Lo vi acercarse peligrosamente a la esquina. «¡Señor!», la interjección cortó el aire: «Cuidado, la esquina está llena de basura». Las personas en situación de ceguera desarrollan una extraordinaria habilidad para frenar la inercia cuando algo va mal. Por suerte, porque un paso más y Ramón, con sus casi 85 años, habría terminado enredado entre los desechos acumulados.
Con la aureola de las preguntas sombrías a los considerados herejes, brujas y hechiceros, de las insinuaciones retrógradas, del llamado a los recatos hipócritas, la fe ciega, las murmuraciones a flor de los umbrales, y las beaterías desmesuradas, la calle cargaba su infortunio en medio de La Habana cosmopolita, trasnochadora, extrovertida, sediciosa y sofocante, de aquellos días en que el señor segundo comisario de la Inquisición, don Claudio de la Luz, olvidado por unas horas de lo que fuera considerado perenne ejercicio de intolerancias, abandonado a la buena de Dios en los mediodías, a ratos bostezaba la pereza de sus pensamientos, mientras dormía en las habitaciones interiores de la casa, alejado de la desenvoltura y naturalidad con que los habitantes del Puerto encaraban los asuntos comunes de la vida cotidiana.
Hay certezas incuestionables en el trayecto de las revoluciones. Y existen, incluso, razones históricas que asisten a una generación en ese proceso complejísimo de maduración, transformación y acompañamiento en la dicha de una sociedad que se piensa desde la justicia.
Con ambivalencias en la percepción de la población cubana ha llegado el anuncio hecho por el Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez de que, para crear espacios de entendimiento y cooperación, funcionarios cubanos han sostenido recientemente conversaciones con representantes del Gobierno de Estados Unidos.
La contraofensiva de Irán iniciada con la 34ta. oleada este 10 de marzo y una escalada sistemática en su intensidad —como se demostró esta madrugada con la 39na.—, está marcando el momento en que Estados Unidos e Israel deberían admitir que perdieron la guerra convencional contra Irán, y que la Europa otanista de Francia, Italia, Reino Unido y Alemania, no puede sacarles las castañas del fuego.
No hay nada más cómodo que etiquetar y descalificar. Eso liquida cualquier discusión, cualquier matiz, todo intento de comprender lo que vivimos —y lo que viviremos—.
En la madrugada del 10 de marzo de 1952 los cubanos despertaron con una noticia que estremecería los cimientos de la nación: Fulgencio Batista y Zaldívar, el otrora sargento taquígrafo que escaló posiciones como la espuma hasta autoproclamarse “hombre fuerte” en los años 30, había dado un golpe de Estado.
Tengo que confesar que no han sido pocas las preguntas que ha recibido este comentarista en las últimas semanas sobre las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Y no es para menos porque todos los días nos llegan múltiples informaciones, opiniones y versiones desde la nación norteña, lo mismo desde el Gobierno, medios de comunicación tradicionales o las engañosas redes sociales digitales…