Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La más bella del centro de la isla

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Quizá sea una exaltada muestra de chovinismo. Y sí, puede ser… Pero es que ante mis ojos se crece como la más linda de todas las legendarias villas cubanas. No es perfecta y ni siquiera lo pretende, mas es el terruño donde vivo hace casi 29 años y donde convergen tradición, historia e idiosincrasia hace ya cinco siglos.

Elegante y altanera, la villa del Espíritu Santo transpira vitalidad, como en sus inicios. Muchos la consideran tranquila y serena, y todos coinciden en que posee una extraordinaria belleza.

Sucede que Sancti Spíritus es un pueblo a la usanza, lejos del mar, con el ritmo soñoliento de esos asentamientos de hombres simples, que despiden la noche en los parques o en la balaustrada de una ventana, para que una hermosa mujer vibre en el fondo de una serenata, al ritmo de las cuerdas de las agrupaciones trieras.

Vestida aún con los rasgos de la época colonial, duerme en la ceniza inocente del tiempo, ajena al relumbre y al escándalo.

En ella, mi «aldea querida» —término referido a su pequeñez y a que no es testigo asidua de grandes sucesos—, conviven de la mano la cultura ganadera con muchas manifestaciones artísticas.

Esa es la razón de que mi vecino de apenas tres años tararee corridos mexicanos bajo la mirada orgullosa de sus padres, o que en cada diciembre, el recinto Ferial Delio Luna Echemendía abarrote sus áreas con quienes apuestan por el rodeo.

De ahí que algunos la han tildado de rural, y a los que en ella vivimos nos miren como «guajiros». Pero es que en sus estrechas y ensortijadas callejuelas se respira un aire de paz y sosiego, que jamás se podrá encontrar en las grandes urbes de los tiempos contemporáneos. Y eso, también seduce y enamora a quienes preferimos un ritmo de vida más reposado.

Sancti Spíritus tiene el encanto de fundir pasado y presente. Esa unión se muestra en la propia estructura de su planificación física. La Carretera Central, como línea que divide en dos a la ciudad, evidencia ese contraste en su arquitectura.

Sus hijos siempre han sido fieles seguidores de las más increíbles leyendas. Todavía existen quienes se apasionan con el güije, pequeño ser pícaro y de color negro que asustó a las abuelas yayaberas en las noches del Santiago; y hay quienes intentaron domar el sol, durante la excavación de los hallazgos en el parque central Serafín Sánchez para ver los misteriosos túneles, donde se escondieron oro y tantas historias de lujuria.

No crea usted que es una frase fabricada: «Sancti Spíritus está detenida en el tiempo». No pienso que sea «el Macondo del centro del país», como una colega expresó; pero sí se mantiene anclada en el tiempo, sobre todo, porque el pensamiento provinciano se impone, a pesar de que muchas de sus tradiciones se escapen como agua entre los dedos, por el indetenible paso del tiempo.

Sin embargo, el pueblo defiende a ultranza cada una de nuestras identidades. El Santiago Espirituano, una especie de carnaval exclusivo, saca a fuerza de empuje popular lo poco que de su génesis vive. El coro de clave, los tríos, los murales, los vitrales, los tejados de color rojo y las grandes arcadas de las puertas intentan persistir bajo la sombra de las dos grandes joyas arquitectónicas: el puente sobre el río Yayabo y la Parroquial Mayor.

La cultura espirituana, tal marejada que entra limpia al corazón de quien se nutre de ella, ha enorgullecido al resto de la Isla. Este pedazo pequeño, en el mismo vientre del «caimán», ha sido noticia por nombres de patriotas, deportistas, políticos, artistas y hasta por el nacimiento de la guayabera, convertida después en la prenda nacional.

A pesar de que a veces me llegue a molestar cierta abulia y pasividad que habitan por aquí, como consecuencia de ese mismo ritmo lento de ciudad antigua, les confieso que se extraña la tierra cuando se está lejos de ella. Y no lo digo yo, que adonde más lejos he llegado es a Pinar del Río, y solo por 15 días; lo aseguran todos sus hijos, distribuidos por el resto del mundo.

Tantas voces no pueden equivocarse, por lo que vuelvo y repito, sin considerarme chovinista: tengo muchísimas razones para exaltar el orgullo de vivir y ser hija de la dama más bella del centro de la Isla.

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