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¡No me pueden impedir que piense!

Casi paralítico, Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, convenció a sus médicos de que le permitieran trabajar. A 85 años de su muerte, puede afirmarse que el mundo de justicia y libertad que soñó para los pobres no ha dejado de pensarse, ni intentarse

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Juventud Rebelde

Los intercambios de Lenin con trabajadores, campesinos y soldados eran frecuentes. Quizá ello tuvo mucho que ver con su capacidad para tratar los problemas más complicados de la política en forma tan simple y llana, como apreció el escritor Máximo Gorki. Ochenta y cinco años no parecen ser un período suficiente para olvidar la muerte de Lenin, el ruso que encabezó y conmovió con su Revolución Socialista de Octubre al mundo entero.

Como 14 ejércitos no pudieron destruir aquel empeño de tamaña envergadura, los enemigos de la nueva Rusia idearon el siniestro plan de asesinarlo.

El 30 de agosto de 1918, Lenin visitó la fábrica Michelson —años después empresa electromecánica Vladimir Ilich Lenin— y, como él acostumbraba a hacer, dialogó con sus obreros y pronunció un discurso sobre la actualidad de Rusia y acerca de los objetivos de aquella importante industria que estaría muy vinculada a su idea de electrificar el país de los soviets.

Vestía un sencillo traje corriente: gabán oscuro, chaleco, camisa de cuello blando y un cordón con borlas en vez de corbata, como se usaba en aquellos tiempos en su país.

Máximo Gorki lo había descrito entonces como «Achaparrado, fornido, con cráneo de Sócrates y ojos que todo lo veían. (...) Por primera vez oí tratar los problemas más complicados de la política en forma tan simple y llana... Cada palabra era servida en la mano, descubriendo con una facilidad admirable su sentido exacto».

Uno de los obreros de la fábrica Sórmovo, Dimitri Pávlov, entonces trasladado a la Michelson, le contaría a Gorki sobre aquel día fatal de Lenin que su conversación con los obreros y el discurso pronunciado se habían caracterizado por la tranquilidad y la sensatez. Y añadió: «Lenin al hablar, al gesticular, al andar, es sencillo como la verdad».

Cuando Lenin se retiró de la fábrica, a paso lento, saludando a diferentes obreros que lo despedían desde sus puestos de trabajo, se encaminó hacia el automóvil, donde lo esperaba su experto chofer, Stepán Guil. En el instante en que iba a entrar al vehículo, la socialdemócrata y contrarrevolucionaria Fanny Kaplán, sorpresivamente, a tres pasos de él, extrajo una pistola Browning y le disparó dos tiros por la espalda, a bocajarro.

Los dos plomos penetraron en el cuerpo del líder revolucionario: uno por el omóplato izquierdo, que interesó la parte superior del pulmón y se atascó en la región derecha del cuello, más arriba de la clavícula. El otro le dio en el hombro izquierdo, fracturó el hueso y se incrustó bajo la piel, en la región humeral de ese mismo lado.

Aquel atentado traicionero no solo fue apoyado por la contrarrevolución interna, sino también por la externa, y fue escogida una mujer porque ofrecería menos sospechas. Luego se pudo conocer que era una aprendiz de monstruos, gente fanática de la que se valió siempre el enemigo para matar, destruir, golpear, sembrar el pánico, desatar el odio, el dolor, practicar, en fin, lo que hoy con mayor énfasis llamamos terrorismo.

Ese mismo día fue asesinado, en otro atentado, M. Uritski, jefe de la seguridad de Petrogrado, ciudad que solo 69 días antes, el 11 de marzo de ese año 1918, había dejado de ser la capital de Rusia, para pasar ese rango a Moscú.

Lenin, gravemente herido, fue trasladado hacia el Kremlin, donde los mejores médicos lo cuidaron permanentemente y comprobaron pronto que los dos plomos de su cuerpo fueron alevosa y premeditadamente envenenados, para no fallar en el intento de matarlo.

La noticia estremeció a los soviéticos. Obreros, campesinos y soldados rojos enviaban al líder cartas y telegramas donde le deseaban la más pronta recuperación posible y juraban vengarse de los enemigos de la Revolución.

Un millón de soldados contra Rusia

La acción emprendida contra Lenin no era una casualidad, y mucho menos un hecho aislado. Formaba parte de la intención de hacer polvo el nuevo poder en Rusia. Sucedió en medio del ataque de ejércitos extraños al país. Muy pronto, tras el triunfo del 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre por el nuevo calendario) comenzó la guerra antisoviética.

Tropas de Estados Unidos, Inglaterra y Francia invadieron el territorio ruso y tomaron Murmansk. Después, soldados estadounidenses, de Inglaterra y de Japón, ocuparon Vladivostok. En síntesis, efectivos norteamericanos desembarcaron en Odesa y en Crimea, en la Transcaucasia, el Asia Central y en el Extremo Oriente. ¡Más de un millón de soldados armados cercaron el país! Los imperialistas yanquis, por supuesto, ayudaban a los guardias blancos y a los principales jefes contrarrevolucionarios.

Ya en el poder, el primer decreto leninista fue precisamente sobre la paz, donde se calificaba la guerra imperial como «el mayor crimen contra la humanidad».

Clare Sheridan, escultora inglesa, comentó entonces que «Las balas que le dispararon, con veneno, continuaban dentro de su cuerpo. Lo vi con un brazo en cabestrillo y me dijo “esto no es nada”, a pesar de que el color de su cara era amarillento, como el del marfil».

Herbert Welles, quien poco después, en 1920, escribiría su novela Rusia en tinieblas, dijo: «... Su rostro expresaba más bien meditación profunda que autoritarismo. A mí me parecía la encarnación viva del pensador. Pero tenía el aspecto de estar muy enfermo (...) daba la impresión de ser un hombre que más que sangre, había perdido demasiado tiempo».

Un telegrama llegó a las manos de Lenin, desde el Primer Ejército del Frente Oriental: «Querido V. I. La toma de su ciudad natal es la respuesta por su primera herida; por la segunda será Samara».

Y el máximo dirigente soviético comentaría: «La toma de Simbirsk es el mejor remedio, el mejor tratamiento para mis heridas. Siento un nuevo impulso de ánimo y energía. Felicito a los hombres del Ejército Rojo por la victoria, y en nombre de todos los trabajadores, les agradezco sus sacrificios».

Lenin tenía un organismo fuerte. Después que lo hirieron, empezó a recuperarse rápidamente; de ahí que los médicos le permitieran trabajar. En el periódico Izvestia de aquellos días fue publicada una nota sobre su estado de salud a la que él añadió:

«Teniendo en cuenta este parte que evidencia mi recuperación, les ruego personalmente no asediar mucho a los médicos con llamadas y preguntas».

El 25 de septiembre de 1918, por consejo de los médicos, se trasladó a la aldea de Gorki, a 35 kilómetros al sureste de Moscú, a cuatro kilómetros de la estación de ferrocarril Guerásimovo, a orillas del río Pajrá, a la casa que hasta 1917 fuera propiedad del general zarista Rheinbot. Allí fue enviado para recobrar las fuerzas quebrantadas por las graves heridas con balas envenenadas.

En marzo de 1923, en una charla con su hermana María Ilinichna Uliánov recordando su primera llegada a Gorki, Lenin, en broma, dijo: «En 1917 descansé en una choza, cerca de Sestroretsk, gracias a los guardias blancos; y en 1918 gracias a los disparos de Kaplán».

Se refería a la choza junto al lago Razliv de Sestroretsk, donde se refugió en julio y agosto para protegerse del gobierno provisional burgués que lo perseguía. Kaplán fue la enemiga a sueldo que le disparó.

Su esposa, Nadiezhda Konstantinovna Krúpskaya, en carta del 7 de octubre de 1918, desde la aldea Gorki, diría: «V.I. se recupera poco a poco. El pulmón cicatrizó por completo, ya puede mover el hombro, pero aún le quedan fuerzas por recobrar. Trabajamos a toda marcha».

El 2 de octubre de 1922 Lenin llegó al Kremlin y, desde el 12 de diciembre de ese año hasta el 15 de mayo de 1923, vivió y trabajó allí. En el diario de sus secretarios y ayudantes, del 12 de noviembre de 1922 al 6 de marzo de 1923, se lee que Lenin «Con valentía, conservando una extraordinaria voluntad y optimismo, luchaba contra la grave enfermedad provocada por el atentado y el envenenamiento y seguía sacrificando todas sus fuerzas a la causa del Partido y a la construcción de una nueva sociedad».

Lenin, casi paralítico desde el verano de 1922, logró convencer a sus médicos de que le permitieran dictar diariamente las ideas que consideraba importantes. Su hermana María recordaba que cuando los doctores no querían satisfacer su pedido, dio un ultimátum: «O me lo permiten, o me niego a curarme». Los facultativos llegaron a decirle que no podía leer ni escribir, a lo que adujo: «¡Pero no me pueden impedir que piense!».

Ya el 21 de enero de 1924, Lenin, con un bastón, se sintió muy mal. No fue al gabinete a trabajar. Su salud empeoró, sufrió un súbito derrame cerebral, y a las 6:50 de la tarde su corazón dejó de latir. Al día siguiente a las 6:00 horas, la Radio de Moscú lo anunció al mundo. La mascarilla y la copia de yeso de sus manos fueron obra de Serguei Menkúrov.

Fue velado durante cuatro días. Primero en la sala de la casa de descanso de Gorki. Después en la Sala de las Columnas de la Casa de los Sindicatos, en la avenida Carlos Marx, en Moscú. El 27 de enero a las seis de la tarde fue colocado en el primero de los mausoleos. Del 22 de enero al 25 de mayo de ese año 1924, fueron admitidos en el Partido 240 000 obreros más.

Fue en aquellos días que el poeta Maiakosvki escribió sobre la muerte de Lenin: «Un soldado de la guardia,/ según se cuenta,/ dijo a sus camaradas:/ “Yo no quería creerlo/ y me acerqué a su oído/ y le grité: Ilich, Ilich, ahí vienen los explotadores./ Y no se movió. Ahora sí estoy seguro de que ha muerto”».

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