Un hombre que salta al abismo

Para el premio nacional de Teatro 2012 los personajes son hijos dormidos; y los actores, médiums que aguardan por el juego fabuloso, por el riesgo y el miedo constante que significa actuar

Autor:

Anays Almenares Ávila

Cuando cierran las cortinas, frente el actor, el público estalla en aplausos. Vuelve a salir el histrión, emocionado, y la gente se pone en pie, continuando las palmas.

¿Qué sentirá ese hombre a quien le lanzan flores y deja escapar lágrimas sobre las tablas? ¿De qué magia se apodera para encarnar otro rostro, para vivir otra historia?

Francisco García Castellanos, «Pancho», le sabe los más recónditos misterios a la escena y lo demuestra en cada función. Su más grande amor: el público, su adicción: el teatro, su mayor miedo: no llegar a la gente.

Mientras trabajaba como jefe de almacén en el Hospital de Emergencias de La Habana, acudió a la convocatoria para crear grupos de aficionados. Bajo la instrucción de Juan Rodolfo Amán se adentró en un mundo desconocido, del que no se ha podido desprender.

Cincuenta años después de sus inicios bromea diciendo que desde que se subió al escenario por primera vez no se ha vuelto a bajar, y que no planea hacerlo. Los personajes que ha encarnado en tantos andares nos observan desde las paredes en su casa de La Víbora; con voz grave y clara, sin dejar de gesticular, Pancho los invoca, y con ellos, y en ellos, conversa; tan natural y orgánico como en la puesta de su vida.

—Después de 50 años de vida artística, ¿le falta algo por aprender en la actuación?

—Mucho. El teatro siempre se está descubriendo. Uno va adquiriendo un oficio, formas de resolver situaciones, pero aparecen nuevos retos. Nos vamos haciendo más genuinos, quitándonos artificios y afeites.

«Así adquirimos las técnicas. Pero vienen otras personas que traen un deseo nuevo, y que niegan y cuestionan lo que sabes. Entonces uno no puede ponerse en la posición del dios sabelotodo. Hay que escuchar lo que los demás tienen que decir, porque eso te puede romper el molde, los arquetipos, te solivianta, te transforma»...

—Entre el Movimiento de Aficionados de medio siglo atrás y el actual, ¿cuáles son las principales diferencias que reconoce?

—Yo tuve la suerte de pertenecer al mejor grupo de aficionados de todos los tiempos en Cuba, donde conocí a un instructor extraordinario. Con él aprendimos historia del arte, dicción, expresión corporal, danza, folclor.

«Actualmente no estoy tan cerca del Movimiento de Aficionados, pues creo que existe en menor medida o de otra manera. Una vez traté de ser instructor en uno de los barrios de 10 de Octubre, y primero tuve que hacer un trabajo social para lograr la atmósfera idónea, proclive a la creación. Así empecé a ir a las casas, a hablar con familiares, a armarlo todo.

«En lugar de ensayar, conversábamos sobre qué pensaban que era la actuación, el amor, la amistad, la ética, los llevé a ver teatro. Un día me llaman de corre-corre para hacer una actividad en un parque, y les digo que no puedo, porque a esas personas había que formarlas, culturizarlas, educarlas, no utilizarlas sin más. Entonces me fui, porque no estudié así cuando era aficionado».

—Confesó haber sentido miedo escénico en su estreno como actor. ¿Existe alguna cura para ese miedo?

—No creo que exista. Y aunque hasta cierto punto lo he ido perdiendo, jamás se va totalmente. Por otra parte, no quisiera que se fuera. Temo que al perderlo caiga en la nada.

«En un monólogo que escribí dedicado a la actriz Elvira Cervera, la protagonista describe a los personajes como hijos dormidos, espíritus que aguardan porque los contengan, y dice que los actores son médiums que ansían ser poseídos. El personaje aguarda por el actor. Si no acepto la dualidad de ser ambos, entonces no soy ninguno, ni el médium ni el espíritu. Si pierdo el miedo... caeré en la nada».

—Hablemos de teatro actual. ¿De qué carecen hoy… los directores?

—De lo primero que se carece es de una escuela de directores, la mayoría se forma empíricamente. Ahora mismo tenemos pocos buenos: se pueden contar y sobran dedos de las manos.

—¿Los escritores...?

—Faltan dramaturgos también y pienso que se debe a la autocensura. No se escriben cosas interesantes, salvo casos como Abel González Melo, con sus obras Chamaco y Talco. El teatro debe entretener, pero también educar y llamar la atención sobre determinados problemas, aunque no pueda cambiar la realidad.

«En estos momentos no considero que exista una buena dramaturgia, una que al menos sea embrionaria, de la que se perciba un surgimiento. Y necesitamos de escritores que enfrenten las circunstancias y las cuestionen desde un punto de vista objetivo y sano».

—¿Los teatros...?

—No tenemos tantos, aunque hay espacios que a veces no se utilizan bien. En ocasiones se emplean en obras o compañías que no dicen ni aportan nada. Hay que trascender la mera exhibición.

—¿Los actores?

—Hay una buena escuela de actuación. A mí me gustan mucho los que se forman en la ENA (Escuela Nacional de Arte), y en el ISA (Instituto Superior de Arte). Mas yo creo que si malo es no darle algo a alguien, peor es dárselo a destiempo.

«A algunos estudiantes de segundo o tercer año los escogen para protagonizar telenovelas, y a partir de ahí se hacen actores populares. Si esos jóvenes no son inteligentes, si no tienen la alerta puesta, ya se creen que llegaron».

—¿Qué significan para Pancho... la cortina de escena que se abre?

—El salto al abismo, el inicio del juego fabuloso.

—¿Raquel y Vicente Revuelta...?

—Dos personas a las que he admirado mucho, con las que tuve algunas controversias, pero respeté y respeto siempre. Son fundamentales para la historia del teatro cubano.

—¿El aplauso...?

—Es el cariño del público, su abrazo. Cuando lo recibo me da un poco de pena, pero me encanta porque esa es la satisfacción de los espectadores, su catarsis.

—Ahora refirámonos a los sueños: ¿Qué quiso haber escrito o escribir algún día?

—Me encantaría haber escrito una historia sobre mi familia, para contar el viaje desde el lejano pasado hasta el presente a través de ella.

—¿Qué obra sueña dirigir?

—Una de Shakespeare, sobre todo una comedia.

—¿Con qué actor sueña trabajar?

—Con Morgan Freeman.

—¿Ante qué público sueña actuar?

—Ante este que hoy actúo. He estado frente a otras personas, en España, Brasil, Venezuela..., pero esta es la gente que me gusta.

—¿Qué personaje añora interpretar?

—Quisiera volver a hacer Macbeth con la experiencia que he ido adquiriendo.

—¿Y cuál rechazaría?
—No me gustaría hacer de un pedófilo, aunque al final, si fuese imprescindible, me pondría en esa piel. De todos los roles humanos uno aprende.

—Un hombre que ha asumido tantos rostros, ¿cómo se describe a sí mismo en... la familia?

—Aunque me considero un hombre gregario y afectivo, me desgajé muy pronto de mi hogar. A los 11 escapé de la casa, regresé y a los 14 me fui definitivamente. Adoré a mis padres y a mis hermanas, mas siempre estuve solo.

—¿La amistad...?

—Lo más grande.

—¿El amor?

—La amistad es el más alto amor. Yo nunca lo alcancé en la pareja, pues creo que lo idealicé.

—¿Qué le reprocha al teatro?

—Nada. Todo lo que ha hecho conmigo, bueno o malo, está bien hecho.

—Es hora de que hablemos de premios, pero no del que acaba de ganar por la obra de la vida. Si pudiera inventar un galardón para recibirlo usted mismo, ¿por qué sería?

—Por ser constante, fiel. Siempre me he cuestionado, me he criticado y he tratado de aprender.

—¿En qué consistiría?

—Una planta bonita.

—Y si pudiera elegir un personaje para que se lo entregara...

—La Legionaria, que es con quien más he disfrutado y la que me permite estar en contacto directo con la gente.

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