Letras de ayer para escribir mañana

Cerca de un centenar de veteranos maestros se reencontraron en su primera peña a raíz del concurso Historias de la Alfabetización, convocado por Juventud Rebelde

Autor:

Anays Almenares

Desde afuera parece que un grupo de niños revoltosos se divierte con alguna travesura. Las risas, la expectación, el revuelo en el aula de posgrado de la Facultad de Comunicación invitan a sumarse.

Al pararnos en la puerta comprobamos lo previsto: un montón de seres de juventud acumulada, de cabellos grises y espejuelos de aumento, de ojos cansados pero mirada transparente, se abrazan en la algarabía del reencuentro.

Son los mismos que hace medio siglo acudieron al llamado de la Revolución naciente, para cumplir con el sueño de tantos de leer y escribir, para llevar «con las letras la luz de la verdad». Y ahora, después de mucho andar y mucho ver tienen la edad de algunos de aquellos a quienes les cambiaron la empuñadura de la guataca por el sabio molde del lápiz.

A media mañana del sábado se reúnen, gracias a la ocurrencia y tenacidad de Emma Acevedo, comprometida lectora que se propuso fundar la peña. Será, así lo proyectan, un espacio para coincidir con viejos amigos e idear nuevas contiendas. Ellos son memoria viva de la Educación cubana y ansia de compartir el arte de la enseñanza.

Casi cien alfabetizadores, con raíces en todo el archipiélago, han acudido a la cita. Cada quien con sus anécdotas y evocaciones de la misión cumplida. Emma, que a los 13 años partió a Jaruco a enseñar, recuerda a los «jóvenes de la tercera edad» cómo aprendieron de los campesinos el trabajo de la tierra, y cuántos muchachitos «bitongos» por cuna o crianza, maduraron en la gesta por el saber.

«Dejamos atrás el calor de nuestros hogares —rememora la coordinadora— y la comodidad para dormir en hamacas; supimos realmente qué eran picadas de mosquitos y jejenes, y el vivir de noche bajo la luz de un quinqué... Tuvimos la oportunidad de andar a caballo, lavar en el río dándole palos a la ropa, y tantas cosas más...».

A la luz de una chismosa

Como una alumna en la clase, Argelia María Colina alza la mano para pedir la palabra, y corre hacia delante en cuanto tiene su oportunidad. Equipada con un álbum de fotos, se muestra a sí misma y a otra compañera en una de las instantáneas. «Vamos a mirar al futuro», le dijo aquella, casi como broma de juventud cuando el futuro era muy largo. Y hoy, 50 años después, habla emocionada de lo que ya es pasado.

En la zona de Julia, Bayamo, donde fue acogida por gente deseosa de aprender, tembló al ver a un espiritista «cogiendo un muerto»; durmió al aire libre sobre un piso de tierra; descubrió valores que la acompañarían en toda su vida como profesional.

Y más tarde se levanta Lumi Jiménez de la Caridad, una santiaguera «brava, muy brava», que recibió a los alfabetizadores en El Uvero y los persuadió de que las supersticiones guajiras eran pura ficción. Hasta tuvo que combatir ciertos prejuicios de ignorancia según los cuales las brigadistas venían «a robarles los maridos» a las campesinas.

Entre las nostalgias de Sonia Salanueva, vuelve vívida la decisión de sus padres que no la dejaban sumarse a la Campaña, y para lograr su consentimiento debió unirse a su hermana menor. Con sus respectivos 14 y 12 años llegaron a Bayamo, cartilla en mano.

Y en el aula continúan el bullicio, las carcajadas y los abrazos...

Rolando García, de la Brigada Conrado Benítez, pone un alto a la algazara y propone a todos crear un sitio web, un blog, algo que permita, con nuevas tecnologías, intercambiar sus historias y experiencias. «¡Las ganas de narrar lo que vivimos son tan grandes...!».

Entonces Alba Margarita Cortina cuenta que fue una de las primeras alfabetizadoras en la Ciénaga de Zapata, y que le pidió a su padre, atrincherado ya para partir a Girón, que le firmara la planilla para irse a enseñar. Cuando comenzó el ataque mercenario por la playa fue a buscarlo; y salió de las últimas de la zona de peligro, y sintió miedo.

La escuchamos sobrecogidos, con los pelos erizados. A algunos se les escapa una lágrima, en otros laten remembranzas similares. Nora Junco y su hermana se fueron a Manaca Iznaga, en Sancti Spíritus, donde temían por las amenazas con que los grupos de bandidos acosaban a los maestros. Tuvieron que esconderse muchas veces, apagar «la chismosa», ocultarse debajo de una mesa. Y aun así nada las libró de observar con horror los cadáveres de Manuel Ascunse y Pedro Lantigua.

En otra casa campesina de Cabaiguán recibieron con cariño a Ena Josefa González. Los propietarios habían perdido a su hija y depositaron en la joven brigadista el amor que no le pudieron dar a la pequeña. La educadora los recuerda agradecida y menciona una graciosa circunstancia del hogar...

«La familia siempre almorzaba a las nueve de la mañana y comía a las tres de la tarde, así que yo me iba a casa de sus hijos mayores, muy cerquita de la suya, para almorzar y comer otra vez en los horarios regulares».

El cienfueguero Daniel Gómez aprendió la tozudez de aquella gente de palabra cuando uno de sus alumnos, hombre mayor, no aceptaba de ninguna manera que la Tierra girara alrededor del Sol.

«Mire, si quiere no me crea. Así lo dicen los libros», se defendió el joven alfabetizador. Y el lugareño, divertido con la respuesta, contestó: «Sí, pero el papel aguanta todo lo que le pongan».

Una vez más las risas, desinhibidas, como entre amigos de toda la vida, como si regresaran a la inocencia. Escuchamos a Sonia Marín, compañera de Argelia, que nos habla del caballo árabe indomable que pretendía montar para ir a dar sus clases. El animal no obedecía y la paseó a galope por el pueblo, deteniéndose donde a él le parecía hasta llevarla de nuevo a la casa de su dueño sin llegar nunca a su destino.

Y tememos por Norka Blanco, que alfabetizó a un kilómetro y medio de la Base Naval de Guantánamo, y describe los sustos diarios a los que se enfrentaron. Como mismo nos afligimos por los más de 20 jóvenes, entre heridos y muertos, que tuvo la epopeya educativa, de acuerdo con las investigaciones que menciona Pedro Etcheverry.

Callamos ante el pedido de Érsida Barrios para pensar en los que ya no están, y durante un minuto de elocuente silencio se respira la gratitud.

Qué hazaña la de la familia Palenzuela, de la que fueron brigadistas cinco hermanos y diez primos, según nos narra Luis Lorenzo. Y a cada rato se reúnen todos, junto a hijos y nietos, allá en su natal Güines o en el Museo de la Alfabetización, con sus uniformes, fotos y monogramas.

Cartillas que vendrán

La mañana se escurre entre vivencias y alboroto. Emma, desde una esquina, suplica a cada ponente que sea breve, porque el aula será utilizada después, pero disfruta la pasión de los convocados.

Es hora de proponer un nuevo encuentro. «Yo pienso que debemos vernos mensualmente», incita un entusiasta. «Ay, no. Hagamos la peña cada seis meses, para extrañarnos y llegar con más bríos», opina otra. «Chica, ¿qué edad tú te crees que tienes? No, volveremos bimestralmente, así es mejor», y sin más, queda sentada la frecuencia para las peñas.

De cualquier modo, este grupo se reunirá otra vez el 17 de diciembre, en la tertulia de La tecla del Duende donde se entregarán los premios del concurso Historias de la Alfabetización. Planean igualmente organizar peñas en otras provincias —ya Santiago de Cuba pidió ser la segunda en fundarse—; y visitas a centros escolares, y conversatorios en instituciones y hasta libros de experiencias, entre muchos proyectos.

Para la despedida —con foto de familia incluida— se van agrupando en el frente de la Facultad. Regresan los apretones de manos, alguna lágrima perdida, la confusión infantil. Y en la escalera, casi llegando a la puerta, se escucha a dos antiguas maestras discutir como niñas por un dulce: «A que yo tengo más nietos que tú. A ver, ¿cuántos tú tienes?». «Yo tengo tres —responde aquella— ¿y tú?». «Ah, entonces no sabes nada. Yo tengo siete».

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