Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Lo popular, lo populista, lo esencial

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Al barrio lo que es del barrio, repite entre exabruptos razonables un vecino, quien empareja la frase con aquello de que «al César lo que es del César».

 Su razonamiento es muy sencillo, aunque pueda resultar cuestionable: no pocas veces quisimos que se resuelvan en ese espacio tan familiar, concomitante y cercano, los problemas que se generan a otras escalas económicas y sociales. Al hacerlo, desconocemos que cuando estos «desembarcan» en ese fragmento tan peculiar del país lo hacen más en forma de solución a situaciones apremiantes que de problemas.

Al menos esa es la forma en que se digiere en una muy específica sociología o sicología barrial, surgida de las complejas circunstancias en que la Revolución se vio obligada a sobrevivir y desarrollarse. Lo que puede parecer, y seguramente lo es, una «batalla» —para usar ese lenguaje belicoso tan de moda entre nosotros— importante del país, en la cuadra de cualquier barrio puede digerirse de otra forma.

La anterior está entre las complejidades de la vida de un pueblo cuyas generaciones más dignas, generosas, honradas y lúcidas se empeñaron en conquistar aspiraciones cercenadas por siglos por apetencias imperiales y atrofias nacionales.

El ideal tuvo que confrontar, ásperamente, con la realidad en muchos momentos de estos años de construcción revolucionaria y socialista, creando zonas de disonancia, superadas solo por esa hermosa y misteriosa voluntad mayoritaria de los cubanos de resistir, hasta hacer triunfar, empecinadamente, el empeño mayor.

Los que acusan a la Revolución cubana de haberse convertido en un proyecto elitista y autoritario, tanto como los que repiten machaconamente en las clases de Historia el carácter popular del proceso que llegó al poder en 1959, no entienden suficientemente que este solo pudo mantenerse en el poder —tantos años y tropiezos dolorosos después—, porque fue acogido amorosamente en el espacio colindante más íntimo de la familia y del país.

Se produjo una sintonía mágica cuando el ideal de la Revolución acunó en la casa, en la cuadra, en el barrio, trascendiendo incluso aquella idea inicial de Fidel de crear un sistema de vigilancia revolucionaria colectiva, para multiplicarse en otras motivaciones, muchas de preciosas connotaciones humanas, entre estas las donaciones de sangre, el apoyo a campañas masivas como la de alfabetización, higienización o las de vacunación, la atención a familias vulnerables y ancianos en situación de desamparo.

Eso son los Comités de Defensa de la Revolución a la altura de los 60 años, que cumplirán este 28 de septiembre, pero es una obligación moral y patriótica repensar —como en numerosos ámbitos de la vida cubana— los tiempos que siguen, sin fracturas costosas o renuncias innecesarias.

El volcán emancipador del que brotaron los CDR a la vida tiene frente a él una balanza retadora, como hemos dicho antes: de un lado las esperanzas y esa fiebre amorosa y redentora sobreviviente de tantos sacrificios, del otro las brumas incitantes.

En una sociedad que cambia, que reconfigura su modelo económico y social, con repercusiones en todos los ámbitos y estratos, se requiere también de la actualización de todas las estructuras nacionales, porque los tiempos de defender la Revolución no acabaron —como tanto lo sufrimos ahora mismo—, pero pueden estar agotadas algunas formas o maneras de hacerlo.

Aunque sin demasiada resonancia pública, la anterior fue una de las consideraciones más valiosas planteadas por el nuevo coordinador nacional de los Comités, Gerardo Hernández Nordelo, durante una conferencia de prensa donde se anunciaron los acontecimientos e iniciativas principales que exaltarán el aniversario 60 de la organización. Lo mismo hizo en reciente Mesa Redonda.

Lo que hizo grande a Fidel Castro Ruz, el inspirador de esos singulares comités populares que tanto desprecian y atacan los enemigos de los más honrosos sueños cubanos, fue su comprensión de que no solo era preciso levantar o recomponer el edificio material de Cuba, sino además su estructura moral, cuyas esencias y bases estaban resguardadas, como apunté en otro momento, en el cofre más hermoso: entre esa masa olvidada, relegada y humilde que debía encontrar el camino de la dignificación.

Eso es lo que debe hacer posible siempre que el barrio y el «César» en Cuba sigan siendo lo mismo y continúen defendiéndose juntos.

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