Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Mariana: raíz y luz de la mujer cubana

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.— Pasó toda su vida irradiando amor, ternura, energía; desafió prejuicios y retó a la discriminación que intentaba imponerle una época donde su condición de mulata humilde e iletrada, de mujer, era sinónimo de invisibilidad.

Tuvo 14 hijos: 11 varones y tres hembras. Al finalizar la Guerra Grande tres de sus muchachos habían caído en combate, uno fue fusilado y otro murió en prisión. La vida no le alcanzó para saber que durante la contienda de 1895 entregaría además a Antonio y José; y los tres que sobrevivieron, Felipe, Tomás y Marcos, llevaban en sus cuerpos las cicatrices de la guerra.

La sangre de siete de sus muchachos tiñó los campos de Cuba en la conquista de la independencia que juraron defender ante Cristo, pero ella se supo empinar sobre la muerte sin que la abandonara la fuerza de la matrona que, consecuente con el camino escogido, debió una y otra vez apretar las lágrimas, recoger los trozos de su corazón deshecho y seguir: sin el esposo que dejó de respirar entre sus brazos, perdido el hijo de solo 16 años y una vida por delante…

Como madre fue horcón, aliento, acicate de su tribu heroica; enseñó a sus hijos a sentir que por encima del hecho mismo de la vida estaban la justicia, la libertad, la Patria… Así, convertida en paradigma de entrega y consagración, llega hasta nuestros días y su ejemplo excelso nos la devuelve madre de todos los cubanos, Madre de la Patria.

Pero su mérito va mucho más allá de haber parido y educado a titanes. Cual orfebre, Mariana Grajales Cuello supo bordar su historia de mujer; y lo mismo en los campos mambises que en la emigración, supo defender su espacio y ganarse el aprecio de quienes le conocieron.

Mariana fue transgresora de los cánones que la sociedad les impuso a las mujeres de su condición. Desde el hogar que a fuerza de firmeza y cariño supo forjar, o desde la manigua redentora, en la que, con amor de madre y orgullo de patriota, consagró su vida a la lucha por la independencia de Cuba, se lanzó a la conquista de las oportunidades que la sociedad le escamoteaba.

Con más de 50 años marchó a los campos insurrectos con toda su prole. Sustituyó la comodidad de la finca por la vida a la intemperie; de campamento en campamento atendió a heridos y enfermos, cubanos y españoles, aseguró la retaguardia de la tropa, supo del frío y la lluvia y de alimentarse con lo que le proveía la naturaleza.

Fue la combatiente que no abandonó el frente de combate durante los diez largos años de la Guerra Grande y a pesar de su edad no dejó de curar heridos ni de estimularlos para volver a la lucha, y ni después del triste fin de la contienda su casa en el exilio dejó de ser centro de reunión de los cubanos dignos; incluso tuvo fuerzas para, con sus hijas y nueras, contribuir a la fundación de asociaciones patrióticas organizadas en Jamaica.

Mariana enseñó a las mujeres cubanas a participar. Toda su vida fue un canto al coraje, la entrega; su existencia trasciende como paradigma de patriotismo y resistencia de la mujer cubana de todas las épocas y como bandera en el camino de reivindicaciones que se inició para las cubanas el 1ro. de enero de 1959. Es ejemplo y luz, raíz y acicate.

 

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