Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

¿Sellos de oro?

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Todavía a Yaliusca le palpitan de forma unísona la indignación y el dolor. Una premura —de esas que están a la orden del día— la obligó en el mercado informal a desembolsar 2 500 pesos por el pago de los sellos de timbre para obtener su nuevo carné de identidad. Un monto desorbitante cuando lo establecido es 25 pesos.

«Están todos en la calle. Fui a las oficinas de correo y nada encontré. No es solo por el dinero que me siento así, sino porque me pregunto: ¿cómo es posible que también la reventa de ese producto sea un negocio en este país?».

¡Y lo es! Frente a todos los ojos, y nadie, o casi nadie, le pone coto al tráfico comercial de moda tras el aumento desmedido de trámites que exigen sellos de timbre.

Sus expendedores poco se ocultan. Navegan en grupos de redes sociales, murmuran en los alrededores de las sedes de las oficinas de correo, carné de identidad, registro civil, Oficina Nacional de Administración Tributaria (Onat) e, incluso, posicionan el producto entre tomas de corriente y cepillos en las mesas o catres que pululan por las esquinas de la urbe del Yayabo.

Como red comercial que sabe que tiene poca o nula competencia por la escasez o venta estatal por gotero, sus precios responden a la demanda, de acuerdo con las denominaciones del sello. Por ejemplo, los de diez pesos andan por mil pesos y los de 500 han llegado a 5 000. No se precisa ser un erudito en matemáticas para reconocer que resulta un negocio redondo.

Según el periódico Escambray, de Sancti Spíritus, a la Empresa Provincial de Correos de Cuba —responsable de la comercialización de los sellos, pero pertenecen a la Onat— no ha llegado ninguna queja que relacione a sus trabajadores con esta acción, que engorda a no pocos bolsillos.

Además, hizo público que en estos momentos no existe disponibilidad de ninguna denominación de sellos, salvo un pequeño monto de los de cinco pesos. Por lo tanto, cuando se expenden se hace solo cinco unidades por persona.

Entonces, surgen las clásicas preguntas: ¿de dónde salen los que en el mercado informal circulan con otras denominaciones? ¿Quiénes son los responsables?

Y mientras el silencio responde, ninguna regulación le pone freno a la reventa. En todo caso la aviva, porque en las colas se ven muchas veces los mismos rostros, y otros, los más audaces, viajan kilómetros en busca del demandante producto.

Tampoco ha logrado poner coto a ese fenómeno la puesta en vigor de la Resolución 685/2022 del Ministerio de Justicia (Minjus), publicada por la Gaceta Oficial, lo cual legaliza «el pago físico o digital del valor del impuesto sobre documentos públicos para la prestación de servicios notariales y registrales en las notarías, registros de la propiedad, registros mercantiles y en los bufetes especializados atendidos por el Minjus».

Esta última medida —como sucede con el resto de las opciones del comercio electrónico en Cuba— ha encontrado varios escollos, pues no todas las personas tienen acceso a las plataformas digitales, e incluso ya en ellas resulta complejo lograr resultados satisfactorios, por errores constantes cuando se accede a Transfermóvil o se intenta hacer pagos mediante esa aplicación.

Además, es válido solo para documentos a utilizar dentro del país: hasta este momento, solo en La Habana los sellos digitales sirven para aquellos que se presentan en embajadas y la obtención o prórroga de pasaportes.

Como en Sancti Spíritus, este fenómeno resulta común en el resto de la nación, según publicaciones en redes sociales, y  la tendencia de los próximos días indica que la demanda de utilizar sellos de timbre no decrecerá. Basta, por ejemplo, saber que en la oficina del Carné de identidad de esta provincia hay una lista hasta el mes de abril para solicitar documentos legales, y similar sucede en el Registro Civil, donde dormir en la acera para acceder a un turno para ser atendido es la palabra de orden.

Mas, nada justifica que siga permitiéndose que ese producto compita con uno de primera necesidad y mucho menos que se coticen como si fueran de oro.

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