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Nadie lo sabe todo

La ciencia dista mucho del almacén acumulativo. La verdadera cultura no es la erudición que sistematiza y organiza el saber, sino la habilidad, la destreza de saber qué hacer con él, hacia dónde encauzarlo y cómo instrumentarlo en la vida

Autor:

Rufo Caballero

En una atenta carta digital, un joven me pregunta por qué hago periodismo. Él anhela ser periodista, pero detrás de su indagación, intencionada, descubro el prejuicio de quien no ve el periodismo, precisamente, como la más alta profesión. Sale a relucir la tirantez entre la crítica científica y la impresionista, el periodismo cultural y sus riesgos, etcétera. Ciertas discusiones parecen sesudas, además de interminables, cuando de hecho rinden un profundo homenaje al sinsentido. Entre ellas, la polémica a propósito de la distinción entre ciencia y periodismo.

En ocasiones, asoma el ademán arrogante de ciertos autores que se autotitulan científicos, y se tranquilizan a partir de un criterio externo, fonético, cómodo, sobre la ciencia. Algunos consideran que con usar un poco de palabrejas raras, llenar de citas y de fárragos referenciales el texto, con lograr que el texto resulte más complicado que complejo, ya son científicos. La ciencia dista mucho del almacén acumulativo. La verdadera cultura no es la erudición que sistematiza y organiza saber —no poco valiosa, por cierto—, sino la habilidad, la destreza de saber qué hacer con él, hacia dónde encauzarlo, cómo instrumentarlo en la vida.

En el caso de la interpretación de la cultura artística, no basta con lo abultado de la referencia. Es ese un primer momento. Un momento clave, base de todo: hay que estar informado, actualizado, tratar de leer lo más posible, pero, después, después viene la digestión, la interiorización de todo eso, y la conversión de la referencia en conocimiento, en método propio del discurso; en una palabra: en sabiduría. Si revisamos la cultura cubana de las décadas más recientes, y queremos precisar un paradigma de sabiduría y de ciencia de la interpretación, probablemente tengamos que pensar en Beatriz Maggi, una mujer que ha hecho de la escritura y de la lectura una voz y una visión sobre el mundo.

En la vastedad de fuentes que pasea la Maggi, en el modo tan solvente como entra y sale de la historia de la literatura, hay real erudición; pero luego, la Maggi produce un misterio, un enigma artístico, que tiene que ver con el tono de la escritura. El modo como la Maggi escribe no se parece a nada ni a nadie: ella convierte el magma de los datos posibles en fluidez de un conocimiento que se enfunda en la literatura para terminar en la vida, en el mundo. O mejor: no creo que termine, sino que comience allí. La cultura no es una finalidad (ostentar erudición), sino un instrumento, que permite al humanista, al crítico, al escritor, mejor comunicarse, y, primero que eso, entender el mundo. Otros casos relevantes, en las décadas más cercanas, serían los de Roberto Fernández Retamar, Fina García Marruz, Alfredo Guevara, Roberto Méndez, Alberto Garrandés, entre otros.

Con frecuencia, se escucha también que el ejercicio del periodismo cultural suele carenar en la «gacetilla», término despectivo con el que se pretende resolver, de un plumazo, todo un oficio, con la misma ligereza que se supone la ciencia como solo debida al teorema y al silogismo. Cuando hay conocimiento, cuando hay autoridad, cuando hay voz de escritura, una de las prácticas más difíciles y excitantes resulta la del periodismo cultural, porque en dos o tres cuartillas, usted tiene que compartir ideas, despertar motivaciones, estimular la apetencia por determinados productos o fenómenos. Ser intenso, ser sensato, decir cosas sin petulancia, porque a menudo la petulancia es vecina íntima del ridículo.

Si usted en dos cuartillas aspira a hacer un tratado semiótico para la prensa, no es semiótica lo que conseguirá, sino el ridículo. Otra cosa es la habilidad de algunos colegas para traducir todo un background referencial en un decir diestro e invitador, que alumbre y no que ciegue, que ilumine más que deslumbre con frases o citas snob. El sentido común mueve a reservar esos tratados para las publicaciones especializadas, donde, por cierto, también se demanda una prosa amable, la virtud de la emoción crítica, o del humor, porque a quien lee, en nombre de la seriedad y el rigor, no tienen por qué salirle úlceras al tratar de recorrer un texto intransitable.

La indigestión teórica suele ser un mal frecuente en los jóvenes egresados de las carreras de Humanidades. Resulta natural: en algunos casos, porque los 20 años son el tiempo de sentir que te comes el mundo o el mundo te traga a ti, o, en los casos más humildes, sencillamente porque no se tienen las herramientas de comunicación que favorecen el buen decir, que lubrican el lenguaje y garantizan mecanismos de empatía que no tienen por qué entenderse como concesiones. Tal indigestión, decía, es comprensible en los jóvenes, pero ya bastante menos en personas no tan jóvenes, que no se curan nunca de esa prepotencia de la cultura como almacén, y que, so pretexto del rigor, esconden muchas veces una real falta de creatividad, de visión personal sobre el mundo y la vida, una prosa impersonal y descafeinada, o una total incapacidad para urdir un texto seductor, que no tiene por qué militar en las antípodas del «rigor». ¿Dónde está ese Pantocrátor que lo sabe todo y puede dictaminar un único color del rigor?

Quien esto escribe no ha sido ajeno, en modo alguno, a los errores y malentendidos aquí abordados. Pero al menos asume que sacudirse el empacho ha sido un buen aprendizaje. Con la misma gracia que puedo intentar un ensayo reflexivo sobre algún fenómeno de la cultura o la vida, puedo proponerme, y lo hago con tremendo placer, una crónica en un periódico, donde deba afrontar el imperativo de decir en síntesis y, en lo posible, con contundencia. Si eso es «gacetilla», pues bienvenida la gacetilla que puede resultar útil a los demás y que le permite a uno compartir ese poquito que conoce y que el tiempo le ha permitido sedimentar. Nada es tan gratificante como el placer de resultar útil a los demás, en algún sentido. Al menos quien esto escribe no desprecia absolutamente a nadie, y está convencido de que, mientras más sepa, mayor será el abismo que se abra ante sus ojos, como es el conocimiento de inabarcable, de inatrapable en un par de frasecitas in. Lo mismo para hacer ciencia que para hacer periodismo —sin desdeñar que existe, y no con poco valor, un periodismo de alcance científico, así como también la facultad de hacer ciencia desde el auxilio de la fluidez y la comunicabilidad que reporta el periodismo—, se requiere humildad y comprensión acerca de que nunca nadie lo sabe todo. Nunca. Por otra parte, a veces una metáfora dice más que diez conceptos juntos.

Sirvan estas páginas de homenaje a los grandes científicos y a los buenos periodistas de este país, si fuera que ambas cualidades no concurrieran ya, orgánicamente, en las mismas personas. Ellos no se entretienen en sembrar comarcas excluyentes; entienden cómo corre el auténtico conocimiento: de forma semejante a como corre el río caudaloso y sereno. En muchas y seguras direcciones.

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