Ocaso - Opinión

Ocaso

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Alborada y atardecer son dos transiciones opuestas del tiempo y la luz. Una despierta y alista hasta levantar el día con los primeros oros del sol: sugiere ascenso. El otro va cerrando cuentas con malvas y granas, hasta sumirnos en el recuento y la intimidad: es caída, ocaso del fárrago y pase a la ensoñación.

Son igualmente efímeras en sus mutaciones esas antípodas temporales. Se esfuman segundo a segundo, iluminando o apagando. Cierras los ojos por un instante en el amanecer o el crepúsculo, y ya se ha fugado el paisaje que parecía inamovible. Son los orgasmos de cada día, en contraste con tantas horas homogéneas, aburridas de luz o de sombras. Suelen impregnar el espíritu de sensaciones encontradas, de excitación o paz interior…

Entre esas dos progresiones, me quedo con la belleza suicida del atardecer, aunque deje trazas en el alma, y densos coloides de tristezas, silencios y soledades. Es cuando uno se vuelca sobre sí mismo y olvida el reloj y la urgencia, para sanar las heridas de cada combate en el diario existir. Para hacer ciertos cortes, mirarse al espejo, lavar las culpas, y estar con los suyos.

Las nostalgias más rapaces que uno lleva en la vida se incubaron en los enigmas y melancolías de los atardeceres. Siempre en esos instantes partía alguien de tu vida. De niño, los primos que llenaban tu casa de alegría por un fin de semana, la deja-

ban yerta como una galaxia silenciosa, cuando retornaban a su hogar en el crepúsculo de un domingo pueblerino… Después, muchos seres queridos te abandonaron una tarde exhausta desde la ventanilla de un tren, y tú quedaste en el andén muy solo.

Las canciones que marcan los latidos de tu vida, te parece escucharlas, adolescente inveterado, en ese duelo de luz y sombra, de sol y luna. Y el amor más intenso y desbordado, se extravió siempre al doblar de una esquina, ya casi no se veía su falda presurosa cada vez más pequeña, cuando la noche iba tragándose tanta evidencia, y solo quedaba una franela gris azulosa al oeste del cielo.

Ese intermezzo extravagante entre el día y la noche ha inquietado a muchos poetas y pintores, pero fue obsesión en el español Juan Ramón Jiménez: «Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera». Es también esa luz apagándose lentamente en tantos filmes de tu vida, una puerta rechinando hacia los misterios de la noche. Y así sucesivos soles y lunas relevándose, para que despiertes todos los días a los dulzores y crudezas de la vida, y vuelvas a extraviarte al crepúsculo.

Así, entre el vivir y el soñar, entre el estar y el ser. Los enigmáticos viajes del día a la noche, siempre pensando en despertar… hasta un día, en que la tarde violácea se lo lleva todo consigo.

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