Puro, ¿qué hora es?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

«Puro, ¿qué hora es?», le dijeron noches atrás a una de las personas más buenas, puras e inmensas de espíritu que conozco. Él, con su cordialidad habitual, se dispuso a contestar sin importar que fuese plena medianoche en una calle semioscura ni los interesados, cuatro muchachos de su tamaño. Segundos después ya los tenía encima.

Lo de menos fueron los golpes, que no resultaron graves; lo de menos fue lo que se llevaron, que las personas tan buenas casi nunca andan con mucho; lo de menos fue que destrozaran su ropa y forcejearan desmesuradamente intentando arrebatar más; lo de menos fue el susto que pasó y el pensamiento inquietante de cuánto pudo llegar a ocurrir. Lo que sí importa —e importa demasiado— es el dolor desconsolador y preocupante que queda.

Porque este hombre vulnerado y salvado gracias a algún misterio del destino, que hizo que los chiquillos se largaran corriendo cuando creyeron ver que una luz se aproximaba; este hombre cree con fe en el mejoramiento humano, en la mujer y el hombre nuevos, en la juventud como fuerza impulsora y con derechos; cree en la esperanza de un futuro mejor en el que los sentimientos y los valores tengan el mando de cada proceso.

Por esas razones su angustia es mayor. Y la rabia y la preocupación de todo ser que lo conoce no tienen límites. Porque nadie entiende que cosas como estas ocurran. Y ocurren con mayor frecuencia de la que desearíamos, porque nadie quiere violencia en sus calles. Y provoca un sentimiento de impotencia saber que un atraco diseñado en cualquier jugarreta, pudo tener consecuencias en la vida de un hombre extraordinario, tanto como puede serlo uno de nosotros.

Y aunque lo más seguro, lo más natural, lo que probablemente sea una certeza, es que los jóvenes que cayeron a ese nivel de inhumanidad y falta de todo, ni siquiera se encuentren con estas líneas de pasada, hay que escribirlas, por si acaso, por mucho.

Porque duele y preocupa que en un país que lo da todo por formar personas de bien, un ciudadano tenga que sufrir estos ultrajes. Porque preocupa que seres tan nobles e imprescindibles como este soñador-luchador vayan a padecer a manos de quienes buscan «unos pesos» para lo que sea.

«La cosa está mala», dicen algunos. Y entonces pronostican para estos intensos meses de vacaciones lo mismo que puede hacerse frecuente cuando llega diciembre o un período festivo: robos. Bien cierto es que la seguridad de nuestras calles no puede compararse con la de otras geografías, pero tampoco estamos exentos de ciertos sobresaltos.

Y que nadie se atreva a caer en la trampa de justificar con las dificultades materiales el hecho de transgredir barreras que atentan contra la vida humana, porque la existencia no tiene precio, aunque los valores y las buenas actitudes casi siempre aparenten un alto costo.

Un costo como el que pudo pagar este gran amigo de buena fe. Un costo como el que puede pagar cualquiera si no arremetemos con mayor fuerza contra el bandidaje callejero que a ratos asoma en una esquina. Un costo como el que pagaría la nación si se expanden estas criaturas que se alejan de su vientre bueno, y a las que el «puro» que les dio la hora y recibió golpes a cambio, y tantos como él, se empeñan en salvar, amparados en el sentir martiano que pone al amor y a la educación como las fuerzas más transformadoras del mundo.

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