Dame la mano y… ¿a qué jugamos?

Autor:

Lianet Escobar Hernández

Cuando era pequeña ser feliz era muy fácil. Bastaba un grupo de amiguitos del barrio, una cuerda para saltar, una tiza, una lata vieja, una gran reserva de energía y alguna que otra iniciativa, de esas que solo los más chicos conocen.

Ahora da la impresión de que la felicidad de un niño tiene mucho que ver con las nuevas tecnologías. No importan los daños que hagan al bolsillo, el caso es que los videojuegos, las computadoras y las películas animadas han usurpado el lugar que una vez le correspondió al trompo, a los yaquis, a la suiza y a otras tantas diversiones que poco a poco se marchan de la vida de nuestros infantes.

Y yo me pregunto: ¿irán camino al olvido?

Tiempo atrás tuve la oportunidad de asistir a la inauguración de la octava edición de los Juegos Tradicionales Interbarrios, que cada año encuentran su espacio en los alrededores del Parque Metropolitano de La Habana.

La idea nació con el objetivo de reunir durante tres días del verano a un grupo de niños y niñas pertenecientes a diversas comunidades capitalinas, los que compiten con la seriedad de quien no quiere perder, pero sin renunciar a la diversión de un juego que, aunque un tanto viejo, es capaz de arrancar un sinfín de sonrisas.

Esta iniciativa —por supuesto, sin oponernos al desarrollo y a los avances tecnológicos a los que todos tenemos derecho— bien pudiera ser una solución que cierre la tapa del baúl de los recuerdos, ese al que los juegos tradicionales parecen condenados a entrar.

Sin embargo, no dejan de preocuparme algunas cuestiones que atentan contra la buena intención de rescatar la simpatía de los infantes cubanos por las costumbres de nuestros padres y abuelos: ¿por qué son convocados únicamente barrios aledaños al parque habanero? ¿No se piensa nada para el resto de los pequeños?

Tengo entendido que en algunas provincias del país, sobre todo en las zonas montañosas, se realizan casi de manera constante festivales deportivos y recreativos que buscan incentivar en los más chicos el gusto por las formas menos «a la moda» de entretenerse.

No obstante, aquellos que viven en el ambiente citadino están alejados de dichas iniciativas. El programa Deportes para todos, auspiciado por el Inder, ha demostrado ser una solución viable pero… ¿será suficiente?

Considero que el torneo de los Juegos Tradicionales Interbarrios merece ampliar sus horizontes, sus participantes y sus propósitos.

La máxima organización deportiva del país con su presencia en este certamen a través de las exhibiciones de karting, deportes extremos y motocross, tal y como ocurrió en esta octava edición, podría tener en sus manos el aliciente necesario para dar al evento una mayor connotación.

Hacer hasta lo imposible por no dejar morir nuestras más arraigadas tradiciones es un deber que tenemos con quienes están por nacer y —por qué no— también con nosotros mismos, porque no sé ustedes, pero yo todavía mato nostalgias de vez en vez con 12 yaquis y una pelotica de ping pong.

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