Mi hostilidad es con el tiempo

Desde el arte también se puede ayudar a que los nuevos cambios de la sociedad sean más fáciles, afirmó el destacado actor Omar Franco

Autor:

Marianela Martín González

Hace poco apareció en la pantalla grande, en la película cubana Habanastation. Allí, colado en la piel de Jesús, un reparador de equipos electrodomésticos, desbordó bondad y decencia.

También recientemente lo hemos visto en el espacio humorístico Vivir del Cuento, desdoblado en un pillo del asfalto que vulnera la ingenuidad de Pánfilo, a golpe de códigos urbanos que este actor conoce muy bien. Y asimismo se coló en nuestros hogares con su hueco en el zapato junto a Antolín en las noches dominicales de verano, para sacarnos las endorfinas que, según algunos especialistas, produce la buena risa.

A principios de octubre, invitado por el prestigioso humorista Virulo, y en compañía de la actriz Natalia Herrera y Churrisco, Omar se presentó en Baja California, México, para homenajear al escritor Cástor Vispo, creador de la Tremenda Corte, espacio humorístico radial que vio la luz en la Cuba de los años 50 del pasado siglo. En esta oportunidad, su alter-ego fue el juez.

Sucede que Omar Franco, el talentoso actor que sabe llevarnos de la carcajada a la reflexión, y viceversa, parece poseer el don de la ubicuidad. Tanto es así, que hace poco terminó de filmar la película Pablo, cuyo estreno será a comienzos del año venidero, y ahora, bajo la dirección de Charlie Medina, se sumerge en la existencia de un ex recluso mientras filma el telefilme Penumbras.

El año próximo este actor celebrará sus 20 años de vida artística. Al rememorar su trayectoria se detiene en su papel en Santa Camila, la primera obra dramática que interpretó bajo la dirección de Armando Suárez del Villar. En su recorrido por las tablas y los disímiles espacios que le han abierto las puertas para el espectáculo ha estado consciente de que su labor «puede moldear seres humanos mejores y más comprometidos». Y aunque dice en broma: «ya no soy ingeniero en control automático, sino técnico medio», no soslaya el papel de la Universidad en su formación, y lo difícil que fue renunciar a lo que estudió —sobre todo por los cuestionamientos familiares— por irse tras el placer de actuar.

—¿Habrá valido la pena perder un ingeniero para ganar un artista?

—Creo que sí. Desde el arte también se puede ayudar a que los nuevos cambios de la sociedad sean más fáciles, porque con las armas de la cultura se digieren mejor ciertas soluciones a los problemas.

«En la escuela donde me enseñaron a actuar, bajo la tutela de Armando Suárez del Villar, aprendí que a la hora de hacerlo hay que ser responsable y es lo que hago, sobre todo cuando actúo para el público joven.

«Cuando empezaron a aparecer los premios, que para nada me quitan el sueño, llegaron algunos de carácter nacional, y me hicieron pensar que podía cambiar la ingeniería por la actuación. Detrás de aquellos reconocimientos había un jurado especializado, y me hicieron creer que el camino de la actuación no era tan malo».

—¿En qué momento descubriste que podías vivir haciendo reír al público?

—Si yo buscara el día en que dije que podía vivir de la risa ajena no lo encontraría. Desde niño me gustó aprender trabalenguas y adivinanzas. Tuve un libro que se llamaba Sabiduría guajira; después hice mío los libros de Samuel Feijóo. Y siempre me han gustado las estampas de Luis Carbonell.

«De muchacho, en la Primaria, empecé con un piquete que hacíamos de payasos. Trabajamos en el Guiñol —fue la primera vez que me paré delante de un público— e hicimos de manera incipiente algunas cosas. Estudiando en la Secundaria hacía chistes en los chequeos de emulación. Ya en el Preuniversitario me involucré en el teatro de manera seria.

«Algunos me conocen más como humorista, pero empecé en el teatro con una obra de Ignacio Gutiérrez llamada Llévame a la pelota, donde se cuenta la historia de los estudiantes que se metieron en el estadio del Cerro en contra de la tiranía de Batista. Por el personaje que interpreté, entonces en calidad de aficionado, me otorgaron mi primer premio como mejor actuación masculina.

«En la Universidad, en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría —para muchos cuna de los humoristas—, creamos entre Otto Ortiz, Carlos Vázquez (Riquimbili) y José Téllez, el grupo Los hepáticos, y a partir de ahí nos dimos a conocer y nos sumamos al humor joven que radicó básicamente en el cine Acapulco.

«Por aquel entonces surgió también el Conjunto Nacional de Espectáculos, que dirigía Virulo, la Seña del Humor de Matanzas, Salamanca, Nos y Otros. Todos de la Universidad.

«Estuve con Los hepáticos durante cinco años. Con Humoris Causa llevo más de 15. Iván Camejo ha sido un complemento importante para mi trabajo en ese grupo.

«Agradezco a los directores de cine y televisión que me han invitado a sus proyectos artísticos, pero reconozco que es el teatro mi espacio favorito. Puedo dejar el humor y no pasa nada. A mí lo que me gusta es actuar».

—Un adelanto sobre el villano que interpretas en Pablo…

—Pablo ha sido para mí un reto, porque es la primera vez que hago un personaje tan malo. Es el antagónico de la película, junto a un grandísimo actor como Aramís Delgado. Es una película de violencia doméstica, muy interesante. Sobre los niños ya se han tratado temas en el cine; sin embargo, este que denuncia lo que sucede detrás de las puertas de una casa, no ha sido abordado en el cine cubano de manera tan profunda.

«La idea de la película parte de un premio otorgado a un guión de Yosvani Acosta, quien es además el director de este filme, presentado en una muestra de cine joven.

«La película está fuerte. La violencia de mi personaje, Rogelio, es descomunal. Se trata de un tirano hogareño que enfrenta la crianza de su hijo. Este tipo tan malo tiene otra imagen fuera de la casa… Y no voy a contar más, pero es una película que ayudará a recapacitar y frenar ese mal que afecta a no pocos hogares cubanos y causa tantas fatalidades».

—¿Qué haces para ser fiel siempre a un humor inteligente?

—Hay un público que prefiere que el artista especule y sea vulgar: yo no soy de ese público. Trato por todos los medios de sumar, pero rehúso el facilismo. Hay gentes que gustan de aquello que empecé con Humoris Causa y siempre me propuse no traicionarlas.

«Trato de superarme a mí mismo. Soy muy selectivo con los textos. Trato de evitar la chanza y la burla, aunque sé que al cubano le gusta.

«A veces están muy bien utilizadas por los humoristas, pero también a veces muestran falta de recursos para hacer reír. Creo que en el arte el rasero debe ser el arte, no sobredimensionar otros móviles».

—¿Qué humor consumes?

—Tengo casi todas las películas de Chaplin. Para mí ese genio es paradigmático porque te lleva de la risa a la reflexión. Ya de los más contemporáneos me gusta mucho lo que hace Les Luthiers. He tenido la «mala suerte» de conocer a Daniel Rabinovich, quien estuvo en Cuba invitado por Virulo e impartió unas conferencias en el año 2007. También a Ernesto Arche, ex integrante de Les Luthiers.

«En casi todos los núcleos familiares cubanos hay un humorista de preferencia y en mi casa y en mi caso también. No voy a mencionar los míos para no dejar fuera a alguno.

«Cuba ha sido tierra fértil para humoristas, de eso dan fe todos los premios nacionales del Humor entregados desde el año 2000, y el movimiento de artistas que cultiva este género con profesionalidad. Hay valiosas fuentes donde beber como Zumbado, Luberta y Enrique Núñez, los tres primeros premiados, a quienes quizá la juventud no conozca tan bien y que valdría la pena tomar como referencias».

—¿Qué haces cuando no estás trabajando?

—Me gusta mucho el deporte. Conozco, gracias a mi trabajo, a varios deportistas y los sigo en los eventos, y comparto sus triunfos y derrotas.

«“Yo no juego, doy clases de dominó”, pero no tengo tiempo para disfrutarlo, porque, entre otras razones, en los últimos años la construcción de mi casa me ha consumido casi todo el tiempo libre.

«Me encanta compartir con mi familia, con mi esposa y mi hijo que está en segundo año de Estomatología y ya delinea el futuro de la familia: “yo meto muela y él la saca”.

«La lectura es otra de mis preferencias. Aunque no nací en la calle Paula, sino en Santo Suárez me declaro un martiano febril y trato siempre de repasar la obra de Martí. Disfruto Mantilla, mi barrio adoptivo. Tiene un abanico social muy interesante que es muy útil para retroalimentarme. Las personas con las que me encuentro me ayudan a interpretar mis personajes, que casi nunca tienen que ver conmigo.

«Cuando no estoy filmando o actuando, de algún modo estoy preparándome para hacerlo. Me preguntabas si mi relación con algunos de mis personajes era hostil: No. Con quien peor me llevo es con el tiempo, porque no me alcanza».

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