La estatua

Como médico no puedo hacer nada por él, pero como aficionado a la escultura estoy dispuesto a inmortalizarlo con la más original estatua ecuestre que personaje alguno haya soñado

Autor:

Enrique Núñez Rodríguez

Todavía en el mejor caserón del pueblo se puede observar la tarja conmemorativa que reza:

—En esta casa nació Don Armando Gútara y de la Cuétara, ejemplar alcalde de este municipio, fallecido a consecuencia de un fatal accidente el día 3 de agosto de 1941.

El fatal accidente de referencia no podía ser explicado en la lápida. Y no precisamente por motivos de espacio. Hubiera sido muy difícil dejar expresado en aquella tarja para la posteridad, que don Armando Gútara y de la Cuétara murió, según se dijo, de una embolia, en el prostíbulo local, a consecuencia de haber ingerido, en exceso, el aporreado de tasajo que su esposa, la distinguida dama de la crónica social del periódico local, le había preparado con el sano propósito de que no se le pudiera correr aquella noche.

Don Armando, cuando quería evitar cumplir sus deberes conyugales con su esposa, se excusaba diciendo:

—Es que comí demasiado. Y tú sabes que soy de digestiones lentas.

Pero en la casa de María Pimentón las cosas eran distintas:

—Yo sí que no ando creyendo en eso, como opíparamente, y después hago lo que tenga que hacer.

Y así fue como aquella noche cabalgó el mejor de los caminos montado en potra de nácar, como en los versos que le hacía recitar a su secretario Ramirito, en los momentos en que el alcohol encendía sus afanes literarios.

Así lo encontró el médico     —jinete de mil batallas el tal De la Cuétara— cuando lo llamaron con urgencia de la casa de lenocinio. El doctor Cabezas se limitó a certificar:

—Como médico no puedo hacer nada por él. Pero como aficionado a la escultura estoy dispuesto a inmortalizarlo con la más original estatua ecuestre que personaje alguno haya soñado.

Y, después de tomar varios apuntes en su recetario, procedió a desmontarlo, con gran alegría de Fefa, la inocente homicida, a la que le habían advertido que no podía levantar el cadáver hasta tanto no llegara el forense.

Nadie se explica, todavía, el final de la despedida de duelo encargada al atribulado Ramirito, que expresó, con voz quebrada por el llanto:

—Murió en el cumplimiento de su deber.

Hay lealtades políticas que van más allá de la tumba. Únicamente así se explica que Ramirito le llamara el cumplimiento de su deber al accidente que le costó la vida al Mayor de Mango Jobo, el pequeño municipio de una de nuestras seis provincias por aquella época.

El pueblo, sin embargo, no recordó por mucho tiempo la pieza elegíaca del destacado orador. Quedó, eso sí, para siempre, en la historia del municipio, una especie de copla que una mano anónima escribió la noche misma de la inauguración en el pedestal del monumento:

Es una felicidad

morir como murió Armando,

que se murió cabalgando:

¡No se puede pedir más!

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