Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Teclas y corazón

Autor:

Luis Sexto

Un estudiante de Periodismo me pidió con fines docentes mi opinión acerca del impacto de las nuevas tecnologías en la prensa; nuevas tecnologías que en términos menos eufemísticos se relacionan con las técnicas y los medios digitales. No me siento apto —dije— para emitir una respuesta confiable. A duras penas me he adaptado a utilizarlas medianamente.

Por supuesto, el alcance de mi profesión se ha ampliado. Utilizo un weblog como prolongación del trabajo periodístico. Y poco a poco he aprendido a emplear parte de las herramientas para aderezar un texto en el lenguaje digital. Tengo, sin embargo, el criterio de que las nuevas tecnologías, si facilitan, agilizan y multiplican los lenguajes y su influencia, no consiguen que seamos esencialmente mejores. Posiblemente, les esté diciendo una obviedad. Mas, me pregunto: ¿somos más profundos en nuestros análisis, más amenos e interesantes en la forma, más certeros en las estructuras con las nuevas tecnologías?

No se suponga, sin embargo, que soy enemigo de los avances, más bien acelerones del desarrollo. Ya reconocí que los utilizo. Pero si el mensaje se compone más rápidamente y llega también más velozmente, no significa que sea superior en su cualidad esencial. Y por ello, junto con las nuevas tecnologías, tendremos que emplear como soporte de aquellas a «las viejas tecnologías» del oficio del periodismo y la comunicación, y del inexcusable oficio del convivir.

Ha de alarmar lo que hace poco me comentaba una alumna del último curso de una licenciatura relativa a las letras. Asistió a pruebas de ingreso para aspirar a cierto sector laboral luego de graduada. Y muchos de los aspirantes no pudieron responder a demandas de cultura literaria como: mencione una obra de Alejo Carpentier o diga el nombre del director de Lucía. Y hablamos de alumnos del quinto año de diversas carreras universitarias.

Por tanto, me inquieta que nos afanemos en dominar las nuevas tecnologías, necesarias y convenientes, y echemos a un lado tecnologías tradicionales como el libro, el cine, el teatro, el contacto con los periódicos, y la historia. A mi modo de ver poco especializado, las limitaciones que le son inherentes al conocimiento de los especialistas, por la reducción y precisión de su universo, han de trascenderse mediante referencias culturales integradoras. Aún no olvido a aquella médica que, al comentar determinado síndrome, terminó haciendo alusión a La Celestina. En esa obra, un personaje mostraba esos síntomas tan raros…

Vengamos a enumerar cuántos podríamos asociar fenómenos disímiles y hallar en una pieza clásica vínculos con problemas de la actualidad. No quiero equivocarme por más, ni tampoco por menos. Pero si la escolaridad nos distingue, la cultura y sus valores no nos favorecen de modo general. Porque estamos sustituyendo —no combinando— el cine con el video, y parejamente las telenovelas aplazan la literatura, y la estridencia silencia casi la música, y la grosería se impone como expresión de libertad artística y de otras libertades, y las notas de clase o una ojeada a un buscador de la Internet dejan sin empleo al libro.

¿Acaso esas manifestaciones no nos causan la sensación de que en vez de ascender al gusto del pueblo, intentamos rebajarlo con inventos y petulancias a los que les ponemos el marbete de «gusto popular», de modo que viene a recibir esta tan respetable como irrespetada categoría, todo el descrédito de lo populachero y lo primitivo? Así, impunemente. Como si fueran comparables y compatibles nociones como el vuelo del águila y la altura del papalote, o el decoro del pueblo y las cañerías sanitarias.

Tampoco dudo que la ética se moje con el agua albañal tirada a las calles. Quizá no sea tan exacto que yo piense que el arte, la literatura y la cultura en su alcance mayor y más general, puedan gestarse, consolidarse y reproducirse al margen de los preceptos, las leyes y las costumbres. Bien visto, sin embargo, el contenido ético beneficia a la cultura, como a la vez esta beneficia a la ética.

Resulta, pues, que la cultura, así, tan multilateral y decorosamente abierta, ayuda a las personas a humanizarse. Y la otra, la que vende el descoco como arte de buena maña, solo coadyuva a «hominizar» a nuestra especie. Dicho en otros términos: o articulamos a un ser humano progresivamente más culto, más ético, o en cambio solo tendremos expertos en apretar teclas con la mano opuesta al corazón.

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