Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Un dilema vital

La mujer cubana como centro de atención de dos espectáculos que ofrece Vital Teatro en la sala del Bertolt Brecht 

Autor:

Osvaldo Cano

La mujer cubana es el centro de las preocupaciones del programa doble que ofrece Vital Teatro en el Café Teatro Bertolt Brecht. Santa Emilia de los destierros, de Ulises Rodríguez Febles, y Meseras, de Alejandro Palomino, son los títulos de los montajes que, con muy buena acogida, proponen al público en la sala capitalina. Ambas puestas en escena son dirigidas por Palomino, quien promete realizar, próximamente, nuevos estrenos basados en textos de la dramaturgia cubana contemporánea.

Santa Emilia de los destierros es una versión del monólogo titulado Emilia habla con los que no la escuchan, del conocido dramaturgo matancero Ulises Rodríguez Febles. Tanto el texto original como la versión realizada por Vital Teatro se nutren de la biografía y sinsabores enfrentados por Emilia Teurbe Tolón, la mujer que bordó la primera bandera cubana. Siendo aún muy joven, Emilia fue acusada de conspirar contra la corona española y condenada al destierro. En Nueva York se reunió con su esposo, y primo, el poeta Miguel Teurbe Tolón, junto al cual se incorporó a las labores conspirativas.

A mi juicio, fue debido a lo prematuro de su matrimonio, cuando Emilia apenas tenía 16 años, las erosiones provocadas por la rutina, su carácter apasionado, las infidelidades de Miguel, entre otras causas, que se sintió impulsada a romper con su esposo y unirse, en segundas nupcias, con el doctor Luis Rey de Perault. Decisión esta que la estigmatizó y provocó el rechazo de sus familiares y amigos.

El rol subalterno asignado a la mujer en esa época conspiró en contra suya. A su regreso a Matanzas, años después, sufrió otra índole de destierro, el del cariño y los afectos de sus familiares y el repudio de una sociedad que consideraba su conducta como inmoral y la tildó de adúltera, a lo que se suma el hecho de que, luego de la temprana muerte de su segundo esposo, se casa nuevamente. Los prejuicios sociales de esa etapa terminaron por convencerla de que debía partir, una vez más, pero antes de hacerlo donó parte de sus bienes para contribuir a la educación de los pobres.

Meseras, en cambio, ubica la acción en la década de los años 60 del pasado siglo. Sus protagonistas son dos cubanas de a pie, camareras de una cantina a la cual concurren habitualmente legendarios cantantes como Benny Moré, Orlando Vallejo y Orlando Contreras, entre otros intérpretes muy populares de aquellos tiempos. Como telón de fondo, el vértigo de una época en la cual la sociedad cubana vivió cambios drásticos y riesgos extraordinarios. Mientras ellas esperan tanto a clientes como a admirados artistas que nunca llegan, se confiesan mutuamente vivencias, intimidades, anhelos y frustraciones que las retratan, aportando un testimonio, a veces divertido y en ocasiones desgarrado, de sus vidas.

Gracias al recuento, descubrimos que la más experimentada de ellas fue, por mucho tiempo, dependiente del esposo o el amante de ocasión. Ahora es engañada, con frecuencia, por sus admirados ídolos, populares cantantes que la utilizan como objeto para el desahogo de sus urgencias sexuales. La otra camarera, mucho más joven que su amiga, también ha sufrido en carne propia el desprecio y la marginación. La causa de estos estigmas es su orientación sexual.

Desde el punto de vista dramático es un acierto el hecho de que ellas no son del todo conscientes de su condición de víctimas. No se percatan de que es debido al orden de cosas vigentes que son relegadas a una posición subalterna. Sin embargo, el sincero recuento de vivencias y conflictos relevantes de sus vidas termina siendo un botón de muestra de una realidad no del todo superada. 

Pese a las distancias en términos de tiempo, características de las protagonistas y los conflictos que enfrentan; entre estas obras encuentro una firme conexión. Lo que emparienta al monólogo, que tiene a Emilia Teurbe Tolón como heroína, con Meseras, es el interés en develar el estatus de la mujer en dos etapas muy diferentes, pero de importancia capital dentro de la historia de nuestra nación. En una y otra pieza la mujer se enfrenta a fuerzas que pretenden marginarlas y, aunque resultan víctimas de una red de prejuicios y normas que intentan negarles la posibilidad de alcanzar su realización plena, todas batallan por sobreponerse a tan inclementes obstáculos.

Al asumir el montaje de estos dos textos cercanos en el tema que abordan, Alejandro Palomino acierta, pues expone un problema que todavía perdura. Otro aspecto cuyo saldo resulta positivo es el trabajo de las actrices. En Santa Emilia de los destierros, por ejemplo, Nora Elena Rodríguez constituye
el principal puntal del espectáculo,
gracias a su desempeño interpretativo. La contenida fuerza que imprime a la criatura que encarna, junto a la capacidad para incorporar matices diferenciadores y bien ubicados dentro del discurso de la puesta en escena, son argumentos que respaldan la anterior afirmación. La experimentada actriz encuentra, y pone de relieve, puntos de contacto entre los dilemas que afrontó Emilia y su propia experiencia de vida, entre la Cuba del siglo XIX y la de los tiempos que corren. A esto se une la imagen serena y firme que proyecta, el uso efectivo de la voz y la gestualidad parca y precisa.

En el montaje son escasos los elementos y objetos empleados. Una antigua y hermosa silla, un bastón, collares, el atuendo negro que viste la actriz y que apunta a enfatizar el luto por la pertinaz viudez que la persiguió, y nuestra bandera. Esta última utilizada como símbolo de su amor por Cuba. Con estos elementos y el aporte del diseño de luces realizado por Yoan Palomino, el director concibe un espectáculo sobrio y ágil, el cual se destaca por su austeridad y economía de medios utilizados.

Contrario a lo que sucede en Santa Emilia…, donde el tono es más dramático, en Meseras asistimos a un espectáculo más festivo, en el cual por momentos aflora el drama. La recreación del entorno de la cantina, el mobiliario, el diseño de los vestuarios e incluso el color de estos, ponen de relieve esta particularidad. Durante el relato de las intimidades de las protagonistas de Meseras se alternan las desdichas vividas y las pequeñas alegrías que endulzan la vida.

A sostener este pulseo entre lo dramático y lo festivo contribuyen Mayelín Barquinero y Ary Fonseca, las protagonistas de Meseras. Barquinero apela a su experiencia y nos devuelve la imagen desenfadada y creíble de una mujer vapuleada por la vida, pero que conserva intactos sus deseos de vivir y progresar. Su labor se destaca por la naturalidad con la cual encara sus tareas escénicas; canta con afinación, se mueve con soltura y guía, casi todo el tiempo, la acción, sosteniendo el ritmo del espectáculo.

La joven Ary Fonseca resulta una buena contraparte. Su faena logra sostener el nivel interpretativo propuesto por Barquinero. Esto es posible gracias a su buena voz, correcta dicción, gestualidad atemperada a las circunstancias y la naturaleza de su personaje, que le permiten comunicarse con la audiencia con simpatía y organicidad.

Al encarar este programa doble, Alejandro Palomino y Vital Teatro ponen de relieve los contratiempos, marginaciones y otras máculas de que ha sido víctima la mujer cubana en diferentes épocas. La actualidad y relevancia de los problemas abordados, así como la calidad de las tres actrices, guiadas con acierto por el director, son los principales argumentos del laborioso colectivo teatral habanero. Santa Emilia de los destierros y Meseras animan la vida cultural capitalina, al tiempo que convidan a reflexionar sobre los problemas que plantean.

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