Guerreros de la paz

La verdad de esta vorágine habita en un pueblo hecho de campesinos, obreros, soldados, gente insurgente que no cree en planes internacionales de conspiración contra Venezuela y que no por gusto se lanzó a las calles, por millones, el pasado 19 de abril

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS.— El día antes de la gran marcha del 19 de abril recorrí una de las zonas más céntricas de la ciudad. Caminé mucho, hasta dar en una esquina con un grupo de seres que parecían no encajar en la modernidad: se les veía muy humildes, como llegados de remotas tierras, y vendían objetos todavía más extraños, como de otro tiempo.

Hablamos de todo un poco. Terminamos, incluso, despidiéndonos con un abrazo. Me sobrecogía la mansedumbre de aquellas personas que, efectivamente, habían llegado desde lejanos parajes. A solo horas de la gran marcha anunciada yo no dejaba de pensar en sus ánimos pacíficos, en aquella alegría infantil entre perlas, amuletos y piedras coloridas que ellos ofrecían a los transeúntes.

Este bravo pueblo ama la paz, la misma que el enemigo le está pisoteando. Entiendo por qué algunos han llegado a decir que la revolución en el poder tiene en sus venas sangre de guerrero indio, ese que sabía que la paz —la que se adelanta al sufrimiento— es la victoria de todas las guerras.

El 22 de abril, desde su cuenta en twitter, el presidente bolivariano Nicolás Maduro, hablaba, nuevamente, de la paz, y del imprescindible diálogo con quienes no quieren dialogar: «Estamos trabajando para que se mantenga el diálogo con el Vaticano, con la comunidad internacional y para controlar la violencia de bandas criminales que quieren practicar el terrorismo, pero en Venezuela se está imponiendo la paz».

El mandatario dijo que Venezuela seguirá venciendo ante los intentos desestabilizadores de la derecha nacional apoyados por el imperialismo: El fascismo y la intolerancia —afirmó— no van a poder con nosotros que llevamos la revolución en el corazón y que tenemos el amor por escudo.

Los amigos me preguntan si corro o no peligro, si la situación es tan crítica como se cuenta en las redes. Les digo que, desde el ojo del ciclón, la vida sigue su curso. No miento. Medito en que aquí los niños siguen sonriendo, que se anunció el 22 de abril, por ejemplo, que el poder popular organizado tendría el domingo 23, y así ha sido, una jornada especial para recuperar los sitios atacados por los bandidos de la derecha.

Alguien me ha comentado que solo un milagro salva a los venezolanos. Mi respuesta es que este pueblo parece ir de milagro en milagro —desde luego, la explicación anida en la intuición de millones de seres—; ellos solventan sus crisis, una tras otra. Abril ha sido un mes de mucha violencia, de destrucción y muerte. Pero la revolución aprende por segundos, y ya se habla del pueblo organizado, de una inteligencia social que informe a tiempo sobre cualquier posibilidad de fechoría para que los organismos de seguridad actúen oportunamente.

La verdad de esta vorágine habita en un pueblo hecho de campesinos, obreros, soldados, gente insurgente que no cree en planes internacionales de conspiración y que no por gusto se lanzó a las calles, por millones, el pasado 19 de abril.

Este pueblo no perdonará, por los siglos de los siglos, el odio. ¿Cómo querer a una oposición por culpa de la cual el pasado sábado permanecían cerradas 23 estaciones del Metro de Caracas, pues estaba en peligro la vida de los ciudadanos por cuenta de los actos vandálicos? ¿Cómo querer a una turba que incendia, desvalija comercios, asesina adolescentes, que ataca un hospital materno infantil?

Contra la animadversión se abre paso la voluntad restaurativa: el sábado 22 el Gobierno Bolivariano aprobó más de 7 000 millones de bolívares para ayudar a los propietarios de negocios que han sido víctimas del vandalismo promovido por grupos de derecha en el estado de Miranda y en la capital del país.

Lo triste es que los ejecutores de los desmanes —obnubilados por un paraíso que no tendrán, marionetas mareadas con promesas de una oligarquía que vive su dulce vida, de grupos de poder que desde el imperialismo norteamericano orquestan la contrarrevolución aquí y en hermanos países— no van más allá de una ceguera que les lleva a crear el desorden, a salir semidesnudos y encapuchados, dispuestos a destruir y a matar. Lo triste es que ellos también son hijos de la misma nación, pero rehenes (preñados de carencias materiales y del espíritu) de fuerzas nacionales e imperiales que pagan pero desprecian.

Sobre las razones que han llevado a la oposición a tomar sus decisiones irresponsables, el Ministro del Poder Popular para la Educación, Elías Jaua Milano, ha recordado en un reciente comunicado que ellas atienden, como ha dicho el presidente Nicolás Maduro, «a la orden de los fundamentalistas que hoy ocupan la estructura de poder del imperio norteamericano de generar el caos para justificar la intervención extranjera en nuestra Patria; en segundo lugar impedir el proceso de recuperación económica y social que iniciamos este primer trimestre del 2017, tras cuatro años de guerra económica; y en tercer lugar la incapacidad política y la falta de cohesión interna que los llevaron al fracaso de su gestión en la Asamblea Nacional, lo cual ha hecho que sus bases pierdan la confianza en ellos como dirigentes».

Esos tres elementos, ha explicado Elías Jaua, «los llevan a las acciones desesperadas de foquismo terrorista, con el fin de  provocar una guerra civil en el país. Es una apuesta al todo o nada. La Historia no los perdonará».

Los mejores antídotos políticos, como él ha dicho, «son la voluntad de paz de la inmensa mayoría de los venezolanos y venezolanas; la movilización popular revolucionaria; la unión cívico-militar; el ejercicio de la autoridad democrática del Estado para neutralizar estas acciones,  desmantelar la estructura generadora de violencia y condenar penalmente a los responsables materiales e intelectuales».

El Ministro llamó a «perseverar en la agenda de trabajo y mantener nervios de acero para no sobredimensionar las acciones terroristas y tomar decisiones erradas» que los lleven a morder la trampa de una guerra fratricida entre compatriotas.

La situación entraña definiciones históricas, y aquí los revolucionarios lo saben. Este domingo, con su lucidez acostumbrada, el periodista y analista político José Vicente Rangel ha enunciado que «Venezuela, sometida a una espiral de violencia promovida por sectores que buscan una intervención extranjera, vive la etapa culminante de una ofensiva contra la democracia y el Estado de Derecho, que es encarada por un Gobierno y un pueblo con una probada voluntad de neutralizar la violencia y la desestabilización».

La revolución en el poder no deja de invocar la defensa de la paz, del diálogo —camino que no conviene a los mercaderes del odio—. El pueblo, el que se organiza para sobrevivir, alimentarse, estar censado, para levantar una nación a quien nadie puede discutirle su grandeza ante la historia, sigue su curso inexorable. Yo lo vi este 19 de abril: compacto, hecho de rostros sudados, surcados de esfuerzos, de apego innegociable a la esperanza. Yo lo vi en la paz de aquellos hombres vendedores de perlas, amuletos y piedras coloridas, que tienen en sus venas sangre guerrera, y que, si las circunstancias lo piden, se multiplicarían, en un abrir y cerrar de ojos, por millones.

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