Amplio rango temático en cortometrajes de la Escuela Internacional de Cine de Cuba - Cultura

Amplio rango temático en cortometrajes de la Escuela Internacional de Cine de Cuba

Autor:

Joel del Río

A partir de las 5:00 p.m., se mostrarán los 15 cortometrajes generados por la decimoctava promoción de la EICTV de San Antonio de los Baños

Nueve ficciones y seis documentales son el resultado que exhibirán hoy en el cine Chaplin, desde las 5:00 p.m. y con taquilla abierta al público, los 15 nuevos realizadores que el próximo martes gradúa la llamada Escuela de Todos los Mundos. En la cosecha de este año, el rasgo común parece ser la diversidad de alcances, géneros y propósitos, como cabe esperar de los productos provenientes de una institución signada por la multiculturalidad, pues si bien ha sido el corolario en la evolución del proyecto continental del nuevo cine latinoamericano, le ha dado cabida a todas las estéticas, tendencias y poéticas.

Además de realizadores de ficción y documentalistas, se gradúan mediante estos ejercicios de tesis, con un nivel general apreciablemente profesional, también productores, guionistas, fotógrafos, sonidistas y editores, mayormente latinoamericanos (en esta graduación destacan caribeños y centroamericanos y, por supuesto, de países andinos, brasileños, mexicanos) pero también de naciones como España, Francia, Grecia y Bélgica.

Curiosamente, entre los 15 cortometrajes —14 de ellos filmados en Cuba—, predominan dos temáticas: la mujer y la familia. De modo que esta exhibición puede incentivar el interés de muchos sobre numerosas aristas de nuestra contemporaneidad develadas por estos creadores noveles. Solo aspiro a motivar al espectador potencial, y por eso quiero recomendarle algunos de estos trabajos, principalmente los que pude ver, y mencionar al menos algunos otros muy bien avalados por el Comité Internacional de evaluadores convocado a estos efectos, y que integran, los argentinos Nerio Barbieris, César Custodio y Marcos López, el senegalés Moussa Sene Absa, el indio Indranil Chakravarty, el alemán Rolf Coulanges, los franceses Jacques Comets y Tancredo Ramonet; el suizo Rolando Colla; y los norteamericanos Jerry Carlson y Matthew Robbins, todos ellos con espléndidos currículos en el universo audiovisual.

A todo lo largo y ancho de 2009 no le han faltado satisfacciones a la Escuela en cuanto a los numerosos premios recibidos por algunas de las tesis documentales realizadas recientemente, como The Illusion, de la cubana Susana Barriga, o La Chirola, del boliviano Diego Mondaca. Ahora ha llegado el momento de apreciar la nueva banda de obras que representen a sus egresados, en exhibiciones por todo el mundo. El único cubano que se gradúa este año, en la especialidad de dirección, es el gibareño Armando Capó, quien realizó, en las inmediaciones de la bahía de Santiago de Cuba, el documental La marea, el cual retrata la vida de un hombre que vive en una barcaza abandonada. Hace diez años existe fuera de todo hasta la llegada de una notificación postal que lo llena de incertidumbres. Capó propone explorar el sentido vital de sus personajes, el destino, la imposibilidad de trascender, el absurdo de la realidad..., y para ello colaboraron en la producción el español Alberto Valhondo, en la fotografía el boliviano Germán Peters, en el sonido el griego Nicolás Tsabertidis, y en la edición la cubana Ilka Valdés.

Pasando al terreno de la ficción, en Los minutos, las horas, la brasileña Janaina Marques (de dirección) y el español Pablo Arellano (de guión) hacen la historia de Yoli, una mujer de 30 años (interpretada en derroche de profesionalidad, como siempre, por la formidable Laura de la Uz), quien vive junto a su madre seminválida (Xiomara Palacios). La vida de Yoli se concentra en el cuidado de su madre y de la casa que comparten, hasta un día cuando recibe una propuesta que puede romper su rutina. «Quería hacer una película que tuviera algo de Cuba —nos confesó Janaina—, una historia apoyada en sentimientos de personas que yo hubiera visto y conocido en Centro Habana, donde filmé. Hablo de una relación madre-hija, un tema que es muy importante para mí, pero que atañe también a los problemas de vivienda en la Isla, donde tienen que convivir varias generaciones bajo un mismo techo. Combiné esa relación de amor entre la madre y la hija con el deseo de querer salir de un lugar y no poder. Porque el amor también te obliga a quedarte. Fue muy rica la experiencia del rodaje, porque las actrices cubanas participaron casi en el papel de coguionistas, en tanto fueron capaces de tomar el guión y construir ricamente sus personajes».

Cuando le preguntamos a la joven cineasta brasileña sobre qué tipo de película había hecho, nos contestó Pablo Arellano, el guionista, que estaba sentado cerca, y ella le cedió un instante la palabra para que definiera el género: es un melodrama filial, desdramatizado, minimalista y de autora. Jana añadió que no quiso juzgar a ninguno de los dos personajes, ni colocarlos en arquetipos de bondad y maldad. «Deseaba que fueran como personas, y nunca estereotipos. Esta tesis contiene parte de lo que he aprendido en tres años, y es el resultado de estar en Cuba, de conocer a mucha gente, como las cineastas Lucrecia Martel y Laurent Cantet, de haber encontrado aquí tanto amor, aprendizaje, muchas alegrías y angustias. Así me salió una película tal vez triste, pero yo creo que también tierna e inspiradora».

El arribo numeroso de las mujeres a la dirección se confirma también con la graduación de la peruana Karina Cáceres (en el corto de ficción Cuatro gato, donde interviene el magistral Fernando Echevarría) y las documentalistas Milagro Farfán (de Perú, con La tarea, hermosa defensa del amor filial, la franqueza y la tolerancia, a partir de la mirada de una niña cuya madre tiene una pareja de su mismo sexo), Manuela Blanco (de Venezuela, con el único documental filmado fuera de Cuba, que se titula El Morichal y es un llamado de alerta sobre las posibles consecuencias de la explotación a gran escala en la faja petrolífera del Orinoco), y Mi casa es tu casa, en el cual la también brasileña Angélica Valente trabaja en un tono ligero y reflexivo la aspiración a un cambio de vivienda que tal vez representa mejorías más profundas en un nivel no solo material.

Para que no se entienda que estas tesis se concentran todas en problemas íntimos, domésticos, o expresamente sociológicos, quiero aludir también a Terra incógnita, dirigida por el brasileño Rodrigo Alves con el auxilio de sus compatriotas Daniel Tavares (en el guión) y Pedro Dulci (en la edición), además de los cubanos Roberto Jiménez (producción) y Yanes Llanes (dirección de arte), y los mexicanos Arturo Juárez (fotografía) y Jonathan Macías (sonido). Su centro es Walter, un anciano aislado que habita en una casa ruinosa, y confía en la posibilidad de encontrar el camino hacia Geosofía, su tierra prometida, libre de todos los males. En cambio su hijo Rodolfo lo cree loco y quiere hacerlo volver a la realidad a toda costa. Cuando el mundo de sueños del viejo se manifiesta real, Rodolfo termina aceptando el delirio de Walter y decide seguirlo en su persecución de la utopía.

Cuando le pregunté a Rodrigo por qué se decidió por esta historia, y lo que tenía de especial para él, me dio una lista de argumentos tan delirantes como la historia misma. Estaban en su lista, entre otros, conceptos como la luz del día, relaciones hiperbólicas, personajes enloquecidos que jamás consiguen lo que quieren.

En fin, el mundo entero quizá atrapado en unos cuantos minutos. Pero el intento de trascender y comunicar merece, al menos, la atención.

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