Un cubano cazador de misterios

La National Geographic Society galardonó por vez primera a uno de los nuestros con el premio Emerging Explorer. Daniel Torres Etayo vive una insólita existencia de aventuras arqueológicas tras el primer barco de origen no americano en llegar a estas costas —500 años antes que Colón—, los sorprendentes bateyes taínos y el naufragio del vapor Ciudad de Alejandría

Autor:

Patricia Cáceres

La búsqueda de un misterioso barco enterrado en arenas cubanas, que pudo arribar a nuestras costas 500 años antes que Colón descubriese América, fue una de las investigaciones que más punteó para que la National Geographic Society —por primera vez en la historia— distinguiese a un cubano con el premio Emerging Explorer.

Se trata del joven arqueólogo Daniel Torres Etayo, un febril cazador de esos enigmas que, como manto invisible, nos envuelven en la desmemoria, hasta que la sutileza de una mirada curiosa como la de él los ponga al descubierto.

«El premio Emerging Explorer de la National Geographic tiene la particularidad de que no se nomina. O sea, no hay un conocimiento previo de que seas candidato para ganarlo», explicó Daniel con evidente emoción.

«Se trata de una especie de comité confidencial de expertos que anualmente identifican a investigadores de su interés en todo el mundo, y solo se comunican con ellos una vez que han sido seleccionados como ganadores», agregó.

Según el especialista, este premio se les otorga a profesionales de distintas disciplinas que se considera están en el inicio de su vida profesionalmente útil. Este año —dijo— fueron 15 los elegidos, entre los que figuran un experto en procesamiento de datos, una especialista en crisis, una ciberantropóloga, zoólogos, ecologistas, biólogos y geógrafos, entre otros.

«La esencia de este reconocimiento es que permite divulgar la labor de los investigadores.

Al momento de recibirlo, te colocan en la base de datos de la National Geographic, en su canal de televisión con más de 300 millones de televidentes, en su revista, sus publicaciones digitales… Incluso te construyen una página web con un resumen de tu trayectoria profesional».

La entrega oficial del premio tuvo lugar durante el Simposio de Exploradores 2012, celebrado en la capital estadounidense del 12 al 15 de junio pasados. Sin embargo, la política del Gobierno norteamericano contra nuestro país, con sus leyes de bloqueo económico, impidió que el investigador cubano accediera al monto metálico.

El misterioso barco precolombino

Un equipo de investigadores liderado por Daniel Torres le sigue la pista, a partir del año 2003, a una embarcación encontrada bajo la arena en la década de los 50 en un espacio comprendido entre Tarará y Santa María, en La Habana, que podría haber sido el primer barco foráneo en llegar a aguas cubanas.

«En aquel entonces se tomaron fotografías del hallazgo y se cubrió la excavación nuevamente. Solo se conservaron algunos fragmentos de madera, que aparecieron nuevamente por azar en 2003 y fueron enviados a analizar al Museo Kon-Tiki, de Noruega», relató Torres Etayo.

«Si bien al principio se creía que era una embarcación vikinga, especialistas noruegos determinaron mediante pruebas de carbono que se pudiera tratar de un barco de origen europeo o africano del siglo IX, de unos 500 años antes que Cristóbal Colón llegara a América», agregó.

Desde entonces —refirió— un equipo de investigadores cubanos ha intentado localizar nuevamente el lugar donde la enigmática embarcación fue vista por primera vez.

«El sentido de nuestro proyecto es localizarla y fecharla otra vez, ya que la muestra pudo haber estado contaminada y el dato puede estar errado. Si realmente tiene esa antigüedad, comenzaríamos otro proyecto, que sí sería una investigación extremadamente complicada, con decisiones que incluyen a las autoridades de todos los niveles.

«Porque habría que decidir entonces si conservar los restos del barco o si se cubrirían nuevamente luego de la investigación. En mi opinión personal, optaría por la segunda opción porque conservarlos sería incosteable para Cuba».

Según Torres Etayo, gracias a las bondades de la tecnología y una rigurosa investigación de archivo, el equipo investigativo ha logrado reducir considerablemente el rango de búsqueda.

«Antes eran aproximadamente tres kilómetros y ahora estamos en un área de 100 metros por 80 más o menos. Pero aun así no sabemos a qué profundidad se encuentra el barco, y de eso depende casi todo: qué vamos a emplear para excavar, cuánto tiempo va a demorar…

«Es, literalmente, buscar una aguja en un pajar, porque las excavaciones en la arena son en extremo complicadas. No se puede buscar de la manera convencional, sino que hay que usar tecnologías muy especializadas y costosas, que no siempre tenemos», afirmó.

Seducida por la prominencia que supondría semejante hallazgo, la National Geographic Society, desde 2011 ha subvencionado a Torres Etayo y su equipo en materia de tecnología. Parte de la ayuda consiste en instrumentos para sondear la arena con daños mínimos, teniendo en cuenta que la zona de búsqueda pertenece a un área protegida, donde no se pueden utilizar los convencionales y pesados equipos de excavación.

«Introducimos unas sondas especiales en la arena, que son como unos tubos muy finos. Si nos topáramos con el barco, el aparato extraería un trozo de madera, sin necesidad de excavar. La embarcación debe estar bien conservada porque, además de estar sepultada en un medio muy homogéneo, las fotos tomadas en los años 50 indican que no es de pequeñas dimensiones», destacó.

Sin embargo —al indagar sobre el posible impacto histórico del descubrimiento—, Daniel Torres prefirió no mostrarse demasiado optimista.

«No son pocos los que dicen que esto podría cambiar la historia. Pero sinceramente no creo que eso suceda, porque el que la cambió fue Cristóbal Colón en 1492. Además, el hecho de que otros pudieran haber llegado primero a nuestras aguas no es algo raro.

«Nosotros tenemos documentados casos de pescadores ibéricos que en tiempos coloniales se perdieron en tormentas pescando arenques y fueron a dar a las Antillas, sin proponérselo. El Atlántico no representaba un obstáculo físico. El impedimento era más bien psicológico. Este barco pudo haber sido uno de esos, lo cual no quiere decir que los tripulantes se asentaran. A lo mejor hasta llegó sin personas», subrayó.

Voleibol al estilo taíno

Otra de las investigaciones que inclinó la balanza a favor de Daniel ante el jurado de la National Geographic fue un proyecto desarrollado desde 2005 en el municipio de Maisí, provincia de Guantánamo, sobre las plazas ceremoniales aborígenes, más conocidas en el momento del descubrimiento de América como «bateyes».

El batey es característico de la cultura taína, y no era lo mismo que los llamados bateyes de los ingenios coloniales. Según el Padre de las Casas, esa palabra significaba tres cosas al mismo tiempo: el juego, la pelota con la que se jugaba y la plaza donde se hacía.

«En realidad era un juego más bien parecido al voleibol, donde los aborígenes le daban a la pelota con todas las partes del cuerpo: caderas, pies, cabeza… excepto con las manos. El balón era muy duro, hecho con resinas, y rebotaba muchísimo. Los cronistas de la época decían que era mejor que los usados en Europa, fabricados con vejigas de animales.

«Los jugadores se ubicaban en una plaza, parecida a una actual cancha de juego, y se distribuían en dos bandos. A veces jugaban hombres contra mujeres, aldeas contra aldeas, dos grupos dentro de estas…

«Lo más importante es que, además del sentido lúdico, eso tenía un significado a nivel simbólico y probablemente a nivel de creencias religiosas. Era como un festival que involucraba a la comunidad completa.

«Incluso hacían apuestas. En el caso de aldeas contra aldeas, se jugaban comidas y se hacían grandes fiestas. A través de estudios arqueológicos he podido encontrar en algunos bateyes los restos de esos posibles festejos con comida. Los encontramos a lo largo de uno de los muros, como si allí se hubiese puesto una especie de “mesa sueca”, si usamos una imagen moderna», apuntó el especialista.

En el caso de Cuba —dijo— es posible que se conserven solo cuatro bateyes, todos exclusivos de Maisí. El trabajo de Torres Etayo consiste en documentarlos exhaustivamente a través de medios de avanzada.

«Los bateyes son un fenómeno fundamental de las Antillas Mayores, pero los cubanos tienen características especiales según la documentación arqueológica e histórica», explicó el investigador.

«En Puerto Rico, por ejemplo, las plazas están delimitadas por lajas de piedra puestas verticalmente. En La Española, las encontramos de piedras y de muros de tierra apisonada (camellones). En Cuba son solo de camellones.

«Pero lo que más distingue a las plazas cubanas es que sus dimensiones son totalmente desproporcionadas en cuanto a tamaño. En comparación con otras de República Dominicana, Puerto Rico o Haití, las nuestras son gigantescas.

«La más grande está en un lugar llamado Pueblo Viejo. Mide 250 metros de largo por 135 de ancho y fue descubierta en 1843. Las otras tres las halló un arqueólogo norteamericano, Mark Raymond Harrington, que estuvo en nuestro archipiélago en 1915 y en 1919.

«Lo que me parece increíble es que esto se les haya escapado a los arqueólogos. Porque ¿cómo es posible que sean tan grandes? Imagínate un muro que tiene 15 metros en su base, tres metros de altura y que mide en total dos cuadras y media de largo», explicó.

El batey de Pueblo Viejo —puntualizó— es el más grande, pero desgraciadamente es el más destruido. «Sobre él se levanta un pueblo con escuelas, iglesias, bodegas… A nosotros se nos hace muy difícil ver la estructura y estudiarla, aunque aún podemos ver los muros».

«El mejor conservado de Cuba, y de todas las Antillas, es el de Laguna de Limones. Aunque no es tan grande como el de Pueblo Viejo, sí es mucho mayor que los documentados en los países vecinos. Es una joya arqueológica que tenemos en nuestro país y que desgraciadamente el pueblo desconoce.

«Los otros dos que quedarían serían el San Lucas, del que queda apenas un solo muro, y el de Montecristo. Este último no ha sido visto nuevamente después que el arqueólogo norteamericano lo descubriese. Así que uno de los objetivos del proyecto es relocalizarlo, si es que existe y no lo ha destruido la agricultura».

La tragedia del Ciudad de Alejandría

Enterrada en el lecho marino, en la popular playa Boca Ciega, reposa la masa de hierro retorcida del otrora Ciudad de Alejandría, un vapor norteamericano construido en 1879, que era el más rápido en el viaje entre Nueva York y La Habana en aquellos años. Este vapor —que conforma otro de los proyectos investigativos de Torres Etayo— se podría convertir en el primer sitio subacuático tipo pecio con una categoría de protección de patrimonio.

Según narra Daniel Etayo, el Ciudad de Alejandría vino a La Habana a finales de octubre de 1893 y luego siguió su camino rumbo a Matanzas, para buscar ron. De regreso, a la altura de Canasí, explotó la bodega donde venían 400 barriles. A bordo también había pasajeros, incluidos cubanos.

«En muchos periódicos apareció la narración del suceso. La crónica del hundimiento es dramática. El capitán trata de llegar desesperadamente a La Habana para que el servicio de bomberos apagara el incendio. Pero a la altura de Boca Ciega ya no puede más y lo que decide es lanzar el barco contra la orilla.

«Lamentablemente esa época coincidía con la entrada de un frente frío, por lo cual había mucho oleaje. En ese trasiego se ahogaron varios, otros se quemaron, pero la mayoría se salvó.

«Cuentan que un estibador cubano negro llamado Mateo quedó atrapado del otro lado de las llamas. Dicen que pedía a gritos que le lanzaran una cuerda para que lo halaran a través del fuego. Así lo hicieron. Pero la intensidad del siniestro era tal que la cuerda se quemó rápidamente y Mateo murió carbonizado», relató el arqueólogo.

Desde hace algún tiempo Daniel Torres y su equipo se han dado a la tarea de documentar arqueológicamente el pecio, y construir un recorrido virtual tridimensional del mismo a partir de fotos, para que historiadores, arqueólogos o simplemente curiosos puedan recorrer sus 103 metros sin necesidad de sumergirse en el agua.

«Los planos constructivos de la embarcación fueron muy útiles para entender la estructura original del Ciudad de Alejandría, que es hoy solo hierro retorcido. Además del incendio y el azote del tiempo, cuando comienza la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana la marina española dinamitó lo que quedaba del casco, que estaba fuera del agua, para que no sirviera de punto de referencia en la costa a los desembarcos», dijo.

Pero lo más importante de este proyecto —enfatizó Daniel— es que le estamos dando un marcado enfoque patrimonial, para que de veras le interese a las personas.

«En Cuba, por ejemplo, hay reportados naufragios de naves que iban cargadas de oro, piedras preciosas… A cualquiera le encantaría excavar un galeón y que aparecieran las esmeraldas colombianas, la plata del Potosí o el oro del Perú. Eso es muy seductor, pero puede provocar otro tipo de sentimientos en algunas personas.

«Lo que nosotros queríamos era que, en base a un pecio de finales del XIX, que hoy es solo restos de metal, se pudiera construir una historia interesante, cautivadora. Hay pequeñas anécdotas que se van conectando y que hacen único este vapor.

«Por ejemplo, fue en el Ciudad de Alejandría donde el presidente Ulises Grant pasó parte de su luna de miel. Para eso se le hicieron modificaciones a los camarotes, se forraron de satín… Además fue una de las embarcaciones que sacó el oro de las reservas españolas hacia bancos de Estados Unidos», aseveró.

Al decir del arqueólogo, la máxima finalidad es que el proyecto del Ciudad de Alejandría, al igual que otras embarcaciones similares, pueda ser amparado por la legislación cubana.

«En 2008 Cuba entró en la convención de la Unesco sobre el patrimonio cultural subacuático contra las empresas cazadoras de tesoros, que están espoleando el legado histórico de los pueblos que no tienen legislaciones fuertes.

«Por nuestras condiciones de insularidad tenemos, según documentación de archivo, casi 3 000 pecios en las costas. Localizados hay más de cien, y documentados y trabajados arqueológicamente hay solo 12. Existe una riqueza enorme alrededor de Cuba, pero a pesar de eso no se ha declarado ningún sitio subacuático tipo pecio con la categoría de patrimonio, ni monumento local ni monumento nacional.

«Allí hay una inconsistencia; si nuestro país se acoge a la convención, que es para proteger su patrimonio, debe tener sitios protegidos por la ley cubana y no solo por la internacional», concluyó.

Breve mirada a la National Geographic Society

La National Geographic Society (en español Sociedad Geográfica Nacional) fue fundada en Estados Unidos el 27 de enero de 1888 por 33 hombres interesados en «organizar una sociedad para el incremento y la difusión del conocimiento geográfico».

Es una institución científica y educativa sin fines de lucro que tiene como objetivo lograr el avance hacia el conocimiento general de la geografía y el mundo entre el público general. Para ello patrocina proyectos de investigación y expediciones —sobre todo en áreas como la arqueología, biología y geografía—, y además publica mensualmente la revista National Geographic.

Aparte de los artículos sobre diversos lugares de cada rincón del planeta, la revista es muy reconocida por su calidad de edición y sus estándares en las fotografías, lo que la hace el hogar de los mejores periodistas gráficos en el mundo.

La National Geographic Society también realiza programas para su emisión en escuelas y en la televisión, además de juegos de tipo educativo. Asimismo ofrece excursiones formativas para sus socios. La sede central de la organización radica en la ciudad de Washington, Estados Unidos.

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