los distintos cambios de tonos o atmósferas que se operan en el relato.

Gracias al estreno de Ay, mi amor, retorna a la cartelera teatral uno de nuestros principales directores y quien fuera un actor fuera de serie. Con esta puesta Carlos Díaz sigue dando muestras de una vitalidad que, para suerte nuestra, parece incurable. Ahora es el intérprete el centro de sus preocupaciones, pues, como ya había apuntado, el montaje es, más que todo, un homenaje realizado, sin cortapisas ni miramientos, a Adolfo Llauradó, a quien Léster Martínez, Carlos Díaz y su equipo de trabajo han traído de regreso, justo en la sala que lleva su nombre, ¿dónde si no?

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