Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La marca amarilla

Autor:

Rosmery Pineda Mirabal

¿Por qué tantos colores si una conducta social responsable es suficiente? Bastara hacerse esta pregunta para comenzar una reflexión que hoy, tal vez, no encuentre la más lógica y predecible de sus respuestas. Y es que a veces, siendo tan marcadas las diferencias, algunos no logran percatarse de lo importante: la sensibilidad humana.

No es menos cierto que abordar un ómnibus en estos tiempos se torna una tarea complicada, y quienes suelen frecuentarlos son testigos de historias y situaciones que en muchos casos nos llevan a la ira y la molestia, e incluso hasta cuestionarlas en alta voz sin ser los protagonistas directos.

Si además de lo difícil que se ha vuelto sopesar la espera en las tumultuosas paradas, aguardas con un niño en brazos o precisas de un bastón para subir a la guagua, entonces puedes considerarte víctima de un problema real que estando a bordo quizá se complejiza.

Como parte de una norma que busca llamar la atención de aquellos que no han aprendido bien las buenas conductas o los valores humanos, pero tal vez sí los colores; casi la totalidad de los ómnibus que circulan en el país llevan la marca amarilla como señal de garantías para quienes montan con alguna limitación física.

A pesar de esto último, suelen escucharse los llamados de una madre que apenas puede sostenerse entre los bultos y el niño que carga, para que aquellos que ocupan sus asientos «especiales» reaccionen de su aparente «adormecimiento» o de las vistas despistadas y levanten del suelo esa mirada indolente.

No obstante, hay quienes deben esforzarse aún más en su reclamo, pues no especifican bien su dificultad física. Es ahí cuando se generan, algunas veces, discusiones entre pasajeros que asumen de manera estricta las indicaciones de las pegatinas y esperan «disciplinadamente» para levantarse, como si la responsabilidad entendiera de colores, rectitud y desidia individual.

Al contrario; se trata de valores, de comprender el momento y activar a cada instante la sensibilidad. De empatizar con los demás para que los vacíos sociales se llenen con buenas actitudes.

Pese a esto existen otras personas que, navegando en las aguas de la indiferencia y frente a la ausencia de marcas aclaratorias en nuestros ómnibus, no se sienten en el compromiso de ofrecer un asiento al abuelo o al discapacitado.

Y no exagero; es una realidad doliente que hace cuestionarnos la falta de sentido común de unos muchos. Cuando debería primar el buen trato nos damos cuenta de que la solución no está ni en el amarillo intenso, ni en las pegatinas explicativas y menos en los reclamos.

A veces se olvida que usamos el transporte público con la misma necesidad de llegar al centro de trabajo, a una consulta médica o a una puesta teatral, por ejemplo; de impedir caminatas extenuantes bajo el sol o de optar por el precio menos costoso para tramos extensos y que, al igual, nos afecta el desespero de no caber hoy ni siquiera en el último escalón de la guagua.

Aun así no pueden convertirse estos problemas en pretextos para justificar los maltratos y la falta de sensibilidad. Hay marcas que no llevan colores y siguen siendo las que más nos afectan.

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