Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Extravagancias con plumas

Autor:

Juan Morales Agüero

Las gallinas tuneras andan últimamente con la autoestima por las nubes. En vez de dedicarse a cacarear y a constituir familia, les ha dado por ser vedettes. Sus congéneres de corral están escandalizadas con las excentricidades de estas paranoicas con ínfulas de recordistas. ¡Qué manera de ir contra la lógica!

Hace unas semanas, una polluela negra, con gallinero asentado en las afueras de la ciudad, coqueteó con la gloria y fue titular de prensa. ¿Razones? En su primera vez al nido, puso un huevo de 90 milímetros de largo y 60 de ancho que pesó... ¡148 gramos! El libro Guinness jamás había registrado algo similar.

La flamante plusmarquista no se contentó con echar fuera tan enorme postura, sino que la concibió al estilo de las cajas chinas, es decir, con otra en su interior, lo cual acrecentó su notoriedad. Y no es para menos, porque los expertos les confieren a los huevos de 45 gramos (g) la condición de chiquitos, a los de 65 g la de normales, y a los que llegan a 75 g el rango de grandes.

En consecuencia, el tunero se incluye, por derecho propio, en la división superpesada. Solo falta calcular cuántas personas podrían haber comido tortilla en caso de que el dueño del ave hubiera pasado yema y clara por una sartén untada de aceite.

Enterado del acontecimiento por la magia de internet, Nelson Carneiro, especialista brasileño en la materia, escribió en su página personal de la web la reflexión siguiente: «Este huevo gigante significa una aberración de la naturaleza, pues eso solamente sería posible en aves seleccionadas, con pesos corporales próximos a los 3,5 kilogramos». Los parámetros del experto carioca, desde luego, no armonizan con nuestra plebeya polluelita, lo cual centuplica su récord fuera de linaje.

Pero he aquí que la proeza de la joven ponedora tunera duró lo que el clásico  merengue en la puerta de un colegio. En efecto, el pasado 24 de marzo, la Agencia Cubana de Noticias hizo circular la noticia de lo ocurrido en una granja avícola vueltabajera, cuyo contenido transcribo parcialmente:

«Los Palacios, Pinar del Río (ACN).— Un huevo de 168 gramos de peso, reportado en esta localidad, reúne las condiciones para romper el récord Guinness en poder de una gallina de Las Tunas desde el 17 de febrero pasado. La postura, con 120 milímetros de largo y 80 de circunferencia, si bien no es de oro, asombra a quienes la han visto después del sábado 20 de marzo.

«El hecho ocurrió en el área destinada al autoabastecimiento de la unidad empresarial cosechadora de arroz, a partir de la repentina muerte de una de sus aves de corral. Ante el suceso, el veterinario del centro decidió intervenirla quirúrgicamente para determinar las causas y en esos menesteres le fue detectado y extraído el enorme huevo, fatal para su progenitora, una gallina de la especie montañés, híbrido de criolla y canadiense».

A juzgar por la información, esta unidad ovoide podría aspirar con toda potestad al certificado de nueva recordista universal. Lástima que, si se lo reconocen finalmente los editores ingleses, el lauro deba ser adjudicado con carácter póstumo, pues la protagonista falleció en el intento de soltarlo fuera. La polluelita negra de Las Tunas, sin embargo, continúa viva, picando de lo que pican los pollos en el patio de su dueño.

Y por cierto, sería legítimo de su parte interponer recurso legal para que se le respete y reconozca la primacía obtenida en buena lid, pues su huevo «nació» por la ruta convencional y no por la vía de la cesárea, como le sucedió al de la pinareña.

Pero no es el único caso singular protagonizado por una gallina tunera. En un poblado próximo a la capital provincial, una joven polluela —¡ah, los jóvenes, siempre rompiendo patrones!— se encaprichó en poner sus huevos entre las ramas de una mata de tamarindo, y no a ras de suelo, como es tradición entre las de su clase. ¡Despega y aterriza como una paloma! Allá arriba construyó la muy extravagante su nido, y, según parece, le va bien.

Se trata, como en el caso de los huevos gigantes, de algo más allá de las convenciones. Un sitio digital lo deja claro al decir que «ciertas aves, como las gallinas, los pavos y los avestruces, no pueden volar o realizan un vuelo bajo y corto, más bien parecido a un salto prolongado». Y agrega: «Eso se debe a que sus alas son débiles y poco desarrolladas ya que carecen de poderosos músculos pectorales capaces de permitirles emprender vuelo estable y sostenido, como en el caso de las golondrinas, los vencejos, las águilas, las palomas y otras especies.»

Añade que el vuelo estable depende del tamaño de los huesos, la alta temperatura, la fuerza del corazón e, incluso, de las plumas. «El esqueleto de un ave voladora es ligero y de huesos delgados, en cuyo interior hay aire en lugar de médula».

Pero, independientemente del tamaño de sus alas, de las proporciones de su pechuga, del temple de su miocardio y de su estado febril, lo que trae en ascuas a la gente es cómo se las arreglará para bajar a sus polluelos del tamarindo cuando salgan del cascarón. Aceptamos que ella, por libérrima elección, hizo su nido en las alturas y puso los huevos allá arriba. Pero, ¿y ahora qué? La pregunta se las trae. ¿Alguien tiene respuesta?

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