Parte de una honrosa tradición magisterial cubana, Eduardo Torres Cuevas es uno de los ejemplos de conjunción de sabiduría y patriotismo. Autor: Calixto N. Llanes Publicado: 21/09/2017 | 06:04 pm
Cuando se escriba el listado de los hombres y mujeres que marcaron el pensamiento cubano en, al menos, los últimos 50 años, de seguro que en un lugar muy visible, con letras doradas y brillo sereno, ahí estará el nombre de Eduardo Torres Cuevas.
Su largo historial como académico, así lo acredita. Un historial que no surgió de la nada o de pronunciar conferencias o publicar libros de ocasión. La hoja de vida de Torres Cuevas se forjó con una callada vocación de servicio, que se combinó con el sacrificio de impartir docencia y, a la vez, investigar con tenacidad los entresijos de la historia nacional.
A lo largo de las últimas décadas, su nombre apareció si no en todos, al menos en los eventos de mayor trascendencia de la historia y la política en Cuba. Simposios, congresos, intercambios, libros, antologías, conferencias, en cursos y talleres aparecía su persona; aunque no solo ahí, pues su figura también estuvo muy presente a la hora de definir y encontrar rumbos a la nación en estos tiempos difíciles.
Y el resultado se encuentra a la vista. Una veintena de títulos, numerosos artículos en revistas cubanas y extranjeras, miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua, premio nacional de Historia y Ciencias Sociales, profesor invitado a prestigiosas universidades extranjeras; pero quizás la condición que él más prefirió fue una: la de maestro.
Hijo de los 60
Al lado de una trayectoria, muy difícil de sintetizar, aparece un detalle. El inicio del magisterio de Eduardo Torres Cuevas estuvo en la Campaña de Alfabetización. En 1961 partió a la Sierra Maestra. Las personas que después escriban sobre él deberían tomar en cuenta ese dato y pensar en qué medida aquella experiencia marcó su trabajo.
De seguro que allí encontrarán vivencias profundas, de aquel joven vivió los olores de la montaña, el fresco de los ríos y la alegría interior de ver cómo a niños, hombres y mujeres de diversas edades se les iluminaba el rostro cuando trazaban sus primeras letras o podían descifrar las palabras en la lectura.
Luego vinieron sus estudios en la Universidad de La Habana, donde matriculó en la segunda mitad de la década de 1960 la carrera de Historia. Allí llegó para no irse nunca, cuando comenzó a impartir docencia e investigar bajo la condición de profesor graduado.
Junto a la Campaña de Alfabetización, ¿cuál fue la influencia que tuvieron esos años en su labor a la hora de buscar preguntar, revisar legajos, papeles y, sobre todo, a la hora de pensar el pasado cubano? Esa es otra labor hacia el futuro, pero de seguro se puede adelantar que Eduardo Torres Cuevas es un hijo de los años sesenta creados por la Revolución cubana.
O lo que equivale decir: un hijo del antidogmatismo, contrario a los criterios encorsetados y dispuesto siempre a pensar la vida, la realidad y la política desde los de abajo. Los humildes. De los que de verdad mueven la historia.
Sentir a Cuba
En un artículo publicado en la revista Contracorriente, Eduardo Torres Cuevas reconocía que el siglo XIX cubano parecía imantado. Lo decía con criterio bien fundamentado en el conocimiento. Pero también lo afirmaba desde sus propias vivencias.
Una revisión de sus títulos (ya fueran en revistas o libros) enseguida indicaría esa inclinación a esa época y a los momentos precedentes, sobre todo cuando se tiene en cuenta uno de sus últimos estudios: Historia de la Iglesia Católica en Cuba: la iglesia en las patrias de los criollos (1516-1789), escritor en coautoría con el profesor Edelberto Leiva Lajera.
Las razones de ese interés pueden ser muchas. Sus compañeros de trabajo y alumnos podrán ser más precisos. Sin embargo, nos atreveríamos asegurar que una de las causas de esa disposición se encuentra en el intento por buscar los orígenes del sentir a la patria, de cómo los padres fundadores (Varela, José María Heredia, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, y donde no se puede dejar fuera al obispo Espada) la sintieron y la pensaron para concretarse después en la obra de los libertadores.
Detrás de ese impulso, de ese imán, Torres Cuevas puso en relieve las complejidades de una época y sus figuras. Y, dentro de ellas, a una: al padre Félix Varela. La biografía que escribió de este (Félix Varela, los orígenes de la ciencia y con-ciencias cubanas), seguida de la publicación de las obras del presbítero cubano, convirtieron al profesor en el más importante investigador sobre la personalidad de Varela en los últimos 50 años, según el criterio del doctor Félix Julio Alfonso López.
A esa personalidad le seguiría otro importante estudio: Antonio Maceo, las ideas que sostienen el arma, donde se adentró el ideario del Titán de Bronce para develar el importante papel que la masonería jugó en la conformación de Cuba, y en hacer valer que el general mambí no era ese adusto militar, apegado al orden ciego y estricto, sino lo contrario: un héroe en el más completo sentido del término: en la acción y en la fuerza de su pensamiento.
La semilla esencial
Es muy probable que sus archivos se encuentren documentos de investigaciones y obras por salir. Por lo tanto, hay una enorme responsabilidad para que esa información no caiga en el olvido.
Sobre todo porque Torres Cuevas no era un hombre de espaldas a los tiempos de Cuba, y conocía demasiado bien el papel que debe jugar el conocimiento de la historia a nivel de sociedad. En ese sentido, recomendaríamos la lectura de dos entrevistas: la realizada por Enrique Milanés León («Yo apuesto por el porvenir»), a raíz de la visita del presidente Barack Obama y la de Liudmila Peña Herrera («Nunca antes una juventud tuvo un reto tan alto»), donde se reflexionó sobre la juventud y la educación en Cuba.
En la conversación con Liudmila, Torres Cuevas tenía la convicción de que la juventud de hoy se encontraba más preparada que la de su tiempo, con más recursos a la mano, pero con también con complejidades mayores.
«Hay una cantidad enorme de jóvenes inteligentes y capaces que creen en su Patria y sienten por ella —dijo—. No te voy a decir que está todo claro: hay miles de interrogantes. Yo también tengo preguntas, porque estoy ante una realidad que no pensé ver: tengo los mismos conflictos que muchos jóvenes, vistos quizá con más experiencia. También tenemos un amplio sector de la juventud que ni siquiera sabe quién es, porque hemos perdido un gran terreno en muchos de ellos debido a que el Periodo Especial fue tan terrible, que dejó una huella más grande que toda la historia anterior. Por eso ahora tenemos que cultivar cosas».
Y ese cultivo hay una semilla esencial: las profundas raíces de la conciencia nacional. Así se lo reconocía a Enrique Milanés: «Cuba lleva dos siglos y medio de elaboración de un pensamiento propio (...) Tenemos que impulsar el conocimiento de nuestro propio pensamiento como expresión de una cultura que nace en la base. Para mí, cultura es el modo de ser y hacer de un pueblo, el modo de pensar, de relacionarse, de decir... En ello radica la fuerza histórica que llevó a que Cuba produjera, en dos siglos, dos hombres extraordinarios, conductores de movimientos que trascendieron el país y que muestran pensamientos universales: Martí y Fidel».