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Dan a conocer Premios Nacionales de la crítica literaria

El género Ensayo fue el gran favorecido de esta edición, en la cual el jurado debió escoger los mejores diez libros entre centenares de volúmenes publicados en todo el país durante el pasado 2005 Fragmento de la novela La visita de la infanta Alberto Garrido o la fidelidad a la escritura La poesía de León Estrada Palabras cruzadas con Eduard Encina Lecturas Renovadas: El Tábano Una vieja redonda

Autor:

Juventud Rebelde

Un poco tardíamente en relación con años anteriores, el Premio Nacional de la Crítica dio a conocer por fin sus resultados. El género Ensayo fue el gran favorecido de esta edición, en la cual el jurado debió escoger los mejores diez libros entre centenares de volúmenes publicados en todo el país durante el pasado 2005. Tras largas lecturas domésticas, y periódicas sesiones de trabajo donde se confrontaron —y enfrentaron— juicios y saberes, para las cuales ofreció sus salones la hospitalaria Fundación Ludwig, la decena seleccionada nombró obras de autores cubanos de varias generaciones y atenciones.

Aunque de buena gana habríamos deseado que la lista hubiera sido algo más extensa, fue lógicamente imposible, y como se convino que no se haría pública la memoria de los libros finalistas, excusen nuestra discreción autores de primera línea que concursaron con buenas obras y que se mantuvieron entre los favoritos hasta el final, también las casas editoriales que apostaron al Premio sus justas esperanzas y, sobre todo, los lectores. Pero hay que aprender de una buena vez a ser discretos.

Entre los títulos distinguidos por el jurado estuvo desde el inicio Alejo en tierra firme (Editorial Juan Marinello), de Leonardo Acosta, especie de guía para transitar sobre Los pasos perdidos, una de las novelas mejor conocidas —eso creíamos— de Alejo Carpentier. Acosta, siempre creativo, no solo dialoga con la obra y su autor, de quien tuvo la suerte de ser amigo, sino con sus entornos sociales, musicales, históricos, incluso críticos a través de un prisma libre de prejuicios, ajeno a densas panoplias tecnológicas de moda entre ciertos ensayistas. Un volumen que echa luz sobre nosotros mismos es El Caribe en su discurso literario (Editorial Oriente), de los doctores Margarita Mateo Palmer y Luis Álvarez y Álvarez, que insiste en interrogantes sensibles como las referidas a la insularidad, al ser (o no) caribeño, una obra que se detiene, a través de la poesía, las expresiones populares de la cultura, la música, el carnaval, la novela y el ensayo, en asuntos profundos que nos son comunes a quienes vivimos en esta parte del planeta, como raza, mitos, lenguas, etnias, migraciones...

Fina García Marruz obtuvo este año —una vez más— el Premio Nacional de la Crítica con un libro que merecía una edición menos modesta y mejor cuidada: El amor como energía revolucionaria en José Martí (Centro de Estudios Martianos), colección de trabajos de la gran poetisa cubana fechados entre 1973 y 1974, que discurren apasionadamente en el pensamiento del Apóstol. Obra de amor, y claro cultivo de amor, y voluntad de comprensión, la de Fina.

Con dos libros de ensayos resultó favorecida la Editorial Letras Cubanas: El hombre discursivo, de Antón Arrufat, y Contra el silencio, de Zaida Capote, la benjamina de los lauros de este año. Arrufat reunió trabajos, casi todos de mediana extensión —ensayos y artículos— acerca de escritores y libros, la poesía, el amor de pareja, temas obsesivos, escritos en los últimos años. No detiene el impulso cuando la mano narradora sale y va donde quiere, ni cuando el conversador se permite la anécdota, o entra en un cine llevando sobre el hombro izquierdo el fantasmita de Montaigne. De la mano de Zaida Capote atravesamos la verja que conduce al legendario jardín de Dulce María Loynaz hasta encontrarla en su realidad fundida y refundida en territorios del sueño, y es justo allí donde Zaida la inquiere, la sondea y nos la revela, al presentárnosla bajo nueva luz, más cercana, tangible, mejor comprendida y contorneada: «Contra el silencio», no es solo título, sino divisa de este libro.

También bajo el sello Letras Cubanas resultaron recompensados por la Crítica los libros La visita de la infanta (Premio de Novela Alejo Carpentier), de Reinaldo Montero, y Ensenada de Mora, de Alex Pausides, único poemario que consiguió atravesar los tamices finales de los jurados de este año. La obra de Montero, que mereció el Premio de Novela Alejo Carpentier 2005, se inscribe en una tradición de los diarios de viaje, suerte de confesor o espejo, a través del cual asistimos a la visita que Eulalia de Borbón hizo a La Habana, en folios que no economizan ingenio ni pasajes joviales. Casi 300 páginas que poseen, además de «garra» narrativa de pulso vigoroso, aquel raro ingrediente al que los antiguos llamaban amenidad, lo cual no es poco decir.

Premiar Ensenada de Mora, de Alex Pausides, es un acto de justicia para una zona de la poesía cubana mal leída, ignorada o «ninguneada» por mucho tiempo por ciertos críticos que en los días en que se escribieron estos poemas —años 70 casi mediados y también un poco después— no se encontraban exactamente en Belén con los pastores, sino muy ocupados favoreciendo una expresión chata y panfletaria, que no era poesía ni algo que se le aproximara. Por primera vez se publican en libro, versos que aparecieron originalmente en ediciones ínfimas, pobrísimas, de donde el lenguaje saltaba nervioso, salta, libre como pocas veces lo ha sido en nuestra lírica: aquí campeo a lo idílico... Poetas jóvenes y jóvenes lectores descubrirán ahora a aquel Pausides y se deslumbrarán, igual que le sucedió a cierto muchacho hace veinte y tantos años cuando leyó uno de aquellos cuadernitos de pliegos de gaceta que cabían en la palma de la mano: ah mundo amor mío. Solo por las razones apuntadas se consuela uno de lo poco representada que resultó la poesía esta vez.

Es de suponer que Mirta Yáñez se sienta muy feliz con las opiniones que han generado sus Falsos documentos, colección de cuentos apretada y estupenda, «literarios» en el sentido justo, es decir, en el mejor. Maduros, grávidos, recorridos de buen humor sin chirigota ni estridentismos, inteligentemente escritos y ordenados con delicadeza. Si no hubiese prometido discreción podríamos decir aquí que recibió su premio por unanimidad. Por su parte, Ivette Vian escribió una novela basándose en la historia de una familia fabulosa (la suya) en la que lo mágico es sencillamente cotidiano. Una vieja redonda tiene además el mérito del idioma, de la música justa, bien trabada, en sus líneas y palabras. Está escrita con naturalidad y emoción, y por eso regocija y da gusto. Aunque pertenece a una colección de libros para niños y jóvenes —Ismaelillo— no pesó esa característica para premiarla por motivos de «representatividad» ni mucho menos. Además de los dos anteriores, otro libro de Ediciones Unión recibió «el de la Crítica»: La neblina del ayer, de Leonardo Padura, que marca el regreso de un viejo conocido nuestro, el investigador Mario Conde, ya retirado de la policía y entregado al movedizo negocio de venta de libros viejos. Se ve (nos vemos) en medio de una intriga cuyos primeros hilos parten de La Habana equívoca de los años 50 al compás de boleros de letras desgarradas y concluyen en zonas mal iluminadas de nuestra actualidad. Justo es decir que la decisión del «de la Crítica» fue anterior a la noticia del Premio Dashiell Hammett que obtuvo La neblina...

Por último, leer estos y otros tantos libros, y discutirlos, a veces airadamente con los ilustres intelectuales cubanos Rogelio Rodríguez Coronel, Marta Rojas, Denia García Ronda, Rafael Acosta Dearriba, Norberto Codina, Helmo Hernández, Cira Romero y Jorge Ángel Pérez resultó un honor para mí.

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