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El triste instante en que del lienzo huyó la poesía

Uno de los últimos supervivientes del grupo Diez Pintores Concretos murió este 25 de agosto luego de más de medio siglo de intensa actividad creativa

Autor:

Aracelys Bedevia

Sobre un lienzo aún sin terminar busca el óleo a su aliada poesía. Los pinceles flotan en el aire. Pedro de Oraá ha muerto y al hacerlo sella uno de sus mejores libros: el de los Diez Pintores Concretos, del que fue el último sobreviviente residente en Cuba.

Un abstraccionismo depurado, devenido casi militancia estética y viva muestra de rigor poético, cultivó Pedro de Oraá a lo largo de su carrera como creador. Fue pintor, promotor, diseñador, poeta, ensayista, crítico de arte, editor, traductor…

Imposible encasillarlo en una disciplina u otra. El artista contemporáneo, decía Oraá, aspira a una integralidad profesional que le permita ampliar su espectro creativo. Sin embargo, «he llegado a la conclusión de que la sociedad no tolera a los creadores múltiples, a los creadores polifacéticos. Nos dividen por profesiones (...)».

No obstante, «me consuela conocer numerosos casos, en los tiempos que corren, que ejercen igual la libertad de otros oficios», afirmó en varias ocasiones este artista de ímpetus juveniles y más que probados logros.

Referente ineludible de la pintura abstracta y concreta, en la que abrió caminos propios a lo largo del tiempo, el último de los grandes maestros del concretismo en obtener el Premio Nacional de Artes Plásticas, nació en La Habana el 23 de octubre de 1931.

La práctica del dibujo comenzó a tomarla en serio a mediados de los años 40 del siglo pasado, motivado por los ejercicios a plumilla o acuarela que hacían sus hermanos y el hecho de que su padre los llevaba a las exposiciones de acceso libre en el Capitolio o en el Parque Central.

Más tarde acudió por iniciativa propia a los escasos locales destinados a exhibiciones de pintura, como el Círculo de Bellas Artes y la galería del Lyceum, y cursó estudios en la Academia de Bellas Artes San Alejandro, los cuales se vio obligado a interrumpir para ayudar en la economía familiar.

«La primera muestra personal la hice en Caracas, a mediados del año 1957. Quizá expuse mucho antes pero eso es lo más remoto que recuerdo. Después, con Loló Soldevilla creamos una galería y de ese encuentro surgieron los Diez Pintores Concretos.

«En este momento, después de tantos años, se ha revitalizado el interés por ese grupo y en septiembre se hizo una exposición en Londres que ha tenido una repercusión tremenda. Casi toda la prensa londinense ha registrado esa exposición y eso también es muy estimulante. Hay dos supervivientes del grupo, José Rosabal, que vive en Nueva York y vino a la Bienal, y yo. Vamos a ver cuánto supervivo», dijo a esta reportera en una entrevista ofrecida en 2015 y publicada en Juventud Rebelde, con motivo del Premio Nacional de Artes Plásticas.

Como un acto de fe consideró siempre su participación en los Diez. «Con ella nos sosteníamos todos para continuar la obra y por ella me satisface el rescate de la memoria del grupo».

Plural, diverso, flexible, polifacético

Más de 60 años de exposiciones avalan en gran parte la trayectoria de este maestro. Oraá es símbolo de un momento necesario del arte cubano del siglo XX, en el que la abstracción y el concretismo no figuraban en su historia pues no fue, hasta mediados del siglo pasado, que el abstraccionismo adquirió connotación en nuestro país cuando se constituyó el grupo Los Once, en 1952, como consta en la nota emitida por el Consejo Nacional de Artes Plásticas con motivo de su deceso.

Oraá estuvo muy vinculado a ese grupo, que desplegó una actividad destacada entre 1953 y 1955, aun cuando según él mismo afirmó nunca expuso con ellos, pues estimaba distante su obra de la practicada en el grupo, dado más bien al expresionismo abstracto.

Plural, diverso, flexible, polifacético, Pedro de Oraá se fascinó con la abstracción desde la etapa de aprendizaje y, salvo breves incursiones en el figurativismo, se consagró a la de tipo geométrica.

Rafael Acosta de Arriba, reconocido crítico de arte, definió su impronta como la de una criatura que logró manejar a su antojo el espacio, cuyas invasiones estuvieron «regidas por una lógica matemática» y una visualidad en la que el movimiento «parece estar determinado por la velocidad y su envés, por su descomposición, como la famosa flecha de Zenón de Elea».

Rica y diversa en lo temático es su poesía, con una fuerte carga erótica en alguna de sus zonas. Es la suya una obra de extenso registro formal (sonetos, romances, poemas en prosa, verso libre) en la cual prevalece la pesquisa conceptual, la obsesión por nombrar y descubrir lo no revelado, el testimonio de una voz constante y creciente, destacó, por su parte el poeta, narrador y ensayista Jesús David Curbelo en una entrevista para La Jiribilla publicada hace algunos años.

«La poesía de Pedro de Oraá nos propone, como un gran fresco, poemas que van desde el impulso neorigenista de los primeros volúmenes (Suma de ecosEl instante cernido) hasta la comunión entre lírica y pintura en la mirada minuciosa del pintor de ese cuaderno de bitácora que es Fardo roto. Textos que dialogan, además, desde el versículo a ratos narrativo de Constelaciones, la expresión coloquial, de hondo compromiso social, presente en La voz de la tierra, el borrador de viajes (De tu pródigo nombre), la viva materia de la poesía que late en las dos vertientes palpables en Destrucción del horizonte (lo cotidiano y lo amoroso), la desmitificación del signo Ciudad que ofrece Apuntes para una mítica de La Habana, la vindicación de los oficios, de las cosas, de la realidad (Los andariegos van hacia la muerte), y la escritura viva de la experiencia como forma de abordar la indagación en el recuerdo (Tránsitos, sucesiones)».

Crear es un placer, afirmó Pedro a JR, aunque «es cierto que se sufre porque la obra tiene una autonomía. Uno empieza a pintar y ella es la que te dicta lo que debes hacer. Ahora pinto más de lo que escribo. Pero no dejo de sentir el gusanillo de escribir.

«Me impongo una disciplina de trabajo y casi me he acostumbrado a ella porque de no ser así no se produce. En literatura lo que más me interesa es la poesía», confesó.

Su obra se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes (Cuba), el Museo Universitario del Chopo (México), el Godwin-Ternbach Museum del Queens College de Nueva York (Estados Unidos) y en el Museum of Cuban Fine Arts de Viena (Austria). Sus poemas igual han recorrido el mundo y fueron traducidos al inglés, alemán, búlgaro, sueco, francés, polaco y ruso.

Además del Premio Nacional de Artes Plásticas (2015), recibió el de Diseño del Libro (2011) y el Maestro de Juventudes (2019), que entrega la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Realizó numerosas exposiciones personales y fue miembro de la Asociación Internacional de Artistas Plásticos adscrita a la Unesco.

Se marchó hacia la luz y huyó entonces del lienzo la poesía. Fue Pedro de Oraá una especie de hombre del renacimiento, con capacidad para brillar en todo lo que hacía y diversificar sus posibilidades, pero, por encima de todo, fue un ser humano sencillo, de hablar pausado y mirada limpia. Un artista en toda la extensión de la palabra.

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