Cuando Vivaldi y el filin dan paso a la despedida

El VI Festival Leo Brouwer de Música de Cámara ha seducido por la selección de su repertorio y el virtuosismo de sus protagonistas

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Leo Brouwer dijo que este será el último festival. Los anteriores y esta VI edición que ahora sacude los teatros de La Habana tienen en común una aguda, atinada y exquisita selección del repertorio. No abuso al utilizar tres adjetivos, sobre todo si tomamos como referencia los conciertos del jueves, el viernes y el fin de semana pasados.

Palabras, el primero de ellos, dejó impactados a los espectadores del teatro Mella. Haydée Milanés hurgó en la amplia obra de Marta Valdés y regresó con el filin de esos míticos años 50, 60 y 70 del siglo pasado. Valdés es un emblema de un movimiento de la canción cubana con una mirada honda a los sentimientos humanos.

Fue esa la esencia de un concierto que revisitó clásicos de Marta como Sin ir más lejos, No te empeñes más y el muy esperado Palabras. Para darnos un repertorio único, se conjugaron con acierto muchos formatos musicales y el ingenio estuvo en las orquestaciones hechas por Haydée con la mayoría de las piezas interpretadas. A ella también se unieron la propia autora, el pianista Ernán López-Nussa y el guitarrista Nam San Fong.

La noche se coronó con dos momentos climáticos. El primero ocurrió cuando Haydée, acompañada de su padre Pablo Milanés, levantaron al público de sus butacas con la sensible Pequeña Haydée y Deja que siga sola. En el cierre, un dúo sin igual: Marta y Haydée en Tú no sospechas y Sin ir más lejos.

Con pantallas alrededor de la Basílica Menor del Convento San Francisco de Asís y con ese local repleto, el español  Jordi Savall sedujo el viernes último con su presentación, titulada Les voix humaines. Savall había comentado a los periodistas un día antes que el instrumento que toca —la viola da gamba—, desapareció cuando el clasismo se adueñó de los auditorios y estuvo «dormido» por al menos 150 años.

Un programa intenso desarrolló el experimentado instrumentista, que recorrió partituras pertenecientes a tres siglos XV, XVI y XVII. Autores como Johann Sebastian Bach, Marin Marais, Thomas Ford y Tobias Hume, sonaron en las cuerdas que Savall tocó excepcionalmente. Solo tuvo como invitado al guitarrista y coterráneo suyo Ricardo Gallén, con quien lo disfrutamos en dos piezas de una riqueza melódica y tradicional: Variaciones e improvisaciones sobre Gwerz y Gallarda Napolitana (con improvisaciones).

Dos jornadas en el Mella el fin de semana completaron nuestro periplo por el Festival Leo Brouwer de Música de Cámara. Atractiva desde el mismo anuncio en la prensa, Sinfonity superó las expectativas de quien dudara de que las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi sean exclusivas de los instrumentos más tradicionales. Con una banda de guitarras eléctricas, un bajo con esas características y un vestuario bien heavy, el grupo que lidera Pablo Luis Salinas levantó el teatro desde La Primavera hasta El Invierno.

Mediante una combinación perfecta de compositores: Vivaldi y Leo Brouwer, Sinfonity integró al autor barroco con obras del vanguardista nuestro como Paisaje cubano con rumba y Estudios sencillos. El grupo no dejó dudas de que la música fluye a través de todos los soportes posibles con su final: Asturias, de Isaac Albeniz, y ganó los aplausos en una noche atípica y singular.

El mexicano Horacio Franco nos hizo viajar el domingo Del Medioevo al danzón, hacer una breve estancia en The Beatles, repasar a los cubanos Ernesto Lecuona y Abelardo Valdés, y regresarnos a Bach y Vivaldi, este último tan genial que puede escribir, como dijera Franco, piezas sencillas y pensar profundo.

Con su flauta dulce —instrumento de una melodía asombrosa y que su ejecutante domina con virtuosismo—, una sensibilidad inmensa y acompañado del contrabajista Víctor Flores y Santiago Álvarez en el clavecín, Horacio mostró la valía de un lenguaje universal: la música.

Leo Brouwer ha dicho que este será el último festival. Esa fue la oración inicial de esta reseña y da paso a una pregunta que muchos melómanos se hacen: ¿Qué podría depararnos entonces octubre del año venidero? ¿Volveremos a encontrar propuestas interesantes que nos eleven el espíritu y nos recuerden que la música es espejo de nuestras vidas?

Porque este arte ofrece color a cada día de nuestras existencias, un tinte que nos conecta a ese lugar al que pertenecemos, aunque también dibuja la universalidad de los sentimientos. Creatividad no falta en la Isla. Pero el autor de Un día de noviembre, con su mirada integradora y un equipo laborioso de personas —encabezado por la musicóloga Isabelle Hernández— e instituciones, nos ha regalado un compacto de emociones únicas. Es algo que no deberemos perder.

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