Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ombligo y cordón

Autor:

Osviel Castro Medel

Es un problema complicado, delicado, imposible de resolver con una fórmula científica o con un simple llamado a la conciencia.

Incontables factores, a lo largo de años, ayudaron a incubarlo y engordarlo. Era común, por ejemplo, ver a muchos padres lanzar un grito a la Luna cuando un hijo les insinuaba el deseo de convertirse en maestro.

Y entre algunos profesores, sin la «bomba» suficiente para soportar el trajín magisterial —no remunerado como debería ser—, también surgieron voces que aconsejaban «ladear» el cerebro hacia otras profesiones.

Por esas y otras razones hoy la realidad nos golpea con fuerza tremenda: quienes optan por carreras pedagógicas no son, como regla, los estudiantes más brillantes de nuestras escuelas.

Los de índice académico elevado, salvo algunas excepciones, llegan a creer que elegir el magisterio resulta un agravio a la inteligencia, porque desdichada y erróneamente la ven como una profesión menor.

En nuestros institutos preuniversitarios vocacionales en ciencias exactas, por ejemplo, hubo años en los que absolutamente nadie optó por estudios pedagógicos, algo que supone una contradicción social, pues los formadores de los profesionales de todas las ramas deberían ser, por lógica, los mejores entre los mejores.

Ya me dirán que el salario conspira, y es cierto; pero hay otras ocupaciones poco estimuladas monetariamente —¡si lo sabremos los periodistas!— que no han caído a tanta profundidad. De modo que, a la hora del análisis multicausal, el insuficiente sueldo se nos puede convertir en el único comodín justificador. Deberíamos revisar ciertos burocratismos, papeleos y camisas de fuerza que han turbado, de vez en cuando a la profesión.

Y hay, en los enredos de este asunto, una arista preocupante, porque de alguna manera está vinculada con la hipocresía social, un fenómeno capaz de estropear, incluso, los anhelos mayores de una nación. Me refiero a las convocatorias que determinados estudiantes lanzan a sus coetáneos para que estudien en las escuelas pedagógicas.

Eso parece correcto e imprescindible, merecedor de halagos y aplausos, mas cabe una pregunta seria: ¿cuántos de ellos dan el ejemplo?

Ahora mismo tintinea en mi memoria una anécdota de un miembro de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media que, en cierta reunión amplia, dijo en tono de arenga: «Pido a mis compañeros, por el bien del país, que se inclinen por la carrera del magisterio, que es muy bonita y necesaria, representa el ombligo de nuestra sociedad».

Cuando una de las personas que estaban en la presidencia le preguntó al muchacho qué estudiaría, él se encogió de hombros y sonrió para contestar: «Arquitectura», respuesta que provocó el murmullo de la multitud.

Así pasa con otros. Solicitan a sus semejantes que «den el paso al frente» y se sumen a una misión de la que no están convencidos; entonces desarrollan, desde edades tempranas, el mal tremendo de la simulación. Y toda doblez desemboca en el fracaso.

La vocación, a fin de cuentas, no se puede forzar, aunque sí encauzar. Lo escribo porque varios de los alumnos del Pedagógico, antes con una formación poco sólida, admiten que en las aulas han terminado enamorándose de la carrera y hasta la han llegado a ver como «la más linda del mundo».

De cualquier manera, todos aquellos que predicaron con el ejemplo, de seguro se convertirán en buenos profesores. Ellos deberían ser —no solo cada 22 de diciembre— más reconocidos socialmente, en escenarios públicos, a veces desaprovechados, como el propio barrio.

Todo cuanto hagamos para convertir al maestro, como en otro tiempo, en ombligo y cordón de la sociedad, valdrá la pena, siempre que no acudamos a la dañina hipocresía.

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