Mentiras corporativas

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Es algo agotador. Cuantos escribimos en la prensa cubana lo sabemos bien, y estamos acostumbrados, qué se le va a hacer si mucha gente se empeña en tomar la parte por el todo, la mentira por la norma, el absurdo por la divisa.

Ayer conversaba con el historiador Piero Gleijeses, experto en política exterior norteamericana y profesor de la Universidad John Hopkins. El punto que él trataba de demostrarme era que, para hablar mal de Cuba, no se necesita presentar prueba alguna. Es esta una de las prácticas más nocivas y corruptas que en verdad puedan darse, porque equivale a amparar cualquier abuso, cualquier ilegalidad o delito, cualquier grosería y cualquier daño.

Miren este ejemplo. Me suscribí hace meses a un sistema de alertas de noticias sobre Internet y Cuba. Día tras día solo he recibido el mismo bocadillo: «Cuba restringe el acceso a la Internet», que ya tiene suficiente mérito para incorporarse al real diccionario de los lugares comunes. Venga o no a cuento, lo cuelgan de una información sobre la telefonía celular en Honolulu o de un análisis sobre los virus informáticos en Gambia.

Como les dije, es agotador. Acabo de leer una elogiosa reseña a un cable de la agencia AP de este fin de semana, firmado por Will Weissert, donde reaparece esta frasecita, sin que ni el periodista ni la publicación que lo elogia por satanizar a la Isla se tome el trabajo de demostrar o al menos contextualizar esta acusación. También se asoman por aquí y por allá los ecos de una nueva fantasía surgida a raíz de la nacionalización en Venezuela de la compañía telefónica CANTV: la supuesta «cubanización» de las telecomunicaciones venezolanas, porque se ha llegado al acuerdo de tender un cable submarino de fibra óptica entre los dos países, proyecto nacido a la vera de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) y que demorará dos años en interconectar tierra cubana y venezolana.

Para condimentar el prejuicio contra la Internet cubana, han utilizado una fuente experta, Antonio Pasquali, autor de varios libros sobre comunicación e Internet, y obviamente un hombre cegado por el odio contra Chávez. Jamás este señor —como tampoco todos los que en este mundo machacan sobre el tema— reconoce que Cuba no se autobloquea, ni bloquea a nadie. Han sido las sucesivas administraciones estadounidenses las que han restringido el acceso, las que obligan a los cableoperadores a pedir permiso al Departamento del Tesoro para ampliar cada pedacito de ancho de banda vía satélite y las que le han impedido a los cubanos conectarse al tejido mundial de fibra óptica submarina, que posee ocho puntos muy próximos a nuestras costas.

Me tomé el trabajo de escribir a las redacciones de los diarios —algunos, como The Wall Street Journal que se pinta como un periódico serio, tradujeron al inglés las declaraciones de Pasquali. No se dieron por enterados de la réplica, a pesar de que podían verificar fácilmente, incluso con otras fuentes que no fueran las nuestras, que el «experto» especulaba descaradamente. No se les pedía que buscaran los argumentos en el diario Granma, sino en la legislación norteamericana, como la Ley Torricelli, que impone multas de 50 000 dólares a quienes favorezcan, dentro o fuera de EE.UU., el más mínimo beneficio de la Isla a través de la red.

Pero lo más agotador no es este goteo insoportable de lugares comunes, cosa que viene ocurriendo desde hace más de cuatro décadas con casi todo lo que huela a Cuba, y que más tarde o más temprano se desinfla como un globo de Cantolla. Lo más agobiante, y lo que día a día se extiende y crece, es lo que podría denominarse «corporativismo de la mentira», este modo frívolo de meter a todo un país dentro de la etiqueta de un prejuicio. Y esto no es solo nocivo y corrupto, sino irracional y fanático.

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