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Civilización contra barbijo

El punto débil no está a lo interno de nuestros cuerpos; lo que ha fallado es el modelo planetario, el sistema inmunológico de la humanidad, tan vulnerable que parece un milagro que no cayéramos antes en este laberinto

Autor:

Enrique Milanés León

Cuando en 2018 la Organización Mundial de la Salud advirtió que la próxima epidemia que conoceríamos sería, por su impacto, algo nunca visto y la bautizó con el inquietante nombre de «Enfermedad X», los grandes timoneles de la humanidad hicieron lo que más saben: dormir y callar. La epidemia llegó, tomó su bautismo y visas múltiples, traspasó las fronteras hasta tornarse pandemia y ahora, menos o más confinados según los perfiles nacionales de las cuarentenas, los seres humanos corrientes, simples tripulantes de la nave, estamos hartos de tanto sueño y de semejante silencio.

Todavía la potencia arcaica se enfrasca en un ping pong de culpas con China por el gentilicio del virus, sin darse cuenta de que, en este juego, o nos ponemos del mismo lado, como especie atacada, o perderemos por más amplio marcador.

El punto débil no está a lo interno de nuestros cuerpos; lo que ha fallado es el modelo planetario, el sistema inmunológico de la humanidad, tan vulnerable que parece un milagro que no cayéramos antes en este laberinto. A nivel global, las prácticas profundas contradicen el espíritu protector representado en la emergencia de los nasobucos o barbijos.

Para escribir La fábrica de pandemias, su último libro, la periodista francesa Marie-Monique Robin dialogó con 62 científicos de todo el mundo que le confesaron una certeza perturbadora: «Todos estaban muy deprimidos por lo que estaba pasando, porque sabían que iba a ocurrir, y también muy tristes de ver que seguimos en la misma dirección».

Los entrevistados de Robin sostienen no solo que la COVID-19 es apenas la parte visible de un fenómeno global provocado en buena medida por la actividad humana, sino también que, de no acabar con sus causas —ecológicas ellas y provocadas por la torpeza del hombre—, más adelante viviremos (o moriremos) lo que llaman una «epidemia de pandemias», cuya naturaleza no requiere mayores explicaciones.

La colega francesa recibió de estos científicos los detalles de un nuevo paradigma llamado «Una salud», dirigido a interconectar los programas sanitarios humanos con los de los animales y los ecosistemas en general, habida cuenta de las atroces consecuencias que las brechas con otras especies —cerdos, vacas, aves, murciélagos…— nos han traído mientras, en nombre de la economía y el progreso, son asolados con toda tranquilidad sus requerimientos o hábitats originarios.

La pandemia actual no es una maldición bíblica, sino parte de una crisis civilizatoria conocida como el antropoceno, dada la responsabilidad directa que la especie tan autosuficiente que somos tiene en los destrozos causados en el «lugar del crimen»: el planeta Tierra. El cambio climático, la pérdida continua de biodiversidad y los desequilibrios que implican son las pruebas principales.

¿Quedará algún terrícola que no sepa, por estudio o intuición, en nombre de qué y de quién se asola la naturaleza? Muchos, entonces, optan por llamar a esta crisis la del capitaloceno, porque el término alude directamente al resultado de la acumulación capitalista a cualquier precio.

Latitud a latitud, capa a capa, árbol por árbol, piedra bajo piedra… se violan los refugios naturales y especies enteras se ven —sin la conciencia cuestionable del mayor depredador— obligadas a una estampida que, a la larga, entraña posibilidad de desaparición y riesgos patológicos a terceros. También la defensa inmunológica de los animales se compromete y, en ese declive que parece carambola, hay una amenaza muy directa para el hombre.

Los pueblos quedaron esperando los frutos gozosos de la globalización. Nunca llegaron; parece que para ellos no hubo libertad de viajes. Lo que sí trajo en abundancia para el tercer mundo ese proceso —anunciado como panacea allá por los años ‘90—, fue una devastación ecológica que engrosó, en lugar de las arcas nacionales, la desigualdad. Una pandemia más, una menos, es parte de la factura.

Además del concepto de «Una salud», el pensamiento progresista defiende la idea de la «Salud planetaria», centrada en los vínculos entre la sanidad humana y los sistemas políticos, económicos y sociales que la sustentan, así como con los sistemas naturales de que depende el destino de la civilización.

Estas ideas implican la lucha por una filosofía de vida que frene el orden neoliberal en función del avance social, desde el respeto al mundo natural. Ello se emparenta con las ideas de Buen vivir y reverencia a la Pachamama defendidas, entre otros, por los ya expresidentes —acosados ambos por el gran capital— Rafael Correa y Evo Morales, respectivamente.

No, no se les puede poner precio a la naturaleza ni etiquetas económicas a los pueblos, pero se ha hecho. Ante la conmoción resultante, ha vuelto a la palestra la corriente de la colapsología, criticada por su acento radical, pero plenamente coherente con una época en que, además de la soledad —que ya lo era antes de esta era de encierro—, la otra gran peste de nuestra especie parece ser el miedo.

Muy vinculada con el problema del cambio climático y con la condena de la explotación extrema de los recursos naturales, la colapsología, nacida en Francia, alerta del hundimiento generalizado de la civilización industrial a causa de un modelo extractivo agotado en más de dos siglos, pero no lo hace —vale apuntarlo— desde el simple lamento; también llama a cambiar el panorama con solidaridad en vez de competencia.

Si bien en su ensayo Antes del colapso, Yves Cochet, ecologista y exministro de Medio Ambiente de Francia, prevé un hundimiento global antes de 2030 y sostiene que con el nuevo coronavirus «nos dimos cuenta de que no estábamos en absoluto preparados y que por lo tanto todo esto está llegando antes de lo que pensábamos», se abstiene de afirmar que la pandemia marque el derrumbe general. «Es demasiado temprano para saber si es demasiado tarde», señala.

Ese juego de temporalidades remite a reportes de prensa que a inicios de año informaban que en el simbólico «Reloj del juicio final» estamos, como en 2020, a solo cien segundos del apocalipsis, más cerca que nunca de lo que los científicos atómicos llaman «la medianoche» o fin de la humanidad. ¿Por la pandemia? No, por la mala gestión global frente a ella.

«La letal pandemia de COVID-19 sirve como una “llamada de atención” histórica, una ilustración vívida de que los Gobiernos y las organizaciones internacionales no están preparados para manejar las amenazas que verdaderamente pueden poner fin a la civilización humana, como las armas nucleares y el cambio climático», comunicó el Boletín de la Junta de Ciencia y Seguridad de los Científicos Atómicos, en consulta con su Junta de Patrocinadores, que incluye a 13 premios Nobel.

Esta iniciativa, que mensura en tiempo los graves peligros de la humanidad, no es reciente. Fundado en 1945 por Albert Einstein y académicos de la Universidad de Chicago, el Boletín de los Científicos Atómicos creó el Reloj del juicio final dos años más tarde, usando la imagen del apocalipsis, traducido como «medianoche», y la cuenta regresiva hasta cero, como en los experimentos nucleares, para ilustrar las amenazas severas a la humanidad.

En sus inicios, tras la Segunda Guerra Mundial, el Reloj del apocalipsis apuntaba a siete minutos antes de la medianoche; en 1991, cuando el supuesto final de la Guerra Fría, retrocedió a 17 minutos antes de la medianoche, pero en 1953, 2018 y 2019 estuvo a dos minutos de la medianoche.

El corazón humano es un reloj… de sangre. Frente a angustia similar, el escritor italiano Paolo Giordano se abrió el pecho en confesión a inicios del año pasado en su libro En tiempos de contagio, cuando el SARS-CoV-2 era aún un bebé diabólico: «No tengo miedo de caer enfermo. ¿Y de qué tengo miedo? De todo lo que el contagio puede cambiar. De descubrir que el andamiaje de la civilización que conozco es un castillo de naipes. De que todo se derrumbe, pero también de lo contrario: de que el miedo pase en vano, sin dejar ningún cambio tras de sí».

Habrá que cambiar. Habrá que sincronizar los miedos y los valores. El virus hizo del mundo un solo país, «suyo», y hay que desalojarlo con mucho más que vacunas. No debemos esperar el lúgubre pronóstico de una «Enfermedad Y» para parar de una vez el minutero que evoca las amenazas a la existencia.

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