Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Hito y examen

Autor:

Osviel Castro Medel

Desde que, hace unos días, se concretara la sesión constitutiva de la 10ma. Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, he encontrado en la calle y en las famosas redes sociales una lluvia de debates, lecturas o propuestas; y ese aguacero de opiniones —a favor y en contra— demuestra en primera instancia el interés que sigue despertando cada acontecimiento público en esta «Perla de mar», como llamó la Avellaneda a nuestro país.

Si lo sucedido el 19 de abril —y antes—  no hubiese tenido trascendencia no se habrían generado tantas reacciones dentro o fuera de Cuba: desde los que esperaban más cambios en las estructuras recién conformadas (Asamblea Nacional, Consejo de Estado, Consejo de Ministros, etc.), hasta los que se enfrentan por defender o desaprobar el método para elaborar las candidaturas, que un día podríamos revisar con sus pro y sus contra.

Nuestro país, al margen de cualquier postura política, no es un «oscuro rincón» del mundo, como señaló cierto personaje gris, sino un sitio de enormes simbolismos, que continúa siendo escrutado y analizado, tal vez como ningún otro.

De modo que la fecha señalada viene a significar otro hito en la historia nacional, porque coloca a los escogidos para ocupar los cargos principales de la nación y a los parlamentarios todos en el complejo trance de remover, innovar, hacer «algo distinto», incluso en medio de la guerra económica recrudecida desde el norte y de los archiconocidos demonios vinculados con las deficiencias internas, que no acabamos de exorcizar.

Tanto los parlamentarios como los dirigentes de las máximas instancias cargan con el peso histórico de ayudar a generar «el mayor grado de justicia y felicidad posibles», como se ha reiterado, un anhelo que no es como coser y cantar, solo posible de lograr con participación popular, mejoramiento económico y emancipación espiritual.

Si bien es cierto que la Asamblea, el Ejecutivo, los ministros... nunca han estado alejados del enjuiciamiento de las mayorías, también resulta verdad que —por la existencia de las propias redes y de una mayor conciencia crítica— hoy el examen público parece más riguroso y profundo, algo que debería espolear la creatividad, la corrección, la agilidad y el trabajo.

Por eso y más nuestros diputados, los mismos que tomaron posesión hace unos días, están obligados a huir de las poses o consignas, a desterrar la unanimidad eterna (tan ficticia como dañina), a fomentar la sana discrepancia —siempre fuente de desarrollo—, a llevar a la Asamblea lo que discute en la calle el pueblo, lleno de ansias, insatisfacciones y sueños.

Los diputados que asumieron a partir del 19 de abril no deben contentarse con levantar la mano, aplaudir o realizar un «planteamiento bonito». Deben exponer en cada plenario la verdad, por cruda o dura que parezca; proponer sin miedos, elevar (y no a una nube) lo que quieren sus electores; tienen que mezclarse con las masas constantemente, no como ejercicio demagógico, sino por el deseo de servir a los demás, porque a fin de cuentas fueron electos para eso. Deberían formularles a los ministros o a los «dirigentes superiores» las interrogantes y planteamientos que se hace el pueblo en la parada, en las colas diarias o en sus propias casas.

Para unos y otros, a partir de ahora, viene el verdadero momento crucial. A partir de ahora y todos los días hasta  2028 no faltará la evaluación popular y eso, en mi humilde opinión, será beneficioso para Cuba.

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