Cada día me siento más pequeño

Giovanni Duarte, director de orquesta en el Gran Teatro de La Habana, compartió con JR algunas particularidades de esta profesión y comentó sobre su participación en el Festival Internacional de Ballet de La Habana

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

La culpa fue de El lago de los cisnes. Giovanni Duarte acababa de graduarse de percusión en la Escuela Nacional de Arte y lo ubicaron a cumplir su servicio social en la orquesta del Gran Teatro de La Habana (GTH), la misma que hoy dirige cuando el Ballet Nacional de Cuba (también la ópera) se presenta en Cuba y en el mundo.

«Cuando comencé apenas conocía sobre ballet y ópera. Recuerdo que me presenté y estaban ensayando para el Festival Internacional de Ballet de 1994. Me llamó poderosamente la atención cuando la orquesta pasó al foso y los músicos se pararon en el intermedio a mirar hacia el escenario y decían: Mira, esa es Galina (Álvarez) y aquella Svieta (Svetlana Ballester). Las reconocían a todas, mientras a mí me parecían iguales. También me sorprendió la energía que se desbordaba durante las funciones, la cantidad de personas que aplaudía cual si estuvieran en un partido de fútbol. Me parecía increíble...

«Sin embargo, lo que me cambió la vida fue cuando tuvimos que acompañar, dirigidos por el maestro José Ramón Urbay, al BNC en El lago de los cisnes. Llegué a mi casa sabiendo que se trataba de una obra importante, no más. En aquel primer ensayo, cuando la música sonó, los pelos se me pusieron de punta, y así se mantuvieron hasta la última nota. Creo que ese momento marcó mi carrera».

A partir de ese instante Duarte solo vivió para informarse, investigar. «Me convertí en una enciclopedia, todo el repertorio de la orquesta estaba en mi memoria. Si alguien quería recordar una variación me preguntaba a mí cómo sonaba. Entonces una contrabajista se me acercó y me preguntó: ¿Por qué no estudias dirección? Ni idea tenía de si podía ser posible, si se estudiaba en Cuba o en el extranjero.

«Después, otra amiga me avisó que se había abierto un curso para trabajadores en el Instituto Superior de Arte, y que esa estaba entre las carreras. Fui corriendo para allá pero no me daba tiempo. Hablé con el maestro López Marín, quien gustosamente aceptó que asistiera a sus clases y así estuve un año preparándome. Realicé los exámenes y aprobé. A partir de ahí, vino todo lo demás».

Una decisión de la cual Giovanni Duarte no se arrepiente ni un segundo. «A medida que transcurre el tiempo me siento más atrapado. Es una carrera donde se aprende constantemente. Si López Marín fue mi maestro en la escuela, la maestra Elena Herrera se convirtió en mi mentora. Como tal me ha enseñado muchísimo sobre esta profesión y la vida, lo cual también aplico en mi quehacer. Y me hizo entender que cuando uno piense que domina las obras está fracasado. Por eso cada día me siento más pequeño, y soy consciente de que el camino que me queda por recorrer es más largo aún, que me falta más por alcanzar que cuando empecé. No, no me arrepiento».

Ello explica que no desaparezca la sonrisa en su rostro, incluso aunque esté en plena locura del Festival Internacional de Ballet de La Habana, lo cual significa que ha venido trabajando arduamente, sin apenas descanso, desde hace unos meses. «Mi responsabilidad inicia desde el mismo momento en que se empieza diseñar la programación. Entonces se sugieren títulos, y con ello comienza la búsqueda de partituras, tanto en los archivos del BNC o de la Sinfónica Nacional, como en el extranjero.

«Con las partituras en la mano, nos corresponde comprobar si están las particellas de la orquesta, de los músicos. Pero estamos hablando de un proceso que no se detiene porque de seguro aumentará el repertorio a interpretar... Luego viene la organización, porque en el Festival participa más de una orquesta. De modo que debemos coordinar con sus directores, programarles los ensayos...».

—¿Cuántas orquestas estarán en esta 23 edición?

—En esta, por ejemplo, contaremos con la Orquesta Sinfónica de Villa Clara, que ya estuvo en la edición anterior y se encargará de los clásicos en el Karl Marx: Shakespeare y sus máscaras, Coppelia y El lago de los cisnes, bajo la batuta, respectivamente, de Irina Toledo, su directora titular; Leonardo Milanés, pianista de nuestra compañía y estudiante de dirección de orquesta; y Elena Herrera, lo cual significa un gran privilegio.

«Yo asumiré la dirección en el GTH no solo de la orquesta habitual, sino además de una adicional que se sumará en el momento en que esté en escena Acis y Galatea. Por tanto, estamos hablando de La fille mal gardée, Impromptu Lecuona (las partituras y particellas se consiguieron con la Filarmónica de Berlín), Muerte de Narciso, Giselle, la gala homenaje a Igor Youskevitch; Luminous y la gala de clausura, donde conduciré el Grand Pas de Quatre».

—Quizá algunos no conozcan las especificidades de dirigir una orquesta para un espectáculo de ballet...

—Mira, siempre se ha cuestionado mucho la música que se emplea en un ballet. Están quienes dicen que siempre se debe de interpretar en el tiempo en que se compuso, y que el ballet se debe adaptar a este. Pero... ¿quién determina el tempo exacto? No obstante, hay que pensar que los coreógrafos cuando montan sus creaciones no lo hacen en un silencio absoluto, sino sobre una grabación o una música, que, por supuesto, tiene el tempo del compositor.

«Lo que sí está claro es que en la dirección existe otra parte, que es la que uno ajusta en el escenario o en los ensayos previos, porque los bailarines, como nosotros, son seres humanos. Todos los días uno no se siente igual. Puedo interpretar varias veces una sinfonía de Beethoven, pero no me quedará igual siempre, porque depende mucho del estado de ánimo. Lo mismo sucede con un bailarín. Y entre ellos hay diferencias: en el salto, en el giro. Esas cosas hay que tenerlas en cuenta a la hora de acompañar.

«Y digo acompañar, pues es lo primero de lo cual se debe estar consciente. Ese es nuestro rol, lo mismo en el ballet que en la ópera, aunque ello no significa que se pierda el lucimiento o que no sea buena la sonoridad. Por eso constituyen dos géneros tan difíciles para los directores y las mismas orquestas. Ya la palabra acompañar lo explica todo: el cantante necesita respirar, tomar aire para poder continuar una frase, y el bailarín respira con su cuerpo. Por tanto, debes conocer sus características, además de la coreografía, los escenarios. Todo lo anterior hay que tomarlo en consideración».

—A veces la orquesta del GTH suena de una manera maravillosa, pero otras no tanto. ¿Cuál es la razón?

—La misma irregularidad de la orquesta, cuyos miembros no son estables: muchachos muy jóvenes con muy escasa experiencia de este tipo, que realizan su servicio social allí. Y sucede que después de tres años se van, lo cual, evidentemente, atenta contra la sonoridad, el empaste, la unidad. Si a eso le añades, además, que los instrumentos y las condiciones de trabajo no son las mejores...

«En este asunto no puedo dejar de referirme a otros dos elementos que también inciden: el escaso reconocimiento social y la remuneración. La gente va al ballet y solo nota nuestra presencia cuando suena desastrosamente mal, si está bien asume que es una grabación. El público no tiene una idea exacta de lo que representa para una compañía poder contar con una orquesta en vivo.

«Mientras, la remuneración no se corresponde con la cantidad y la dificultad de nuestro quehacer. Esta no es una orquesta de concierto, sino que asume una temporada de El lago de los cisnes, o sea, ocho funciones de dos o tres horas de duración; y de seis a ocho de La Traviata. Las obras son difíciles, largas, terminan tarde y se interpretan con un alto nivel de estrés. De ese modo desaparece la motivación».

—Imagino que has vivido momentos sublimes y terribles...

—Los terribles son los que más marcan. Sin embargo, dejan un mejor recuerdo, pues me han obligado a esforzarme el doble, a crecer, a estudiar más. Por supuesto, que no olvido momentos muy hermosos, como cuando dirigí Carmen con el Lírico, mi primera ópera gracias al maestro Adolfo Casas, quien me invitó, y con la cual me gradué. Y si hablo del ballet no puedo dejar de mencionar la primera temporada que hice de El lago de los cisnes; además de Petrushka, después de 20 años de ausencia en nuestros escenarios.

—Te ha tocado conducir otras orquestas fuera de Cuba...

—Una experiencia que me ha aportado muchísimo. Y lo más significativo es que al regreso he podido volcar lo aprendido también a la orquesta. Intercambiar con diversas agrupaciones de Estados Unidos, Inglaterra, Egipto, Italia... me ha enseñado otra manera de enfrentar la música, conocer otros conceptos, tanto musicales como de organización del trabajo; sobre el funcionamiento de las orquestas. Todo ha enriquecido mi cultura y me ha abierto más la mente.

—¿Sueños?

—Un millón. Ni siquiera he conseguido llevar a cabo la cuarta parte de lo que quizá debía haber realizado. Me queda mucho repertorio sinfónico por delante y no pocas óperas bullen en mi cabeza, al igual que ballets que quisiera dirigir, como por ejemplo Romeo y Julieta de Prokofiev y La Bayadera. Me encantaría volver a repetir Petrushka, en el ballet o en concierto, conducir el Réquiem de Verdi... En fin, no paro de soñar.

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