Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Lo que deberá tomar en cuenta Obama

Autor:

Marina Menéndez Quintero
CARACAS.— La convincente elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos fue saludada aquí con la ratificación por el Gobierno bolivariano de su voluntad de reabrir las relaciones, pero con pleno respeto a la soberanía.

Como en todas partes, la jornada del martes en EE.UU. fue seguida con interés en Venezuela, cuyas autoridades han considerado la elección de Obama como «histórica», «esperanza para los estadounidenses», y «síntoma de que el cambio de época que se ha gestado desde el Sur de la América podría estar tocando a las puertas de los EE.UU.».

En un comunicado emitido el miércoles, la Cancillería dio a conocer también la felicitación del presidente Hugo Chávez al electo nuevo jefe de la Casa Blanca, y manifestó la convicción de que «ha llegado la hora de establecer nuevas relaciones entre nuestros países y con nuestra región».

El pronunciamiento del Ejecutivo venezolano es justo luego de la agresiva política de la saliente administración Bush hacia este país: una suerte de guerra no declarada que intentó en vano frustrar la Revolución y su influjo en el resto del continente, y desembocó en el rompimiento del pasado septiembre, con la expulsión del hasta entonces embajador norteamericano de Caracas.

La cadena de sinsabores provocados a Venezuela por la administración Bush es larga. También la de sus errores.

Si bien nunca llegó al colmo insensato de enviar a los marines, se sabe que el Ejecutivo republicano apoyó el golpe de Estado de abril de 2002 y, mediante instituciones-pantalla para la injerencia, como la NED y la USAID, proveyó fondos a la ahora desmembrada oposición venezolana.

Métodos de presión como la descertificación en virtud de su falsa lucha antidrogas y, más recientemente, el infructuoso intento de imponer en América Latina la falaz cruzada de Bush «contra el terror» —para agredir, haciendo uso de ella, a Venezuela—, intentaron también doblar la cerviz del proceso bolivariano y de Latinoamérica.

Pero fue inútil. Ni siquiera esos sucios manejos lograron frustrar el proceso de cambios aquí, ni concedieron a Washington el deseo de derrocar al líder de la Revolución Bolivariana. En enero de 2009 Bush se va envuelto en el fracaso, y Chávez será testigo de su partida mientras explica a su pueblo qué es socialismo.

Luego de un primer mandato en que apostó a llenar de bases militares a la región mientras intentaba absorberla con el «libre comercio», el mandatario republicano empleó en su segundo tiempo la misma política de mano de hierro envuelta en guante de seda, fracasada.

Le tocó ser testigo de la primera «insubordinación» diplomática regional en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, cuando, conminados por el ejemplo de Venezuela, Brasil y Argentina, las naciones latinoamericanas rompieron el consenso y lograron derrotar el ALCA, jalonados y apoyados por sus pueblos.

La conformación del ALBA, que ha dado a luz un nuevo modo de relación regional donde no está la primera potencia; el nacimiento del Banco del Sur, que hace a nuestras naciones más libres, y el establecimiento de numerosos proyectos de cooperación impulsados por Cuba y Venezuela, también son transformaciones que hacen a la región distinta.

El intento imperial de absorberla fue un descalabro rotundo, en tanto el chantaje y la intromisión tampoco lograron detener los procesos nacionalistas o francamente revolucionarios que se gestan.

Latinoamérica no es ya más la oveja sumisa. Esa es una realidad que Obama, en efecto, deberá tomar en cuenta.

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